jueves, septiembre 10, 2009

La princesse foudroyée


No voy a París desde que fui a ver la retrospectiva de de Staël. Qué viaje. Sola. Cuatro días. Uno de por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo y tres de casi tirarme al Sena. Qué viaje. Lo recuerdo y me dan ganas de escribir una novela. Lo haré. Quizá quería hablar de Nicolas que se tiró por la ventana y de mí cuando frente a Le concert, su último cuadro y el cuadro último de la exposición, decidí. No, tampoco quería hablar de eso. Quería acordarme de París, mi París, y de la música, mi música, de mes parcours, quería acordarme de mí misma. Quería verme hoy, ataviada, subiendo Arenal, tarareando Ain't mishbeavin' y averiguar si soy la misma, si soy yo revisited, si por alguna razón misteriosa o destino sempre me quis só, si desde aquella Loulou que leía Le pont sur la Drina en el tren y escuchaba Coltrane y Mingus y cocinaba cocinaba en una excelente olla de hierro esmaltada en naranja y una fuente de horno vitrificada que es la mejor que he tenido en el universo y coleccionaba fotos de Vissostsky y a Witacky (que también decidió matarse sólo que de manera más polaca), y llevaba botas incluso en julio, hasta ésta que se pone tacones y se pinta los ojos y prefiere a Keith Jarrett (el otro día cuando mi padre me llevó al autobús ponían The black saint and the sinner lady en la radio y casi que lloro de nostalgia mingusiana mientras a mi padre le rechinaban los dientes de la molestia), lee el mismo libro de Hemingway una y otra vez, cuyos cacharros de cocina (otros) andan en cajas, ésta que no cocina nada, ésta que ahora no decide nada frente a ningún cuadro, hay alguna diferencia. Yo era mucho más difícil de manejar entonces, tenía 27 años, me comía las guindas de todas las tartas y dejaba el resto en el plato. Entonces no viajaba, me mandaba mudar como loca sin destino y mi vida era una carrerra desesperada de lucha por encontrar un cachito de algo, historias de algo, brillos de algo. Sigo siendo yo pero revisited, domada por mí misma, ya no ciega, menos asalvajada y más salvaje, subida a los escenarios, con el timón agarrado, demasiado velamen sin embargo, como ternuras en mi vida de Staël y Witkiewicz. Me estoy desviando tela y en vez de un post me estoy tomando un té conmigo misma. El caso es que no puedo dormir y no entiendo por qué. El caso es que me está empezando a dejar de doler respirar. El caso es que quiero mirar París desde la bahía de Cádiz. El caso es que son las cuatro y media de la madrugada y hay alguien despierto en el edificio de enfrente y no entiendo por qué elijo siempre vivir mi vida de la manera más complicada posible. El caso es que son las cuatro y media de la mañana y acabo de ver Miller's Crossing y me gusta cómo he elegido vivir porque al final me ha salido un dibujo chulo. Aunque mucho dolor en el camino, parir este retrato maldito me está costando demasiada sangre, tiene que haber una manera más fácil: quiero el truco, quiero la llave, quiero el pincel, y si no consigo ninguna de estas cosas quiero al menos que cuando tenga cincuenta y uno o cincuenta y cuatro años (además de haber vivido en París), si me sigue doliendo todo de aquella forma que ahora se diluye, pueda enfrentarme al vacío con una obra a cuestas como la de ellos dos.

4 comentarios:

Hippeis dijo...

Madre mía...

Tú cada día duermes menos y yo cada día me duermo más...

Hippeis dijo...

Por supuesto, no por leer tus post que es lo único que últimamente me despierta...
Lástima que haya nacido para guerrera cual "panadera aragonesa" y no para poeta.

G.B. dijo...

Bien elegida la lectura: Hemingway se pegó un tiro.

Loulou dijo...

Es verdad, G.B., el post debería terminar así: al menos que cuando tenga cincuenta y uno o cincuenta y cuatro o sesenta y un años (además de haber vivido en París), si me sigue doliendo todo de aquella forma que ahora se diluye, pueda enfrentarme al vacío con una obra a cuestas como la de ellos tres.