domingo, agosto 16, 2009

Le mâle


En tu actitud, en tu forma, se destila cierta masculinidad sin embargo nada Givenchy, una masculinidad para mí hasta ahora casi desconocida. Debes de ser eso que llaman un señor. La manera en que me tratas y me trataste Londres mediante, ese respeto inaudito y esa contemplación, tu transparencia, y al mismo tiempo esa animalidad no disimulada y tan tentadora, tan arrastrante ese hambre tuya de seguirme adonde te llevara y al mismo tiempo tu mano en la rienda. Cómo te digo lo que eres, lo raro precious que me resulta tu empeño empeñado de ser mejor tú, de mostrarte sin manufactura. Cómo te digo que se me ponen de punta los pelitos de los brazos cuando recuerdo cómo me sentaste en el suelo frente a tu balcón, frente al río, frente a la noche, cómo te sentaste detrás mía, cómo cuando me apartaste el pelo hacia un lado mi cuello se murió después que yo.

Cuando después de que bajaras cremalleras y quitaras botones te pedía que me volvieras a abrochar para empezar de nuevo lo hacías encantado, con una mezcla de diversión y prendimiento (corrígeme si me equivoco) que me azogaba aún más que tus manos. Y me besabas en la calle. Y me llevabas de la mano. Y me miraste. Y te vi. Te veo lo que eres, cómo decírtelo. Cómo decirte que cuando entraste la otra noche en la casa lo hiciste con un porte (debe de ser eso que llaman prestancia), con la sana arrogancia de quien sabe que lo está haciendo bien, de que su vida se moldea con esfuerzo bajo sus manos. Y tu presencia llenó el cuarto, niño, de nuevo te vi. Cómo decirte que el beso último que me diste de madrugada, así tan tuyo, tan con esa sin prisa tuya que me mata antes que a mi boca, me dejó clavada de nuevo a tu posibilidad.

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