lunes, junio 15, 2009

La gran Puerta de Kiev


Yo ya no sé qué hacer para que seguir viva no sea sólo un empeño o una manera de no preguntar. Porque a veces me entra el vértigo estelar para qué seguir y vislumbro las inmensidades posibles, y me da tanta fiaca tener que hacer como que camino hacia alguna parte. Sacudo esa mufa blandiblub, estalla la tormenta veraniega que me moja las ropas tendidas y me obliga a minifalda y botas, me voy de bares muy pero que muy castizos con Miguel, compro magdalenas, ordeno este cuartito, sopeso casas, pienso demasiado, me leo unos poemas y recuerdo aquellos trozos de sensualidad que a veces la vida nos regala para acordarme de que sí camino hacia algún lado, hacia esas famosas piedritas lavadas por el sol que pueda guardarme en el bolsillo. De todos mis días viva si quiero recuerdo haberme sentado bajo algún árbol sólo a escuchar, haber sido besada convenientemente en medio de la calle, pasteles rellenos con nata, un banco en un puente parisino donde unos albañiles polacos me rescataron del spleen, The King shall rejoice sonando muy alto, una taza holandesa que se quedó Dani, conocerte, cantar descalza en Itálica, una botella de vino tomada una tarde en una casa de Valparaíso, Calígula corriendo cachorro por el espacio vacío de Yrigoyen, una noche de noviembre en San Sebastián, unas sandalias de Jocomomola, los caballos del ajedrez que había en mi colegio, Orión escondiéndose tras la montaña, un concierto de Ute Lemper, las visitas y cuidados de mis amigas en Aduana y en Juncal cuando me operé y cuando me operé, la planta carnívora gigante de papel maché que hicimos en Baza, una pluma que perdí en Estrasburgo. Así se me pasa esa impresión desespero de segundos y me empeño en no preguntar, en caminar, en empeñarme.

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