miércoles, septiembre 09, 2009

Dos granos de trigo

Meto la mano en mi bombacha de campo de Aux Charpentiers, la de lino, y me encuentro todavía dos granos de trigo que recogí en Lobería. Pese a los lavados. Pese a los viajes. Pese a las puestas llevadas. Pese a las veces que la doblé para meterla en maletas se dice valijas y las veces que la desdoblé para colgarla en perchas. Ahí están, los dos granitos que quedan de la espiga que recogí en medio del no camino del campo de trigo una tarde de calor de enero del 2008, esperando que fuera la hora de montar la yegüita, esperando que fuera nuestra hora.
Según Ciro Smith le dijo a Pencroff, de cada grano de trigo en una cosecha salen diez espigas, que son 800 granos. Mis dos granitos fructificarían hasta el mil seiscientos si los nitratos y las plagas fueran en el mundo tan generosos como en la literatura. Pero los regué con mis lágrimas y se han quedado atrapados por siempre en el forro del bolsillo de mi bombacha, sin sembrar, sin nutrir, sin mecerse al sol esas veinte espigas futuras, sin hornear esos miles de panes futuros. Los vuelvo a guardar donde los he encontrado, no puedo tirarlos, no quiero tirarlos. Sé que seguramente acabarán fósiles, putrefactos o doloridos, pero son mis granitos y me duele su desenvoltura de metáfora, me duele su físico y su procedencia, me duele hasta el bolsillo de la bombacha de que existan esos dos granos de trigo. Tengo otro granito de esa misma espiga metido en la caja polaca donde guardo mis zarcillos, pero ése al lado de estos dos es pura escatología.

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