domingo, septiembre 20, 2009

Any given Sunday

Los domingos por la mañana son para despertarse al lado de alguien a quien quieres o al menos alguien que te gusta mucho pero mucho, preparar café y desayunar tres veces: primero salado, luego dulce y después más dulce, mientras desde el salón suena cualquier ópera de Haendel.
Si te despiertas un domingo por la mañana y la vida no es así, los domingos por la mañana pueden ser asomarse al balcón de la casa amiga donde dormiste y ayudar a Alfonso a recoger los vestigios de la fiesta de anoche, amontonar platos y vasos en el fregadero y cuando al fin pasas la balleta enjabonada por la superficie vacía de la encimera, prepararte un almuerzo de neoyorquina, que Alfonso te tueste pan, que los demás duerman, pisar la soledad soleada de Gran Vía e irte a trabajar. Detrás tuya queda la mañana de domingo que no fue de Julio César sino de Dido, tus zapatos de tacón abandonados en el piso de mosaico del cuarto donde dormiste, tu vestido nuevo colgado en una percha, tus ganas imposibles. De él, del que no te quiere.

No hay comentarios: