martes, junio 30, 2009

Allégeance


De René Char


Dans les rues de la ville il y a mon amour. Peu importe où il va dans le temps divisé. Il n'est plus mon amour, chacun peut lui parler. Il ne se souvient plus; qui au juste l'aima?
Il cherche son pareil dans le vœu des regards. L'espace qu'il parcourt est ma fidélité. Il dessine l'espoir et léger l'éconduit. Il est prépondérant sans qu'il y prenne part. Je vis au fond de lui comme une épave heureuse. A son insu, ma solitude est son trésor.
Dans le grand méridien où s'inscrit son essor, ma liberté le creuse.
Dans les rues de la ville il y a mon amour. Peu importe où il va dans le temps divisé. Il n'est plus mon amour, chacun peut lui parler. Il ne se souvient plus; qui au juste l'aima et l'éclaire de loin pour qu'il ne tombe pas!

Sentada en el suelo contemplo el trabajo de la máquina


He encontrado una librería de viejo y me he hecho amigota del librero, gracias a Witacky. Tengo una cocina que me permite sentarme en el suelo delante de la lavadora para ver cómo giran las ropitas. Me miro el ombligo, me veo crecer, me veo fructificar. A veces estoy agotada, otras me pletorizan los alveolos. Hoy para que me diera la escalera de tijera y un destornillador de estrella he tenido que escuchar la queja interminable de la portera contra el servicio de salud de la Comunidad de Madrid. En mi trabajo son todos gays, me viene fatal. Ya han venido a ver mi nuevo castillo Patricia y Curro. Estuve sentada en la terraza del Central. He visto un vestido rojo en un escaparate. Estoy de gotitas de pintura hasta las cejas. Pinté una silla encontrada de celeste Nepal, según mi ex compañero de piso, el del padre desfalcador de millones de dólares y prófugo de la no justicia argentina. Me pregunto quién ganaría en un combate Hannah Arendt versus Oriana Falacci. No tengo cama. Echo de menos a Calígula con una intensidad quizá exagerada, aunque sé que está mejor, cazando sus cucarachitas de madrugada y chupándole los tobillos a mi padre cuando se queda sin comida en su cuenco. El 18 me voy a Bilbao, el domingo doy un concierto, hace calor, you're going to rise up singing.

Cuando una ciudad es

(Papelito antiguo regalado y perdido y ahora reencontrado)

Cuando una ciudad es, se da cualquier cosa por ella, por recorrerla y conocerla y haber estado en todas sus partes. Por conocer el interior de los edificios y las casas, la forma de las farolas de cada tramo, coleccionar momentos de cada calle cada plaza cada beso cada día trayecto y autobús. Ojalá sean así todas las ciudades que me esperan, ojalá sean almohadilladas y suaves y reticentes y rotas como una mujer gato o puntiagudas y altaneras y fuertes y retorcidas como un hombre al que yo quisiera.

Amores nuevos

Un barrio nuevo es como una ciudad nueva, y a mí me ha tocado un barrio ciudad hermafrodita, mujer amable y hombre hombre a un tiempo. Es hermoso, el condenado, tiene calles, tiene plazas, camina contigo, te da amores nuevos, amigos nuevos, tienditas nuevas, un lugar para comprar las fresas y algún bar, la Plaza de Oriente a dos esquinas, un Madrid menos madrileño.

La noche de San Juan

En el agua las piernas, con leves olas. En la playa, con mi amiga. Una noche raramente cálida, las constelaciones vivas. Y nosotras arropadas en chales patagónicos mirando los fuegos artificiales de Cádiz, de Rota, y una sola fogata detrás. Son las doce de la noche y es la noche de San Juan. Con la sola intención de que haya magia la hay, porque sólo darte cuenta de que vienes de lejos y de que estás contra todo pronóstico en un lugar tan tuyo que es tu casa, de que contra todo pronóstico bajas unas escalinatas en la oscuridad y llegas a la playa, de que contra todo pronóstico le preguntas a alguien ¿te acuerdas? y resulta que sí, que se acuerda, como decía aquel libro, ésa es la magia, que sea una noche y no estés en casa, que estés fabricando un cachito de tu vida, que te puedas meter en el mar y reírte con tu amiga de todo lo que pasa y observar esos hilitos de tiempo que nos van ensartando los días y nos llevan siempre a la misma playa. Entonces pides un deseo, aunque ya tienes tu deseo: estar viva, con tu amiga.

martes, junio 23, 2009

Fille d'acier

Fille d'acier je n'aimais personne dans le monde
Je n'aimais personne sauf celui que j'aimais
Mon amant mon amant celui qui m'attirait
Maintenant tout a changé est-ce lui qui a cessé de m'aimer.
Mon amant qui a cessé de m'attirer est-ce moi?
Je ne sais pas et puis qu'est-ce que ça peut faire tout ça?
Maintenant je suis couchée sur la paille humide de l'amour
Toute seule avec tous les autres toute seule désespérée
Fille de fer-blanc fille rouillée
O mon amant mon amant mort ou vivant
Je veux que tu te rappelles autrefois
Mon amant celui qui m'aimait et que j'aimais.

lunes, junio 22, 2009

La conquista del espacio

De nuevo tendré una casa nueva. De nuevo tendré una ventana nueva, un nuevo portal, nuevos trayectos. De nuevo tendré que recolocar los muebles y conquistar mi sitio. Lo más increíble es que me vuelva a emocionar. Lo más increíble es mi duda de hasta cuándo. Lo más increíble es que voy a estar al lado del Real y que cuando llegue a casa de noche me podré pasear un poco aunque haga calor, aunque haga frío. Lo más increíble es que en mi barrio nuevo no hay locutorios pakistaníes en los que olvidarme cosas, ni fruterías caribeñas abajo de casa en las que comprar mis verduras a ritmo de bachata, ni refinos antiguos cuyos escaparates pueda mirar.

De vinos y cafés y bares y almuerzos en fiambreras

Una noche fui con Miguel a tomar vinos a dos madrileños templos. Una tarde fui con Patricia a tomar un refresco a un madrileño templo turístico. Con Lourdes y Montaña marraneamos las madrileñas terrazas tres noches por semana. Mi primo y yo tres veces acabamos sentados en los bares madrileños más poco atractivos e insospechados. He ido al Berlín dos veces a escuchar el mismo concierto. Llevo dos viernes apareciendo por casa de Antoine y Alex con mi fiambrera mendigando un lugar para calentar y comer mi almuerzo (no me da tiempo de ir a casa después del yoga y antes del trabajo). Me falta todavía encontrar mi bar.

domingo, junio 21, 2009

La noche del solsticio


Estoy tan triste que estoy contenta. Es como si me hubiera dado la vuelta. Es como si de haberme muerto tanto no me quedase más remedio que vivir. Porque el dolor reconcomido te pone en pie, o te enfanga (te enfanga sólo si es dolor de plástico o regodeo, a mí me duele tanto lo que me duele que prefiero atravesar ese umbral y pasarme al solecito). Vivo como si no me quedara más remedio que estar viva, y me da todo tan igual que soy capaz de casi cualquier cosa, incluso de estar contenta por estar. Es la noche del solsticio, y el día más largo del año lo pasé encerrada en la oficina con las persianas bajadas porque nos entraba demasiado resplandor. Es la noche del solsticio y la última noche que Calígula y yo pasamos en este cuarto, y casi la última noche que pasaré con mi amado gato en mucho tiempo, lo devuelvo a Cádiz mientras no pueda disponer de un espacio en el que él no tenga que sufrir desplantes, ausencias, gente extraña, me los sufriré yo, sola sin que él me reciba quejica y doliente cada noche cuando vuelva a casa.
Yo no sé cuándo dejaron de pertenecerme los espacios, cuándo mi voluntad dejó de ser la emperatriz de esos espacios, cuándo fue que la península-sofá que Calígula y yo compartíamos desapareció. Ahora no es suficiente mi deseo de quedármelo junto a mí, de pasear su jaulita. Calígula sigue siendo aquel garabato peludo que cabía en una mano y que se escondía debajo de la colcha que nos regaló Silvina. Bajo entre cabe contra sobre sin sus seis kilos está el pequeñito gato que fue, está mi amor crecido y criado en tantos días, están todas nuestras separaciones obligadas, están esas mis traiciones explicadas en un te prometo que no lo haré más, Calígula. Ahora, sí, me pregunto, porque sé que no tiene sentido nada de lo que hago, que mi inercia Madrid de los Austrias, mi inercia teléfono, mi inercia seguir, me marcan un terreno vital al que llego exangüe pero llego, y en el que pretendo exprimir una vida que ni siquiera me interesa tanto y que sin embargo exprimiré, es eso o decidir que es cierto lo que sueño y que quiero irme a Cádiz frente al mar y olvidarme de todo esto, olvidarme de oponerme, olvidarme de luchar denostadamente contra algo que ni siquiera existe, contra ese dolor que me duele tanto que puedo ignorarlo, como ya dije. Hago trampa: sé que me asusta un año de contrato, sé que me asusta despedirme de Calígula de nuevo, sé que me asusta haber perdido la sensibilidad hasta el punto de no querer arrebatarme nunca más.

Una noche en el Moroco

De todos los clásicos madrileños, éste es uno que no pensé que iría a pisar o en el que dentro del cual fuera a bailar. La noche es ancha, y en todos lados encuentras chicos con camisetas de tirantas y lentejuelas plateadas, cambia la inclinación y la índole pero no las ínfulas. En el Morocco compruebas cómo la civilización española no son sólo Unamuno, Ortega, Cervantes, sino también Marisol, Rocío Dúrcal, Alaska. Vamos a bailar. Entonces el sábado por la noche es bailar y sacar el abanico y que se te ensucien muchísimo los pies en las sandalias y que un Absolut no sea un Absolut y encontrarte de pronto entre un montón de gente a la que frecuentas bastante pero de la que no sabes mucho. Madrid es también un poco así, pastelitos de La Mallorquina que miras y nunca pides pero a los que ya conoces por su aspecto y visitas cada tanto, cuando quieres un descafeinado de sobre de repente nunca sabes el por qué.

martes, junio 16, 2009

El eje del mal

El mundo occidental se rasga las vestiduras porque Ahmadinejad dice que nuestro principal problema (talón de Aquiles, lo llama, versado en las fuentes de ese mismo occidente) es la manía de la culpa por el holocausto. Él da por sentada la barbarie humana, como si dijera: ya que somos bárbaros seamos bárbaros. Es una apuesta al estilo Hitler o Isabel la Católica, que pensaron tener derecho a la perversión de la perversidad. No sé si me explico bien. Quiero decir que la íntima depravación consiste en, después de admitir que somos capaces de ser malvados, jugar a esa carta de la malignidad, o peor, del MAL, y ser verdaderamente maquiavelos en pos de un ideal u objetivo. El error de las pelucas pulcras de este lado del “bien” (nada más lejos, pero ésa es otra historia), es escandalizarse. Lo que debiera ser (y pienso un poco en esas gotas de lluvia resbalando por el cristal de un cuento de Chesterton), es jugar el mismo juego de esos visionarios de la humanidad cruda: bien de cierto, somos monstruos, pero la apuesta del monstruo ha de ser ni serlo sólo siéndolo ni superar esa naturaleza, sino, aún admitiendo esa vergonzosa trama humana, adoptándola, elegir un mejor traje, una mejor inclinación, las estrellas. Y sobre todo, no caer en la tentación de sentirse elegido por el fatum, erigirse en quitador a la humanidad de su máscara dorada.

lunes, junio 15, 2009

Cositas que he visto hoy

La gran Puerta de Kiev


Yo ya no sé qué hacer para que seguir viva no sea sólo un empeño o una manera de no preguntar. Porque a veces me entra el vértigo estelar para qué seguir y vislumbro las inmensidades posibles, y me da tanta fiaca tener que hacer como que camino hacia alguna parte. Sacudo esa mufa blandiblub, estalla la tormenta veraniega que me moja las ropas tendidas y me obliga a minifalda y botas, me voy de bares muy pero que muy castizos con Miguel, compro magdalenas, ordeno este cuartito, sopeso casas, pienso demasiado, me leo unos poemas y recuerdo aquellos trozos de sensualidad que a veces la vida nos regala para acordarme de que sí camino hacia algún lado, hacia esas famosas piedritas lavadas por el sol que pueda guardarme en el bolsillo. De todos mis días viva si quiero recuerdo haberme sentado bajo algún árbol sólo a escuchar, haber sido besada convenientemente en medio de la calle, pasteles rellenos con nata, un banco en un puente parisino donde unos albañiles polacos me rescataron del spleen, The King shall rejoice sonando muy alto, una taza holandesa que se quedó Dani, conocerte, cantar descalza en Itálica, una botella de vino tomada una tarde en una casa de Valparaíso, Calígula corriendo cachorro por el espacio vacío de Yrigoyen, una noche de noviembre en San Sebastián, unas sandalias de Jocomomola, los caballos del ajedrez que había en mi colegio, Orión escondiéndose tras la montaña, un concierto de Ute Lemper, las visitas y cuidados de mis amigas en Aduana y en Juncal cuando me operé y cuando me operé, la planta carnívora gigante de papel maché que hicimos en Baza, una pluma que perdí en Estrasburgo. Así se me pasa esa impresión desespero de segundos y me empeño en no preguntar, en caminar, en empeñarme.

Yoga para embarazadas

Me he acostumbrado a que Madrid sea así, a que vaya a ver un depto y cuando despiertan al chico que ocupa la habitación que se alquila sea alguien que conozco. Me he acostumbrado a llevar bolsitas de té del que compré en Londres en el bolso. Me he acostumbrado a que sucedan cosas como atravesar soportales de Plaza de Oriente y decidir acompañar los meses de una embarazada en su periplo (porque es de ida y vuelta) gestante, provocarme una superación, conseguir apoyar bien los pies en el suelo para hacer las posturas, dejarme llevar hasta algún lugar en el que estoy, ya, recogida. Me he acostumbrado a dormir cinco horas y husmearme la vida por si me crecen algas, por si me crecen alas. Me empiezo a hacer a Madrid por las mañanas, la ciudad es tan diferente y venden churros, muchas mujeres hacen la compra, hay otro sol, quieres desayunar.

Mis hombres del momento

Jerome Kern
Martin Heidegger
Johnny Guitar
Horacio Ferrer
Thomas Hudson
Luis Cernuda
Alban Berg

domingo, junio 14, 2009

Gelassenheit

Después del trepidante domingo y sin ganas de enumerar (pero con ganas de poseer un rincón de tiempo, de olvido, de cojines en el sofá), me acuerdo sobre todo de esa chica que lloraba desesperadamente en la terraza de una cafetería de Delicias, a la que me acerqué y manito en el hombro le pregunté si estaba bien (y ella mintió sí). Ha llovido, fui al Retiro con Rodrigo, cociné paella para la mitad de mi camarilla, terracée con las chicas, me compré un pantaloncito tan corto. Y vine quite concerned a ver a Calígula tres veces, él es el termómetro de mi voluntad y mi cuidado con los bordaditos de mi vida. Andamos enfrentando a los elementos, seguramente nos vencerán, pero no nos importa demasiado, lo que sí nos importa es estar en la brecha, desasidos de las cosas.

viernes, junio 12, 2009

Hasta que el cuerpo no aguante

Llevo 24 horas despierta. Absolut. Absolut. Absolut. Tequila. Absolut. Absolut. Y esa noche fabricada de bolas tapizadas con teselas de espejo, esa noche en la que la gente se arrastra trastocada de sustancias, y en la que yo evoco a Calígula y lo veo tan lejos, hago extraña su cara, como la tuya, tú que esta tarde me has vuelto a romper el corazón, tú que me partes el corazón. Y bailo. Mis seis hombres por banda, el taxi que me regresa a casa, el gato que me quiere tanto y me muerde el escote del vestido verde o azul o aguamarina cuando lo cojo en brazos al llegar. Y hacía calor hoy en Madrid y paseé, muy lejos, a la mañana. Me acordé mucho del discurso en la mirada de Ignacio Simons. Casi que quemo una cocina de Lavapiés al freír patatas para la ropa vieja (la pirómana y el enajenado, titularon el esperpento Alex y Antoine porque había un chicuelo usando su teléfono para denunciar a Telefónica mientras yo hacía crecer llamas en esa sartén minúscula que me prestaron). Leí en el metro tanto que me bajé antes de parada, pues pensé que había confundido el sentido, y no. Por la noche, esa noche fabricada de ritmo ruido a la que me empujé buscando trozos de cariño. Y sí, tú que me partes el corazón.

A veces me dan ganas


Insomne sigo, si bien mis insomnios ahora son un poco de principio barcelonés, mi mesa es tan pequeña como cuando vivía en la calle Cartagena, mi cuarto es tan pequeño como el de la calle Cartagena, y tampoco tengo conexión a internet, como en la calle Cartagena. Veo una película cada noche, tan tarde que nunca la termino antes de las tres. Como tabletas de chocolate. Saco libros de la biblioteca. Escucho muchas veces Come in from the cold. Caliento agua para hacerme mentas con tilas nocturnas. Sé que voy a dormir poquísimo porque me levanto temprano para ir a ver casas, pasear sin que nadie lo sepa por el Retiro, dejar que me roben fiambreras. Y espero. Lo único diferente es que ahora si me compras te regalan un Calígula, quien ha vuelto a su costumbre de ronronear acostado sobre mi barriga, así que me imagino que su mimosidad es directamente proporcional a mis horas de ausencia. Lo único diferente es que el pañuelo que llevaba al cuello cuando llegué a Barcelona en el Talgo ha sido ya el pañuelo que me anudé a la cabeza el día que me casé porque me habían cortado el pelo demasiado corto o corto tout court en la peluquería. Lo único diferente es que ahora sé usar el sable y que esto es Madrid y Madrid no te saca a patadas como esa ciudad condal que te rechaza si no vamos de la mano. Lo único diferente es que me siento como el cartel ése que hay en el metro que dice no estás sola, llámanos, iremos donde estés.

jueves, junio 11, 2009

Out to lunch

Hoy he tenido el día libre y me he dedicado a pasearme por separado con algunos cinco de los hombres con los que afecto o afecté. Retiro, Retiro, Latina, Vistillas, Lavapiés. Me ha gustado empezar el día con Cola Cao y terminarlo con tequila. Me ha gustado poseer este día completo sobre el asfalto insoportable de la escuela de calor madrileña.

martes, junio 09, 2009

Cositas que he visto hoy

En la calle Velázquez, un señor de traje azul y corbata celeste se peinaba se peinaba mirándose el reflejo en el espejo de su Vespa recién aparcada.
En la calle Alcalá, un señor con bigote de la Quadra Salcedo hablaba en connaisseur de El Palmar y Trafalgar.
En la calle del Clavel, un barrendero con gafas de après ski iba cantando muy pero que muy sonriente.
En la calle Posta, una señora se ha agachado y protegido con los brazos la cara porque volaba bajo hacia ella un gorrioncillo, que luego se ha posado en un balcón.
En la Plaza Mayor, alguien solo sentado en los bancos circulares tocaba la trompeta que resonaba en toda la plaza.
En Embajadores. unos niños jugaban al escondite.
En Plaza de Castilla un chico tiró su bicicleta al suelo y salió corriendo a abrazar y consolar a una chica que lo esperaba llorando en la entrada del metro.
Un trozo de amor parecido al mío en The barber of Siberia.

sábado, junio 06, 2009

La ruta de las especias

Durante meses y con la paciencia de una ama de casa de otros tiempos me dediqué a coleccionar botes de especias de cristal, fui traspasando (tapa verde para los femeninos y las yerbas, tapa roja para los intensos guisados, los orientales y los americanos), quitando etiquetas, cromáticamente estableciendo alineamientos. Martín me hizo un estante con dos entrepaños a la medida, lo pinté de ese color que llaman rojo carreta que está entre el carmín y el granate. Cociné. Mis tarritos fueron un símbolo de las pretensiones de mi casa, de mi estatus grandilocuente de persona con casa en la que recibir y estar siendo feliz. En la diáspora el mueble quedó, los botes fueron a parar a manos de mi padre, quien ahora me devuelve los restos de lo que fue, las especias que él no frecuenta. Yo las guardo en la parte de más abajo y más oculta de un mueble de la cocina de ahora, una cocina que no es mía. Me niego la posibilidad de recomenzar esa colección, primero porque no tengo ese empuje ni ese estatus, y segundo porque ahora ya no venden los tarros de cristal, ahora las especias vienen en botes de plástico infecto, me pregunto dónde quedaron esos tiempos en los que las especias eran reverenciadas hasta el punto de que a Sebastián Elcano lo honraron a su regreso con un escudo de armas con tres nueces moscadas, dos palitos de canela y doce clavos.

Prosiguen los andenes

Cuando salgo de la oficina sé que me va a dar tiempo de llegar al metro de las 23.05 si me cruzo con el primero o el segundo de los camiones de la basura que salen hacia su recorrido. Si es el quinto o el sexto me rindo a la evidencia de los quince minutos de andén y de un cacho de nocturnidad perdida. Esta noche en la que llueve y estoy en este cuarto, por ejemplo, y eso que es una noche en la que crucé la calle antes que el primer camión, anhelo pasearme por ahí por Madrid, si es sola, sola, me da igual. Porque es una noche eu te devoro, es una noche como de luna creciente y de andar tan inquieta tan restless, tan sola, tan sola que me da igual si ando infinitamente sola por la calle, pero al menos la calle. Aunque ahora recordaba esos camiones, ese comienzo de noche de correr con un poco de lluvia tras los quince minutos no perdidos y con un libro nuevo en el bolso, un libro lleno de esquinitas de páginas dobladas (doblo donde hay frases que me gustan). Recuerdo también de anoche la sensación de estar llegando de alguna parte lejana mientras bajaba los escalones de la entrada de la oficina, como de salir de un autobús después de haber atravesado una larga distancia campestre, de volver a la ciudad después de haber andado unos días en una casa en medio de la oscuridad y en medio de algunas luciérnagas y estrellas y un perro que ladraba. Y todo eso que era como una semilla de noche ha germinado en Calígula y yo sobre la colcha viendo dos películas viejas, pensando que tenemos que mudarnos de casa en julio, y que no nos importa, que es sólo que hubiéramos preferido quedarnos un ratito más en ese autobús, en esa casa, en esa lluvia pequeñita que nublaba el crecimiento de la luna. O irnos rápido ahora a buscar ese banco bajo un puente que sabemos.

jueves, junio 04, 2009

Viviendo en subterráneo

Cambio de andén por tercera vez porque dudo, porque ya llego tarde, porque estoy en O'Donnell. Subo esas escaleras altas y empinadas de dos en dos los escalones, corriendo al ritmo del piano y del violín. Bajo esas escaleras altas y empinadas a ritmo, riéndome. Subo esas escaleras altas y empinadas de dos en dos los escalones, sabiendo que afuera hay sol y hay caballos y hay el mar, presintiendo días de metro y estaciones y de endogamia de vagón y de oficina hasta que me construya mi propio tic tac, hasta que deje de parapetarme en ese cuartito y me decida a que no sólo me merezco la calle en los trayectos, a que es normal salir de unos escalones bajo tierra y caminar con el vestido encima y llegar hasta el Berlín, entrar, ponerme rímel frente al espejo del baño mientras otra chica canta muy bien con un vestido encima en la sala contigua, y no soy yo. Yo cambio andenes y me sé desde ahora que esta noche cuando cruce la Gran Vía a la altura de Chicote, empezará a llover.

miércoles, junio 03, 2009

Cosas estéticamente gozo

Dentro de Caballo en el salitral (me lo llevo para mis cincuenta minutos de metro) encuentro el dibujo de un pájaro, lo arranqué de un cartel en la calle de la Magdalena hace varias vidas. Mientras leo y disfruto como enana Falta de vocación me tocan en el ipod Something's gotta give y Let's fall in love. Me miro el dedo gordo del pie y me lo veo gracias a las sandalias rojas: bonitas, cómodas, calzables con todo. Me acuerdo de la cita de Arlt (es increíble como la literatura de los argentinos alcanza mucho más alto que su argentinidad) y de la camiseta en la que estaba impresa, otro objeto hermoso e inservible. Un piñón de araucaria patagónica en mi bolso. El collar de coral polaco en mi cuello. El trozo perfecto de Camembert que me cortaron en la quesería esta mañana. Esta falda azulina que tanto me ha acompañado en el verano austral. O que tinha de ser cantado por Elis en casa de Jose, a balcón abierto. La caja roja de Mamuschka donde están todos mis lápices.