miércoles, septiembre 16, 2009

Bacalao al pil pil


Dejo Valladolid. Al pasar por la esquina de la calle Panaderos me tengo que volver porque huele a bacalao y a alhucema; me asomo a la puerta de la tiendita y allí está el ultramarinos: el Vela de la Placilla de mi infancia o cualquier almacén de Valparaíso. El dueño gordito además de venderme un vino de Toro me cuenta cosas de su escaparate y me regala una receta de bacalao al pil pil. Yo me siento niña con sombrerito de paja entre tanta mercadería brillante y arquitectónica, los sacos con legumbres, los botes de conservas de cristal, el olor a especias de verdad, los bacalaos y los jamones grasientos colgados, las miles de botellas en fila. Tiendas así sólo significan que hay gente que se sigue tomando la molestia de comprar los primordiales para luego preparar salsas y caldos, aclarar y encrasar esas salsas y esos caldos, marinar bichos muertos o albardarlos con tocino, fedegar hojaldre para hacer volovanes rellenos de cosas complicadas, liar croquetas con carne de puchero, en vez de comprar esas porquerías prêt-à-porter que vienen en un potecito de plástico transparente y se comen obligatoriamente frente a OT o Lost. El señor gordito se queda detrás de sus montañas de amor estrafalario por la vida y yo me voy a sus antípodas, a la estación de autobús, con mi vino de Toro y la última esperanza de que el mundo aún no se va a la mierda.

No hay comentarios: