domingo, agosto 16, 2009

Queremos tanto a Glenda

Siguiendo las costumbres del Cono Sur llega media hora tarde. Glenda me trae un paquetito preparado por las manos de Chantal, un dibujo para mí. Su acento y su inmediata disponibilidad me traen recuerdos de aquel tiempo de Valparaíso, del puerto, de mis subidas y bajadas por escalerillas agarrada o no a los pasamanos oxidados, de Alejandra en su casa siempre abierta, del restaurante de Patricio sin terminar, del panadero que leía Los detectives salvajes, de la terraza de Loro, de aquel océano desde las ventanas, de la Estrella del Sur y las gaviotas asalvajadas, del chal verde de tante Chantal, de los ojitos moros de Agustina. Y del restaurancito del mercado donde almorcé dos veces sola, una con Loro, otra con Denise la cubana tan hermosa y rubia y tan triste, de los verduleros ya amigos de la esquina, de Sergio Vuskovic. Quién era yo entonces, aquellas semanas de impasse hacia la cirugía, hacia mi vuelta a España, hacia mi vida sin ti desde el comienzo de mi vida sin ti. Yo era tan amarga y tan perdida, tan con ganas de viaje Antofagasta y Cuzco y tan con ganas de rincón, de desayuno en la cocina de Pierre Loti y noches de vino chileno. Quién era yo entonces con mis chanclas plateadas como única protección contra el suelo del mundo y único apoyo en el suelo del mundo.
Glenda me trae Valparaíso en una bolsita, las tardes de coser y conocer a las amigas inefables de Ch, esas señoras viajadas señoras conquistadoras de sus planetas que agitaban sus vidas y pulseras delante de mí, las tardes de once, las semanas Valparaíso puerto de paso pero remisión, Valparaíso mi casa que sale de esta bolsa reutilizada, el lugar al que peregriné sola y volveré sola, sabiendo cuando llegue que es mi casa a la que vuelvo.

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