sábado, junio 06, 2009

Prosiguen los andenes

Cuando salgo de la oficina sé que me va a dar tiempo de llegar al metro de las 23.05 si me cruzo con el primero o el segundo de los camiones de la basura que salen hacia su recorrido. Si es el quinto o el sexto me rindo a la evidencia de los quince minutos de andén y de un cacho de nocturnidad perdida. Esta noche en la que llueve y estoy en este cuarto, por ejemplo, y eso que es una noche en la que crucé la calle antes que el primer camión, anhelo pasearme por ahí por Madrid, si es sola, sola, me da igual. Porque es una noche eu te devoro, es una noche como de luna creciente y de andar tan inquieta tan restless, tan sola, tan sola que me da igual si ando infinitamente sola por la calle, pero al menos la calle. Aunque ahora recordaba esos camiones, ese comienzo de noche de correr con un poco de lluvia tras los quince minutos no perdidos y con un libro nuevo en el bolso, un libro lleno de esquinitas de páginas dobladas (doblo donde hay frases que me gustan). Recuerdo también de anoche la sensación de estar llegando de alguna parte lejana mientras bajaba los escalones de la entrada de la oficina, como de salir de un autobús después de haber atravesado una larga distancia campestre, de volver a la ciudad después de haber andado unos días en una casa en medio de la oscuridad y en medio de algunas luciérnagas y estrellas y un perro que ladraba. Y todo eso que era como una semilla de noche ha germinado en Calígula y yo sobre la colcha viendo dos películas viejas, pensando que tenemos que mudarnos de casa en julio, y que no nos importa, que es sólo que hubiéramos preferido quedarnos un ratito más en ese autobús, en esa casa, en esa lluvia pequeñita que nublaba el crecimiento de la luna. O irnos rápido ahora a buscar ese banco bajo un puente que sabemos.

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