miércoles, julio 22, 2009

Factum est cor meum tamquam cera liquescens in medio ventris mei

Mientras estos días largos me pasan por encima, todos los que hemos venido a encerrarnos juntos en un cuarto a establecer la arquitectura de un momento musical never to be found again, que dice Britten (y la teoría teatral de Peter Brook que tanto leí en Buenos Aires con la rodilla rota), cantamos, interpretamos letras sacudidas de arrebato para un tipo de amor a la divinidad que nos envenena la fantasía del cónyuge. Creamos lazos para una semana, nos agotamos juntos, sabemos que el viernes seremos la piedra donde se aposente e impulse el sonido, hacia arriba, hacia ese momento volátil que es la vida de la canción siendo cantada, hacia la nada las palabras dedicadas, hacia esa sensualidad terrible de la entrega consentida lo mismo que te quiero te quisiera, y se me mezcla todo. Porque a veces me quedo sujeta en una frase en medio del Mendelssohn, o me transpongo desde un fa re si mientras la masa del coro me canta por detrás, y cuestiono la verdad. Sólo sé que ya no entiendo nada, sólo sé que sigo por inercia, sólo sé que merece la pena contribuir un milímetro a lo que se crea, sólo sé que más allá no puedo llegar.

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