viernes, septiembre 04, 2009

Pizza conmigo

Amasar es casi religioso, no sé, me parece. El olor a harina y levadura, esa cosa como hogareña, las ganas de tener una mesa inmensa de madera sin lustrar en la que desparramarse enmedio de la cocina, las ganas de tener gente alrededor para la que preparar pan para la merienda y el desayuno, ver cómo la masa crece y se hincha tanto como el amorcito que se le pone a las manos que la mezclan y le dan espacio dentro para un aire que las leve. El sustituto madrileño a esta vida de paz en el viñedo es llenarse de harina hasta las cejas y hasta la falda negra y amasar pizzas para los amigotes bajo las dicroicas y sobre una mesa de plástico blanca de diseño inconvenientemente baja. Llevo tu receta dentro del cuaderno, me la sé pero la leo cada vez como para acordarme de todos esos días en que hemos amasado en nuestras casas sucesivas y en otras casas, del último pan de centeno que me hiciste en Bariloche. Amaso en honor a otros amasados, y quizá por eso sea religioso, por la conmemoración y el rito tranquilo, por ese momento azul y solo que siempre llega en un momento determinado cuando estás estirando la masa en que te quedas sola con ella (como cuando esperaba el latido del paciente con el estetoscopio en los oídos, como cuando se apagan las luces del teatro antes de que empiece la obra, como cuando el contrabajo). Y después de los sofritos y los horneados y la mozzarella y los morrones y de extrañar la fugazzeta de Güerrín, soy feliz porque varias personas a las que quiero se lo comen todo, y me puedo ir a casa en paz.

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