sábado, agosto 22, 2009

Juliette, aquella tarde

Era el final de verano y por la ventana veíamos el Atlántico. Estábamos exhaustas y todavía nos quedaban unas cuantas entrevistas, por suerte nos dieron media hora de descanso. Juliette se tiró en el sofá, yo me desparramé en un sillón de tapizado horroroso. La noche antes nos habíamos colado en un cine cuando terminaba Caché, las dos solas, y lo que empezó como diversión casi se nos tornó en estadio Hillsborough, tuvieron que mandarnos a cuatro armarios roperos para que nos sacaran de allí. En aquel tiempo ella estaba enamoradísima de un argentino, yo también, así que hablábamos de eso (las mujeres siempre terminamos hablando de amor, dirán los listillos) y nos reíamos como locas en aquella tarde del marzo austral en la que abrimos las ventanas para que volaran un poco las cortinas. Ahora, Juliette, las dos perdimos a nuestro argentino y me atrevo a decir que estamos más guapas y conscientes. Aquella ensoñación opio americana que nos inflamó tan felices y nos pasó por encima cual apisonadora ya pasó, y entre otras cosas que nos regaló nos regaló ese rato de tenernos la una a la otra en la América del Sur asalvajada de la que provenían esos dos señores que nos dejaron la vida patas arriba, aquellos días en los que no nos sentimos tan solas en nuestra enajenación sentimental (y cómo hubiéramos corrido hacia ellos si hubiésemos podido, aquella tarde), aquella media hora en la que nos respiramos el sentimiento la una a la otra.

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