domingo, junio 21, 2009

La noche del solsticio


Estoy tan triste que estoy contenta. Es como si me hubiera dado la vuelta. Es como si de haberme muerto tanto no me quedase más remedio que vivir. Porque el dolor reconcomido te pone en pie, o te enfanga (te enfanga sólo si es dolor de plástico o regodeo, a mí me duele tanto lo que me duele que prefiero atravesar ese umbral y pasarme al solecito). Vivo como si no me quedara más remedio que estar viva, y me da todo tan igual que soy capaz de casi cualquier cosa, incluso de estar contenta por estar. Es la noche del solsticio, y el día más largo del año lo pasé encerrada en la oficina con las persianas bajadas porque nos entraba demasiado resplandor. Es la noche del solsticio y la última noche que Calígula y yo pasamos en este cuarto, y casi la última noche que pasaré con mi amado gato en mucho tiempo, lo devuelvo a Cádiz mientras no pueda disponer de un espacio en el que él no tenga que sufrir desplantes, ausencias, gente extraña, me los sufriré yo, sola sin que él me reciba quejica y doliente cada noche cuando vuelva a casa.
Yo no sé cuándo dejaron de pertenecerme los espacios, cuándo mi voluntad dejó de ser la emperatriz de esos espacios, cuándo fue que la península-sofá que Calígula y yo compartíamos desapareció. Ahora no es suficiente mi deseo de quedármelo junto a mí, de pasear su jaulita. Calígula sigue siendo aquel garabato peludo que cabía en una mano y que se escondía debajo de la colcha que nos regaló Silvina. Bajo entre cabe contra sobre sin sus seis kilos está el pequeñito gato que fue, está mi amor crecido y criado en tantos días, están todas nuestras separaciones obligadas, están esas mis traiciones explicadas en un te prometo que no lo haré más, Calígula. Ahora, sí, me pregunto, porque sé que no tiene sentido nada de lo que hago, que mi inercia Madrid de los Austrias, mi inercia teléfono, mi inercia seguir, me marcan un terreno vital al que llego exangüe pero llego, y en el que pretendo exprimir una vida que ni siquiera me interesa tanto y que sin embargo exprimiré, es eso o decidir que es cierto lo que sueño y que quiero irme a Cádiz frente al mar y olvidarme de todo esto, olvidarme de oponerme, olvidarme de luchar denostadamente contra algo que ni siquiera existe, contra ese dolor que me duele tanto que puedo ignorarlo, como ya dije. Hago trampa: sé que me asusta un año de contrato, sé que me asusta despedirme de Calígula de nuevo, sé que me asusta haber perdido la sensibilidad hasta el punto de no querer arrebatarme nunca más.

No hay comentarios: