lunes, agosto 31, 2009

Es extraño el deseo, se malvive

Es extraño dejar en manos de otro lo que se quiere conseguir. Porque yo, ahora, ¿qué querría? ¿Sexo? ¿Un abrazo? ¿Un cuerpo que le otorgara a mi cuerpo la sensación de estar vivo, y por tanto, la sensación de estar viva yo? ¿Una dulzura? ¿Alguien que me mirara como él a veces me miraba, con un hambre o una sed o una tristeza? Esa mirada inigualable que tantas veces he visto y siempre me sorprende, la mirada del deseo, y no del deseo carnal, del otro deseo, el deseo de que alguien a quien miras te vea. ¿Eso quiero, que alguien desee mis ojos? Y un cariño, y noches, noches a mi modo. Aunque me digo que cualquier metadona me mantendrá mansa pero no engañará a mis centros nerviosos, ah, sí, necesito un letargo, un electroshock, litros de tequila o vodka, miles de manos o sólo dos manos que me lleven y me traigan y dos ojos que me miren como él a veces me miraba, para dormirme, para beatíficamente borrar las huellas del daño y borrar las inclinaciones, el recuerdo suyo al despertar, esa asfixiante sensación de lo irremediablemente perdido, esa saudade asesina de presentes. Porque yo, ahora, ¿qué querría? Que alguien me pasee en coche, bajo las estrellas, sobre las estrellas, que se me devuelva el título de propiedad sobre mis intenciones, un amor chiquito para bebérmelo cual absenta, un amor cual estropajo nanas, cual virulana, que me arranque de mi fondo esa grasitud esclava.

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