lunes, agosto 31, 2009

Es extraño el deseo, se malvive

Es extraño dejar en manos de otro lo que se quiere conseguir. Porque yo, ahora, ¿qué querría? ¿Sexo? ¿Un abrazo? ¿Un cuerpo que le otorgara a mi cuerpo la sensación de estar vivo, y por tanto, la sensación de estar viva yo? ¿Una dulzura? ¿Alguien que me mirara como él a veces me miraba, con un hambre o una sed o una tristeza? Esa mirada inigualable que tantas veces he visto y siempre me sorprende, la mirada del deseo, y no del deseo carnal, del otro deseo, el deseo de que alguien a quien miras te vea. ¿Eso quiero, que alguien desee mis ojos? Y un cariño, y noches, noches a mi modo. Aunque me digo que cualquier metadona me mantendrá mansa pero no engañará a mis centros nerviosos, ah, sí, necesito un letargo, un electroshock, litros de tequila o vodka, miles de manos o sólo dos manos que me lleven y me traigan y dos ojos que me miren como él a veces me miraba, para dormirme, para beatíficamente borrar las huellas del daño y borrar las inclinaciones, el recuerdo suyo al despertar, esa asfixiante sensación de lo irremediablemente perdido, esa saudade asesina de presentes. Porque yo, ahora, ¿qué querría? Que alguien me pasee en coche, bajo las estrellas, sobre las estrellas, que se me devuelva el título de propiedad sobre mis intenciones, un amor chiquito para bebérmelo cual absenta, un amor cual estropajo nanas, cual virulana, que me arranque de mi fondo esa grasitud esclava.

Sincronicidad

Presentiments are strange things! and so are sympathies; and so are signs: and the three combined make one mistery to which humanity has not yet found the key. I never laughed at presentiments in my life; because I have had a strange ones of my own. Sympathies I beleive exist: (for instance, between far-distant, long-absent, wholly estranged relatives; asserting, not-withstanding their alienation, the unity of the source to which each traces his origin) whose working baffle mortal comprehension. And signs, for aught we know, may be but the sympathies of Nature with man.

jueves, agosto 27, 2009

Pido cariño y cedo la palabra

Me voy a Cádiz dos días a ver si soy capaz de tomar la maldita decisión quedarme o irme, una vez más. Frente al mar, junto a Calígula, al lado de mi madre recién freída en química terapéutica. Junto al mar, frente a Calígula, al lado de mí misma que es el único lado del que tengo que estar. El mar tras los farallones, el mar que llega hasta la otra orilla del mundo, me tendrá que acoger amoroso en su cuna marítima mineral para que yo mecida pueda pensar con menos claridad. Yo, la especialista en las huídas hacia adelante, anhelo un verdadero descanso, un colchón mullidito en el que recostarme, un rato para salir de la desbondad. ¿Me equivoco en mi anhelo? ¿Será verdad que sólo es una ilusión de refugio el refugio que digo querer? ¿Me equivoco al abandonar este mundo de tierno verano de lujurias y azoteas? Ay, Madrid, si yo te quiero, si tú me quieres. Pero viene el invierno, pero quiero una casa, quiero pescado, quiero mi acento, una mesa mía para escribir, quiero cantar en el Pay Pay, quiero leerme todo Michelet en la biblioteca de Letras, sentarme en la Caleta al atardecer, venir a Madrid embadurnada en abrigo una vez por mes con tantas ganas de venir. Tengo miedo. Estoy exhausta de tanto destierro y tantos pinchos y espinas y dolor, quiero un sitio en el Calígula y yo podamos pasar juntos nuestros días (quiero Aduana, en realidad), y tengo esa consabida ansia de sacar mis teteras de sus envoltorios. No sé si me equivoco y se me importa un bledo, quiero dejarme caer.

Noche estrellada

Hay callecitas en mi barrio que por la noche me prestan el adoquín para que camine despacio, que me miran desde sus farolas pasar mientras me torturo o me divierto según la noche. Hay callecitas en mi barrio que me hacen de casa cuando no quiero atrincherarme en el cuarto a desparramar las acuarelas y llenar el suelo de papelitos recortados. Hay algunas, pocas, estrellas que se abren su ventanita desde el otro lado del cielo y me guiñan su tintineante titilar o se hacen las altivas esplendorosas lejanas luces. Hay la luna roca que va y viene como yo y se queda quieta sobre la plaza o se esconde al volver los chaflanes, la luna que dice que se nace y que se muere y que se muere y que se nace y que siempre hay que brillar.

A voice within me keeps repeating

Eres el único al que he estado queriendo, cómo voy a hacer para querer a nadie más. Aunque repita gestos, abrazos, cafeteras, cómo voy a hacer para preparar café por la mañana para otros nosotros. Mi vida va a ser mucho rato ese intento de remedo de Woody Allen con las langostas en Annie Hall, extraños acomodos a personas extrañas hasta que prescriba y caduque la designación de tú como tú, hasta que deje de esperar encontrar cierto engranaje preciso y sólo nuestro. Muérete ya, memoria maldita.

Arroz con langostinos


Pelar los langostinos crudos y poner el exoesqueleto de los artrópodos a hervir en agua. Sofreír la cebolla en aceite de oliva hasta que pierda el orgullo, añadir ajo y abundante tomate rojo y maduro, cortado chiquito. Echar el caldo colado de los langostinos una vez frito el tomate y dejar que bulla bulla todo con un poco de azafrán, unos granos de pimienta y dos clavos de olor. Cuando se haya evaporado la mitad del caldo añadir el arroz, bajar el fuego cuando esté dejando de estar duro y entonces añadir los langostinos desnudos. Apagar el fuego cuando el arroz esté casi casi casi hecho y dejarlo tapado cinco minutos. Comérselo sin acordarse de nada.

Happy birthday, Mr. President

Alguien que me vio cantar en el Puerta de América me ha estado buscando para pedirme que cante en su fiesta de cumpleaños, black tie para ellos y vestido largo para las damas, terraza de Gran Vía, cocktails, que no cócteles, el cielo nocturno de Madrid. Y yo, garganta en ristre, alma en ristre, hambre en ristre, dolor en la cartuchera, haré de Opera Diva en una fiesta privada, paladearé una existencia Juncal y Paraná al estilo madrileño, me encariñaré con esa vida de cantante que todavía no soy capaz de llevar.

Objetos necesarios en la vida que se pueden llevar en el bolso

Una brújula.
Un diapasón.
Un abanico.
El Long pretty lashes de Clinique.
Un gatito de bronce.
Un piñón de araucaria.
Un lápiz de tinta.
La campana de un barco pirata de Playmobil.
Una alianza grabada por dentro.
Una Waterman.
Dos bolsitas de Earl Grey.
Un imperdible.
Tarjetas blancas.
Una tableta de chocolate.

martes, agosto 25, 2009

Daño

Anoche me dijiste: me gustaría tenerte cerca. Me dijiste anoche: me gustaría tenerte cerca. Hacía tiempo que cuatro palabras no me hacían sufrir tanto.

lunes, agosto 24, 2009

El oficio de vivir

Los que verdaderamente me quieren, a través de los años, los que verdaderamente me conocen, tú, Rodrigo, que me has criado en la música, tú que me hiciste de padre espiritual y de amante y de amigo y de hermano, tú que me llevaste a las lágrimas y a la emoción, al desplante, tú al que traicioné, tú para el que me desnudé y me volví a vestir hace tantísimos años, tú que ahora me dices que cómo una mujer como tú, o más bien, cómo tú, tú al que he visto sufrir y componerse estos últimos quince años, hacerse y perder el pelo, tú al que muchas veces le quiero no hablar con Gesang der Geister über den Wassern de fondo, tú que realmente me quieres y al que realmente quiero (y qué poco nos vemos), tú que eres para siempre el espíritu del liberame de mortem aeterna; tú me dices que me equivoco y sé qué es cierto, que me equivoco. Pero para mí es tan difícil encontrar el cómo, es tan difícil no hacer otra cosa que vivir, dilatar mi verdadero oficio y ponerme obstáculos hasta lo indecible, dedicarme sólo a caminar por Madrid y encontrarme por casualidad a gente que conozco, caminar sola por la noche y preguntarme cómo una mujer como yo, cómo yo, y sentirme tan absurdamente absurda, tan absurdamente sola, tan absurdamente deshecha que lo único que puedo hacer es rehacerme (Schicksal des Menschen, wie gleichst du dem Wind!) y darme aún un poco de espacio para averiguar ese cómo con acento que se me escapa entre los otros comos sin acentos que sí soy.

El temor y el valor de vivir y de morir

De Blas de Otero

No sé por qué avenida
movida por el viento de noviembre
rodeando
plazas como sogas de ahorcado
junto a un muro con trozos de carteles
húmedos
era en la noche de tu muerte
Paul Éluard
y hasta los diarios más reaccionarios
ponían cara de circunstancias
como cuando de repente baja la Bolsa
y yo iba solo no sé por qué avenida
envuelta en la niebla de noviembre
y rayé con una tiza el muro de mi hastío
como una pizarra de escolar
y volví a recomenzar mi vida
por el poder de una palabra
escrita en el silencio

Libertad.

domingo, agosto 23, 2009

Muertes indignas de las señoras malhechoras en el cine

Elsa Bannister tirada cual perra en el suelo.
Phyllis Dietrichson sobre el sofá con su tobillera y sus pantuflas.
Altar Keane arrastrándose a su cama sin decir ni mu.
Lulú destripada por Jack en su habitacionzucha.

Con las armas que me diste

Me visto de mujer, mi cuerpo se conforma a ser cuerpo dentro de este vestido que un día tú me regalaste. Mis verdaderas piernas se alargan sobre la altura de unos zapatos de tacón, de los más bonitos que nunca tuve. La melena se me peina bajo el peine, los ojos me hacen chiribitas, uno sobre la cicatriz vieja, el otro bajo la cicatriz nueva. Elijo unos pendientes azules que me regaló Rafa en El Bolsón. Elijo: es eso. Elijo vestirme de mujer y resignarme a pasar el día corrigiéndome el escote, dejándome ser mirada y mirar yo misma mi reflejo en los ascensores, las lunas de los autos, los escaparates, el cristal del vagón del metro. Camino airosa como si mi cuerpo y yo fuéramos una sola cosa que se desplazara dentro del vestido que tú me regalaste.

sábado, agosto 22, 2009

Juliette, aquella tarde

Era el final de verano y por la ventana veíamos el Atlántico. Estábamos exhaustas y todavía nos quedaban unas cuantas entrevistas, por suerte nos dieron media hora de descanso. Juliette se tiró en el sofá, yo me desparramé en un sillón de tapizado horroroso. La noche antes nos habíamos colado en un cine cuando terminaba Caché, las dos solas, y lo que empezó como diversión casi se nos tornó en estadio Hillsborough, tuvieron que mandarnos a cuatro armarios roperos para que nos sacaran de allí. En aquel tiempo ella estaba enamoradísima de un argentino, yo también, así que hablábamos de eso (las mujeres siempre terminamos hablando de amor, dirán los listillos) y nos reíamos como locas en aquella tarde del marzo austral en la que abrimos las ventanas para que volaran un poco las cortinas. Ahora, Juliette, las dos perdimos a nuestro argentino y me atrevo a decir que estamos más guapas y conscientes. Aquella ensoñación opio americana que nos inflamó tan felices y nos pasó por encima cual apisonadora ya pasó, y entre otras cosas que nos regaló nos regaló ese rato de tenernos la una a la otra en la América del Sur asalvajada de la que provenían esos dos señores que nos dejaron la vida patas arriba, aquellos días en los que no nos sentimos tan solas en nuestra enajenación sentimental (y cómo hubiéramos corrido hacia ellos si hubiésemos podido, aquella tarde), aquella media hora en la que nos respiramos el sentimiento la una a la otra.

De battre mon cœur s'est arrêté

Me entran tantas ganas de comer patatas fritas con huevo después de hablar contigo (y es que mi corazón ha consumido todas las reservas de mi organismo en este rato de conversación transoceánica) que me pongo a freír dos sartenes. Medianoche en Canarias.

viernes, agosto 21, 2009

Ah, pero ese hambre es inigualable

This is how it works: los hombres tienen más espacio para equivocarse, nosotras sabemos que toda posibilidad se pierde y se va por el sumidero si no se la hace fructificar, que hay que atrapar las palabras y los deseos por la cola para que pasen de lo etéreo a lo corpóreo, ellos toros van raptando Europas y Calistos con esa premura relajada del que tiene todo el tiempo del mundo por delante. El otro día hablé de ganas ganas ganas y he estado pensando en esas ganas en los siguientes términos: ah, pero ese hambre es inigualable. Precisamente porque el arrebato no es amor de construir ni amor de mórulas, es el preludio de lo que no será, son las ganas ganas ganas de rapto, en su otra acepción. Vivir ahí no es femenino ni masculino, creo que es el único lugar en el que nos podemos encontrar las unas y los otros verdaderamente, en el roce al paso, la mirada fugaz entre las sombras, el cuerpo abierto en dos, el hambre inigualable, luego nos bifurcamos inevitablemente. No sé, me dolería bastante trasladar ese hambre perenne mío por ti a otro (aunque sin embargo a ratitos y a pequeños milímetros cuadrados). No sé, me cansa bastante no tener un amor Lego con el que construir universos. No sé, ahora tengo más espacio para equivocarme.

Ayer él me dijo

"Me parece que eres la excepción que confirma muchas reglas."

jueves, agosto 20, 2009

Placeres absurdos en su factura, perfectos en su software

Comer leche condensada a cucharadas mientras sujeto la puerta abierta del frigorífico.
Oler los libros recién comprados, aunque sean de segunda mano.
Jane Eyre.
Poner bajito a Jeff Buckley.
Coleccionar frases para el twitter.
Jugar con las sombras proyectadas sobre mi mesa de la oficina.
El Earl Grey de las cuatro de la tarde.
Mirar por la ventana de noche para ver una única estrella.
Saber que la semana que viene veré a Calígula.
Preparar las acuarelas directamente sobre la mesa blanca.
Esperar sin ver venir.
Charlotear con mis amigas.
Leer cinco veces seguidas el 3.01 del Tractatus.

Aurora y el violinista

El violinista se sienta a nuestro lado en el metro y Aurora quiere que se la trague la tierra o al menos el suelo del vagón. El violinista con todo su entusiasmo bielorruso toca Historia de un amor y yo la canto para embarazo terrible de Aurora que más o menos se quiere morir. El violín es pequeño y está sin barnizar, el violinista va de negro y canas y toca sentado junto a Aurora, y mientras yo me divierto ella pobre mía sufre indeciblemente entre los dos.

miércoles, agosto 19, 2009

Deus ex machina

En los momentos más desgarrados, cuando crees que si no te mueres te morirás, algo inesperado siempre te rescata. Alguien que no es uno de los que te quieren, un desconocido que no te conoce, te sale al encuentro y te muestra un pedacito posible del camino. Y así Gloria cuando todavía no era mi madrina me dio la fuerza que yo no tenía una mañana de domingo; y así un pianista que ahora es mi amigo Igor me subió al escenario a cantar My funny Valentine en aquella noche en la que después de clase de ruso me volví literalmente loca; y así Solange apareció con la parafernalia de reconciliación con la vida (alfajorcitos de maicena y pepas de confitería) por la terraza donde recibía mis visitas en aquel día en el que sin quererlo me hubiera tragado todas esas pastillitas que ahora guardas en tu cajón; y así el médico de Mendoza me abrazó y me dio su bendición en aquel día guárdate de los idus de marzo; y así Chantal me dio vino y costura; y así quiero yo también ser agüita que calme levemente alguna sed, quiero ser ese artefacto misterioso e inesperado que baje la escalera y tienda su manito a esos amigos y amigas míos que ahora sufren bajo la luna nueva y no saben, no saben dónde queda babor y dónde queda estribor, si alguna vez eso que les pasa se terminará y quedará lejos y pequeño. Quiero cantaros nanas y susurraros ea ea coi coi, no quiero que sufráis tanto, así que aquí estoy, hígado en mano, toda vuestra.

Sin señal de vida


¿Para qué dar señales de vida?
Apenas podría enviarte con el mozo
un mensaje en una servilleta.

Aunque no estés aquí.
Aunque estés a años sombra de distancia
te amo de repente
a las tres de la tarde,
la hora en que los locos
sueñan con ser espantapájaros vestidos de marineros
espantando nubes en los trigales.

No sé si recordarte
es un acto de desesperación o elegancia
en un mundo donde al fin
el único sacramento ha llegado a ser el suicidio.

Tal vez habría que cambiar la palanca del cruce
para que se descarrilen los trenes.
Hacer el amor
en el único Hotel del pueblo
para oír rechinar los molinos de agua
e interrumpir la siesta del teniente de carabineros
y del oficial del Registro Civil.

Si caigo preso por ebriedad o toque de queda
hazme señas de sol con tu espejo de mano
frente al cual te empolvas
como mis compañeras de tiempo de Liceo.

Y no te entretengas
en enseñarle palabras feas a los choroyes.
Enséñales sólo a decir Papá o Centro de Madres.
Acuérdate que estamos en un tiempo donde se habla en voz baja,
y sorber la sopa un día de Banquete de Gala
significa soñar en voz alta.

Qué hermoso es el tiempo de la austeridad.
Las esposas cantan felices
mientras zurcen el terno
único del marido cesante.

Ya nunca más correrá sangre por las calles.
Los roedores están comiendo nuestro queso
en nombre de un futuro
donde todas las cacerolas
estarán rebosantes de sopa,
y los camiones vacilarán bajo el peso del alba.

Aprende a portarte bien
en un país donde la delación será una virtud.
Aprende a viajar en globo
y lanza por la borda todo tu lastre:
Los discos de Joan Baez, Bob Dylan, los Quilapayún,
aprende de memoria los Quincheros y el 7º de Línea.
Olvida las enseñanzas del Nido de Chocolate, Garfield o el Grupo Arica,
quema la autobiografía de Trotsky o la de Freud
o los 20 Poemas de Amor en edición firmada y numerada por el autor.

Acuérdate que no me gustan las artesanías
ni dormir en una carpa en la playa.
Y nunca te hubiese querido más
que a los suplementos deportivos de los lunes.

Y no sigas pensando en los atardeceres en los bosques.
En mi provincia prohibieron hasta el paso de los gitanos.

Y ahora
voy a pedir otro jarrito de chicha con naranja
y tú
mejor enciérrate en un convento.

Estoy leyendo El Grito de Guerra del Ejército de Salvación.
Dicen que la sífilis de nuevo será incurable
y que nuestros hijos pueden soñar en ser economistas o dictadores.

martes, agosto 18, 2009

La vida de los otros

Me columpio. Es de madrugada, quizá las tres. Hay matas de romero alrededor y un silencio falsamente campestre. Hay otros cuyas vidas no se parecen a la mía, a veces los veo y me columpio a su lado mientras ellos se sientan disfrutando de lo que llaman paz, de esto que llaman cielo (y recuerdo aquellas galaxias). Hay otros que viven sus vidas mansamente y no necesitan forzar la máquina ni ponerse a prueba (y yo quisiera ser placable y hacérmelo más fácil).
Es de madrugada y yo me columpio mientras las farolas anaranjadas estropean la posibilidad de la noche en el descampado, mientras algunos otros saborean felices su suerte de poseer, sus elecciones, su vida inamovible, certera, esos algunos otros que sacan mojito preparado de una botella en vez de machacar la yerbabuena con la mano del almirez.
Me pregunto. Y al preguntarme y caminar por este territorio de algunos otros les vislumbro el suspiro que suspirarán en otoño, cuando cualquier tarde al volver del trabajo lleguen a casa y se quiten los zapatos para no molestar al vecino de abajo, ese suspiro del que llega a su finca y posee un tiempo con cortina y sábados y domingos y despertador de cada día. Y no me pregunto y me gusta ser yo (y recuerdo mis viajes y mi vida y mi hambre y a ti), y al caminar junto al territorio de algunos otros les vislumbro el suspiro que suspirarán en el invierno, cuando cualquier mañana al despertarse no sientan dolor horripilante ni felicidad suprema (y recuerdo las mañanas en que delante de mí) sino sólo el despertar marcado de ese día eterno que se vive cuando se elige desvivir.

domingo, agosto 16, 2009

Persuasión

La gota cae cae cae hasta que horada la piedra lisa, sin fisuras.

Queremos tanto a Glenda

Siguiendo las costumbres del Cono Sur llega media hora tarde. Glenda me trae un paquetito preparado por las manos de Chantal, un dibujo para mí. Su acento y su inmediata disponibilidad me traen recuerdos de aquel tiempo de Valparaíso, del puerto, de mis subidas y bajadas por escalerillas agarrada o no a los pasamanos oxidados, de Alejandra en su casa siempre abierta, del restaurante de Patricio sin terminar, del panadero que leía Los detectives salvajes, de la terraza de Loro, de aquel océano desde las ventanas, de la Estrella del Sur y las gaviotas asalvajadas, del chal verde de tante Chantal, de los ojitos moros de Agustina. Y del restaurancito del mercado donde almorcé dos veces sola, una con Loro, otra con Denise la cubana tan hermosa y rubia y tan triste, de los verduleros ya amigos de la esquina, de Sergio Vuskovic. Quién era yo entonces, aquellas semanas de impasse hacia la cirugía, hacia mi vuelta a España, hacia mi vida sin ti desde el comienzo de mi vida sin ti. Yo era tan amarga y tan perdida, tan con ganas de viaje Antofagasta y Cuzco y tan con ganas de rincón, de desayuno en la cocina de Pierre Loti y noches de vino chileno. Quién era yo entonces con mis chanclas plateadas como única protección contra el suelo del mundo y único apoyo en el suelo del mundo.
Glenda me trae Valparaíso en una bolsita, las tardes de coser y conocer a las amigas inefables de Ch, esas señoras viajadas señoras conquistadoras de sus planetas que agitaban sus vidas y pulseras delante de mí, las tardes de once, las semanas Valparaíso puerto de paso pero remisión, Valparaíso mi casa que sale de esta bolsa reutilizada, el lugar al que peregriné sola y volveré sola, sabiendo cuando llegue que es mi casa a la que vuelvo.

Le mâle


En tu actitud, en tu forma, se destila cierta masculinidad sin embargo nada Givenchy, una masculinidad para mí hasta ahora casi desconocida. Debes de ser eso que llaman un señor. La manera en que me tratas y me trataste Londres mediante, ese respeto inaudito y esa contemplación, tu transparencia, y al mismo tiempo esa animalidad no disimulada y tan tentadora, tan arrastrante ese hambre tuya de seguirme adonde te llevara y al mismo tiempo tu mano en la rienda. Cómo te digo lo que eres, lo raro precious que me resulta tu empeño empeñado de ser mejor tú, de mostrarte sin manufactura. Cómo te digo que se me ponen de punta los pelitos de los brazos cuando recuerdo cómo me sentaste en el suelo frente a tu balcón, frente al río, frente a la noche, cómo te sentaste detrás mía, cómo cuando me apartaste el pelo hacia un lado mi cuello se murió después que yo.

Cuando después de que bajaras cremalleras y quitaras botones te pedía que me volvieras a abrochar para empezar de nuevo lo hacías encantado, con una mezcla de diversión y prendimiento (corrígeme si me equivoco) que me azogaba aún más que tus manos. Y me besabas en la calle. Y me llevabas de la mano. Y me miraste. Y te vi. Te veo lo que eres, cómo decírtelo. Cómo decirte que cuando entraste la otra noche en la casa lo hiciste con un porte (debe de ser eso que llaman prestancia), con la sana arrogancia de quien sabe que lo está haciendo bien, de que su vida se moldea con esfuerzo bajo sus manos. Y tu presencia llenó el cuarto, niño, de nuevo te vi. Cómo decirte que el beso último que me diste de madrugada, así tan tuyo, tan con esa sin prisa tuya que me mata antes que a mi boca, me dejó clavada de nuevo a tu posibilidad.

sábado, agosto 15, 2009

Un domingo en Lavapiés

Patricia extraña su antiguo barrio, por eso después de tomarnos un café en el Barbieri decidimos pasearnos entre el olor a fritanga y amoniaco, a ver si se le pasa la nostalgia. Después del baño de realidad que es toda fiesta popular caminamos por Doctor Fourquet y por la trasera del Reina Sofía, buscando Madrid. Pasamos por un bar que se llamó Niestzche, lo cerraron por el ruido, qué tipo de ruido sería el que se generaría, me pregunto. Entramos en la librería pequeñita de la esquina, y por esas extrañas corrientes telúricas que nacen en la desembocadura del Plata y circulan para llegar hasta mí, el dueño porteño del lugar me busca para mostrarme libros preciosamente ilustrados y regalarme un libro de relatos, escritos por él. Patricia no da crédito, y, francamente, yo tampoco.

viernes, agosto 14, 2009

Anoche me dieron ganas de cruzar la Avenida Alcorta

Anoche me dieron ganas de bajarme de un colectivo cerca del Planetario, de cruzar la Avenida Alcorta cicatriz, de ir a ver Sin pan y sin trabajo o al Gordöloco Trío bajo las estrellas artificiales.
Anoche me dieron ganas de cruzar la Avenida Alcorta, sólo porque sí, unas ganas estiradas de salir de una casa con ese pensamiento y poder efectivamente llegarme hasta Alcorta y cruzar, sin más, como la Floralis Genérica cerrarme al atardecer, ver los jacarandás en su color correspondiente a la estación, pisotear el ladrillo pulverizado de los paseos, agarrar la programación del Malba, quedarme un rato sobre el puente rojo del Jardín Japonés.
Anoche me dieron ganas de estar en una noche como ésa en Buenos Aires, en verano y amenazando lluvia, cruzar la Avenida Alcorta sin razón, quizás yendo a Palermo o viniendo de Palermo, sabiendo que en algún momento volvería a Yrigoyen, a casa, al gato, a un otro tú.
Anoche estaba en Madrid y quise estar en la Avenida Alcorta, esperando a que un semáforo se pusiera verde para que yo pudiera andar al otro lado, para que yo pudiera cruzar la Avenida Alcorta.

miércoles, agosto 12, 2009

La vida es más emocionante contigo

Eso me dice mi primo cada vez que viene a secuestrarme con su coche a cualquier punta de Madrid en la que yo esté, para que hagamos cosas para él insospechadas como faltar a su oficina y pasarnos la mañana tumbados en el césped o caminando por Argüelles buscando un restaurante o quedarnos parados en la carretera porque a mí se me antojó ese color del cielo. Mi primo se ríe de que los camareros me pasen indefectiblemente sus teléfonos después de contarme que son de San Telmo o Chacarita. Siempre le ando pidiendo que me transporte a Calígula de una estación a otra, siempre me está llevando o trayendo al aeropuerto. Quizá porque siempre me ve en vorágine o haciendo cosas para él insospechadas como dar conciertos raros en sitios quizá demasiado elegantes, mudarme de casa una vez por mes, olvidarme el biquini en todos lados, piensa que la vida es más emocionante conmigo. Para mí lo emocionante es que mi primo aparezca con su coche en Puerta de Toledo, Atocha, Méndez Álvaro, Gran Vía, Paracuellos, y me lleve a recorrer túneles y a tomar cafés con hielo.

martes, agosto 11, 2009

Cuando un amigo está triste

Un Pago de los Capellanes Crianza (si lo queremos mucho, un reserva), un sacacorchos, dos copas hermosas, una colcha azul, unos pancitos, un paté lo suficientemente suave para que no nos estropee el queso, un trozo de Cabrales y otro de queso de oveja, un cuchillo con mango de carey sustraído en Palos, una tableta de chocolate no demasiado amargo, los aviones saliendo de Barajas de noche vistos desde Paracuellos, una canción de cuna cantada para que se acuerde de que time and the hour runs through the roughest day.

viernes, agosto 07, 2009

Quién sabe por dónde andarás


El grabado es de Mercè Riba
Paseo por el barrio, es de noche y hace mucho calor en casa, antes de intentar dormir quise ver la luna llena, y sólo la veo en los reflejos de los balcones, de las ventanas, hasta que salgo a alguna plaza abierta o a alguna cuadratura de estas calles vasos comunicantes. Es el día de recogida de muebles viejos y una pareja de sillones de mimbre en San Nicolás, en la calle Mayor un espejo en el que alguien se miró, me hacen apenarme de no tener la cámara. Anoche di la vuelta nocturna de sereno con Guillermo, me enseñó su árbol; hoy voy sola, cantando Perfidia, ya la anduve cantando en la oficina. Siento que es noche de bolero, después de ocho horas de pólizas y coberturas es una felicidad callejear adoquines, doblar esquinas de iglesias, poder cantar más alto. Dos viejitas acomodan su paso detrás de mí y se callan para escucharme. Cuatro vagabundos duermen sobre sus cartones, quién sabe por dónde andará el otaku clochard que dormía delante de la cancela de Aduana. Yo voy volviendo a casa, apagando la noche de bolero.

La flor de mis heridas

Sangra sangra sangra sangra sangra y no deja de sangrar. Es incurable. Es intapable. Es mejor dejarla sangrar sangrar sangrar sangrar sangrar y que riegue el planeta y yo seguir viviendo como si nada, como si esa herida abierta no sangrara sangrara sangrara sangrara sangrara.

Lluvia

Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:
No habían despertado todavía al amor.
No sabían nada de nosotros.
De nuestro secreto.
Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.
Estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la furia de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.
Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa, pero tan mía.
Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
Oh, visitante.
Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.
Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.
Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
Oh, visitante.
Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
Estoy tocado de tu destino.
Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta.
La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima, recóndita alegría.
Estoy tocado de tu destino.
Oh, lluvia. Oh, generosa.

Ex nihilo

Abro un cuaderno de hojas naranjas que me hizo mi padre cuando yo tenía 20 años. Viaja conmigo pero no lo utilizo. Dentro encuentro un poema de Tuñón, Lluvia, con mi letra de entonces, y cinco tarjetas de visita de distintas épocas de mi vida en Argentina:
La del imán sufí de Mallín Ahogado.
La de mi jefa del Euskal Echea.
La de mi jefe de la Editorial Médica Panamericana.
La de la supervisora de Air Canada de cuando fui un rato guía turística.
La de la directora de la Alianza Francesa de Neuquén.

martes, agosto 04, 2009

Tres madrinas

Tengo tres madrinas, como la Bella Durmiente de Walt: Paquita, Gloria, Chantal. Mientras yo duermo, ellas velan. Mientras yo vivo, ellas me miran. Y yo las admiro y las quiero y necesito ese trocito de cobijo y de casa que tienen siempre para mí, fanales en la tormenta, lámparas de aceite en la ventana, luceros al amanecer, pilotitos que se enchufan a la pared para que los niños no tengan miedo. Aspiro a que mi vida sea tan ancha y generosa como la de ellas y a parecérmeles cuando termine de ser yo, a ser como esos chales que me prestan cuando tengo frío: cálida, hermosa, lujo, necesaria. Nunca podré dar tantas gracias como os debo, a las tres.

Dilema

¿Soy la heroína o la escritora de la historia?

La fiebre

La enfermedad es siempre un estado al margen, como un desorden permitido, como un paréntesis. Por eso es tan tentador convertirlo en metáfora o en puerta de artistas por la que escabullirse, bien lo supo Castorp. Había un libro de Susan Sontag sobre la enfermedad como batalla. A mí me parece que es como un estado de sitio, abandonas la realidad para irte a combatir. Ahora es un fastidio, no hay nada poético en la fiebre y en encerrarse en el calor de la casa en agosto hemisferio norte, aunque veo tan bonitos los ladrillos y las tejas de la trasera del edificio de enfrente con el atardecer, en el patio de luces con la excavación abajo; es mi primer y último día de estar todo el día metida en la casa y de poder ver cómo se siguen los sonidos y los colores con las horas, de comer hojaldres de Astorga sin mesura.

Mis hombres del momento

Sergei Prokofiev
Joseph Conrad
¡Ben Hecht!
Herbert
Antonio Sánchez Briones
Keith Jarrett
Clément Rosset

domingo, agosto 02, 2009

Despierta si estás dormida

Me despiertan las campanas y la risa de una mujer en el cuarto contiguo. Es domingo, pues, no trabajan en la obra, Guillermo no madruga. Estoy en Madrid, me asombro, podría estar en cualquier otra parte, da tan igual que es espeluznante.

Je deviens frivole

Fui a comprarme sujetadores, corpiños, soutiens, sostenes (son todas palabras feas, ahora que lo pienso, con lo monono que es lo contenido, qué feo el continente), cosa que hago una vez por año, en las rebajas, porque sólo me los compro carísimos y de encaje, muero por Andrés Sardá, aunque hoy me he comprado Aubade y Lejaby. Algo que da la edad es saber cuál te va a ir bien y cuál no, yo soy 90B escote balconnet (deberían poner una casillita en el DNI). Cuando uno me queda bien y me gusta me compro de todos los colores que haya, y es que es tan difícil encontrar uno que sea para ti. Luego viene la parte en la que ya van siendo tuyos y sabes con qué ropa ponértelos, en que los reconoces al abrir el cajón, en que te preguntas quién te los desabrochará y con cuánta rapidez o con cuánta lentitud (ay, sí). Y al preguntarte esto compruebas cómo te vas alejando de la conyugalidad, con tanta rapidez y con tanta lentitud.

Cositas que he visto hoy

El cielo encapotado y antracita, la tormenta a lo lejos.
Una chica bajando borracha de una ambulancia, zapatos negros de lagarto.
Trocitos de hielo que saltaban al suelo mientras preparaba los daiquiris.
La lluvia cayéndome alrededor mientras me bañaba en la piscina.
Mi cicatriz en varios espejos.
Un bombero con cara de lobo de mar fumándose un purito pequeñísimo mientras bajaba de la cabina del camión.
Un mail tan touchante que lo he leído seis veces.

Descalza por Bilbao

Como me he pasado la noche bailando como loca en el Otxoa con unos zapatos tan altos que me di alcance, hago algo que no haría en Madrid ni atada, que es andar descalza por Bilbao, feliz, arrastrando los bajos de los vaqueros mientras Maider me cuenta cosas, hasta que llegamos al Guggenheim y allí me mojo los pies en el charquito que ha formado el agua de riego que cae de ese perro horroroso, y luego camino por el césped, sacrosanta bendición, y luego subo el puente calzada de nuevo porque la madera está fría, y al calzarme me doy cuenta de que mis pies están mucho más limpios que cuando me cruzaba hasta Defensa y Belgrano desde Yrigoyen con las chanclas. Qué ciudad más moderna y más chic, Bilbao, que te la puedes cruzar descalza con los tacones en la mano sin que por ello.

Allure

Demasiado Allure, maquilladísimos los ojos, con el pelo teñido de castaño, un escote de color morado quizá demasiado pronunciado y la falda blanca con aberturas a los lados del tailleur italiano que me compré en Barcelona en el Passeig de Gracia hace cinco años para ir a la entrevista de la Teknon, me largo a la calle. Óscar me acompañó ese día a probarme trajes, nos encantaba ir de compras juntos. Bajando la calle nos encontramos con Manolo, yo llevaba una minifalda cortísima. Qué absurdo que todas estas cosas se te queden grabadas en la memoria cuando en realidad no sirve para nada más que para contarlas así, aquí, con lo tarde que es. A lo que iba: me largo a la calle, con los taconazos, vestida como para una pedida de mano, camino al 7Bar, sólo por no estar en casa, sólo por escuchar a Roberta pinchar una vez más una pequeña edad de hielo. No me quiero morir bajo mi techo esta noche, prefiero disimular haciéndome la moderna.