sábado, octubre 31, 2009

Let me spit out my bitterness


Veronese me devastó. Al salir de la obra, envuelta en la chaqueta colorada de cuello levantado, iba llorando a cara abierta. Llorando crucé semáforos y llorando me crucé con la gente que pasaba. Llorando crucé la Plaza de España y enfilé hacia el muelle. Llorando traspasé la barrera y caminé por el borde del atracadero. Para escupir mi amargura tuve que llorar así, por la calle, como si tuviera diecisiete años, como si en serio pudiera tomarme tan en serio el sentimiento. La belle de Cadix estaba amarrada y se bajaban los turistas. Me senté sobre un noray. Por uno de los ventanales iluminados del barco vi a tres chicas de uniforme bailando en el salón restaurante vacío. Dejé que me doliera la cal de los huesos un ratito más, luego subí a mi barco e hice la travesía en la cubierta, con el viento de frente, la luna a un costado, y al otro costado un profesor de Historia Antigua que amablemente me alargó un pañuelo de papel.

La omisión

Una vez nos subimos a un colectivo y fuimos a Timbre 4 a ver La omisión de la familia Coleman. Hoy en San Fernando escuché a un chico con barbita y gafas hablar con ternura evidente aunque sin nostalgia de ese gesto de tomar el bondi, llegar a Boedo e Independencia, tocar el timbre y guardar silencio por el pasillo de la casa chorizo tan porteña para no molestar a los vecinos, y convertirse en uno de los cincuenta espectadores. Con esa misma ternura evidente y sin esa misma nostalgia recordé Buenos Aires, todos los teatritos a pulmón, todas las líneas de bondi, todas las noches en que teníamos una casa a la que volver, el círculo de amigos actores que nos iban invitando a sus representaciones, aquella vida sudestada.

El último café

Llegabas siempre que llegabas con sombrero y elegantísima dama catamarqueña. Contabas historias de señora patricia mientras tomabas el té que se servía cuando venías en el juego naranja y negro. Te recuerdo hablando de la Sevilla que conociste cuando eras pequeña (tu padre era sevillano), y la simpatía inmediata, tú conmigo por andaluza, yo contigo por mujer maravillosa. Sacabas del bolso la letra de algún tango y lo cantabas allí, sentada en el sillón inmenso del salón inmenso de Chana. Tu tango preferido era El último café y es el último que te escuché cantar. Después te enfermaste y no querías ver a nadie y yo te llamaba por teléfono hasta que te moriste y fui a tu velatorio (llovía, era otoño, quizá mayo o junio, la funeraria estaba en un sitio complicadísimo, conocí a tu familia y todos sabían quién era yo). De ser tú pasaste a ser la única persona muerta que vi en la vida, pero prefiero siempre acordarme de ti poniéndote el abrigo y colocándote el sombrerito para irte, viva, alegre, María del Carmen.

miércoles, octubre 28, 2009

Un hombre no debería cantar cosas así


Cuando Edith Piaf escuchó a Jacques Brel cantando Ne me quittes pas se levantó de su asiento y se marchó muy ofendida, asegurando que no soportaba escuchar a un hombre humillarse de esa manera. Por suerte la humanidad no tiene los remilgos de mademoiselle Piaf y esa canción de arrastramiento Atrás da porta tiene la virtud de llevarnos a todos al mismo sitio (y el que no haya estado allí, mejor para él), ese lugar en el que nos agarramos de la pantorrilla del que se va y rogamos que nos deje convertirnos al menos en la sombra de su sombra, en la sombra de su perro. Todo lo que no es desgarrador es superfluo, dice Cioran, y si hay algo que es Jacques Brel es desgarrador, ergo, necesario para la vida. Otro día hablaremos de nuestro Brel local, Serrat en los setenta, ahora instauro como canción de la semana mi canción predilecta del belga trágico, Mathilde.

Libros que quiero leer este mes

Experiencia, de Martin Amis.
Calor, de Bill Bufrell.
Viva voz de vida, de Marina Tsvietáieva.
Una novelita lumpen y El gaucho insufrible, de Bolaño.
Prometo ser bueno: cartas completas, de Rimbaud.
La hora de la estrella, de Clarice Lispector.
Las benévolas, de Jonathan Littell.
Ciencias morales, de Martín Kohan.
Borges, de Bioy Casares.
Ada o el ardor, de Nabokov.
El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán.
Paisaje pintado con té, de Milorad Pavić.
Suite française, de Irène Némirovsky (tercer y último intento).

martes, octubre 27, 2009

Mientras espero al procurador


En una de las capas de la ciudad las cosas siguen siendo como fueron: en la puerta de la Policía Nacional un señor gordo con camiseta de tirantes bajo la camisa apunta tu nombre y tu DNI en un libro de registro, con letra pulcra de cuadernillo de caligrafía; quizá en algún momento le insinuaron tablas Excel y se echó a llorar. A cualquier lado los curriculum los tienes que llevar impresos y dárselos en mano a porteras, secretarias, guardas varios, si insinúas mandarlo por mail te miran como a marciana desalmada. Si preguntas en las papelerías o en las peluquerías te darán el teléfono de alguien que alquila un piso en la misma calle, o llamarán ellos mismos a Pepi o a Paqui o a Milagros para preguntarles si te puedes pasar a mirar. Corre la brisa por las ventanas abiertas de las oficinas, y los que no te pueden ayudar llamarán a otra subdivisión absurda de otro departamento para averiguarte una rocambolesca posibilidad, inútil, pero regalada con amor por esos empleados públicos que pasan sus mañanas recibiendo el sol del ventanal y esperando que aparezca alguien como tú para entretenerse un rato. El procurador llega y te da dos besos y te saca el convenio sobre el mostrador de la portería. Y el mar, lleno de mar, hoy mar, hoy esperándote, hoy para no ahogarse.

domingo, octubre 25, 2009

El último tango de Ute


Ute, hace seis años que te vi en Barcelona, y en este tiempo te has vuelto loquísima, y lo que es peor, ahora vas con un bandoneonista cantando a Piazzolla, ignorando a Discépolo y a Pugliese; además de loca, tanguera selectiva. Y aunque haces las y griegas porteñas, pronuncias fatal después busqué perderte en tantos otros y aquellos otros y todos eras vos. Te colocas la boa de plumas colorada y se te cambia la rabia sentimental, te vuelves criatura en tu disfraz, qué grande Ute, aunque ahora ya me conozco los trucos de cantante se te nota que lo pasas bien, se nota que te recuestas en Jacques Brel tanto como yo. Te veo de nuevo desde arriba, en un teatro menos estirado y con menos señoras de la alta burguesía catalana. Me acuerdo de aquel concierto, recién llegada yo a Barcelona, y es inevitable establecer el paralelismo, porque ese mismo cruzar sola la ciudad y preguntarme que hacía yo allí, sin perspectiva, al borde del abismo, intentando construirme una Barcelona propia, lo llevo ahora puesto, aunque ahora llevo otras cosas puestas: llevo mi voz que entonces estaba enterrada, llevo el sentimiento pájaro perdido, llevo a esa Barcelona que al final sí me creció alrededor, como prueba irrefutable de que puedo, llevo el tango como un clavo en el alma, me tengo más transitada, te alcanzo más cerca, Ute.

sábado, octubre 24, 2009

Los pájaros perdidos

Amo a los pájaros perdidos que vuelan desde el más allá
a confundirse con un cielo que nunca más podré recuperar.
Vuelven de nuevo los recuerdos, las horas jóvenes que dí
y desde el mar llega un fantasma hecho de cosas que amé y perdí.
Todo fue un sueño, un sueño que perdimos
como perdimos los pájaros y el mar,
un sueño breve y antiguo como el tiempo
que los espejos no pueden reflejar.
Después busqué perderte en tantos otros
y aquellos otros y todas eran vos.
Al fin logré reconocer cuando un adiós es un adiós
la soledad me devoró y fuimos dos.
Vuelven los pájaros nocturnos que vuelan ciegos sobre el mar
la noche entera es un espejo que me devuelve tu soledad.
Soy sólo un pájaro perdido que vuelve desde el más allá
a confundirse con un cielo que nunca más podré recuperar.

martes, octubre 20, 2009

La Negra Sosa

Te moriste, guacha. Te juiste, yegua. Nos dejas sin tu voz, esa voz tuya que no se puede comprender de cálida y de hondura de pozo de verano. Y sabes, Negra, tú serás siempre esa voz antes de que te viera, te quedarás siempre repartida en el aire a cantar, como en la zamba de Figueroa Reyes que me gusta tanto, serás siempre ese concentrado de vivir venas abiertas en Buenos Aires que fue ir a verte al Rosedal en el verano del 2006. Cómo lloré, Mercedes, no sabes, en ese recital, sólo de oírte y de estar allí, de ese peso acumulado de haberte escuchado tantos años desde lejos. Negrita, son tantas cosas, es Alfonsina cuando era pequeña y luego Mar del Plata en invierno, es aquel disco tuyo que escuché tanto en Estrasburgo y diez años más tarde bajar por Corrientes para ir a verte al Gran Rex; o eres sólo tú, es sólo tu voz y tus canciones del otro lado del mar, esa lucha descalza y poncho y los Andes, esas guitarras y esas cajas y esos bombos bajo tus carbones encendidos, tu inmensa garganta acogedora. Eres tú, Negra Sosa, la que se ha ido y no mi vida transcurrida contigo de través. Cómo se llora, Mercedes, si se calla la cantora.

lunes, octubre 19, 2009

Y que ya no doliera y que ya no doliera


Ahora que leo tanto a Idea Vilariño, me reconforto con la idea de que si no hubiera locas arrebatadas y sentidas como yo, no habría poesía arrebatada y sentida como la de ella. Hace quizá un año y medio organicé un funeral con mi prima Elena, para enterrar con el debido rito. Saqué el Absolut del congelador y llené un cuenco de bordes azules con pepinillos en vinagre. Fuimos escuchando los réquiem de Brahms, Fauré y Vitoria a ritmo de vodka vertido en aquellos preciosos vasitos que después de tanta mudanza deben de estar hechos añicos en alguna caja. No sé si ya he contado esto porque en aquella época yo andaba tan desquiciada, tan drogada y tan desalentada que era una pena verme. Lo cuento ahora porque quizá sea necesario otro rito funerario, como dice otra loca (de mucha menos categoría que Idea pero loca al fin) hay días que están hechos para morirse o para llorar, y yo digo que si hay muerte y llanto debe haber funeral. Y lo haré, en la playa de la Concha, en noviembre, con el frío de las dos de la mañana me acordaré de otra noche de noviembre de hace cinco años, cuando mano a mano tú y yo establecimos la cosmogonía de algo que en vez de florecer celeste y lila al final se ha quebrado y putrefaccionado peor que el arroz en el tarrito del insulto. El amor se ha muerto, me dijiste esta mañana. Enterrémoslo. Debe de haber una manera menos venenosa de querernos.

martes, octubre 13, 2009

Aixa, Fátima y Marién


Recojo aceitunas al ordeño. Sol tremendo, tierra reseca, tarea mística por un rato. Estoy tan exhausta espiritualmente (en la derrota y en el gozo son los únicos estados en los que me noto la existencia del espíritu) que no tengo ganas de metáforas. Recogemos también membrillos y granadas, nos comemos unas naranjas directamente del árbol. Mientras el mundo se entierra en plástico a veces vengo a este lugar y es época de higos y caracoles, o de nísperos, o de uvas, o de almendras, y me acuerdo de cuando era pequeña y entrábamos los niños en el campo de algodón del vecino a llevarnos las bolitas blancas como un tesoro, hasta que alguno de nuestros padres se daba cuenta y venían a gritarnos desde lejos, siempre bajo un sol insoportable, siempre con sombreros y chicharras, siempre vigilados al milímetro y llenos de barro al caer la tarde. Ahora este campo es otras cosas, es una tristeza inmensa pero chiquita que viene y se va sin posarse al abrir la cancela, son algunos de mis muebles arrumbados en la casa cerrada, son dolores de familia viejos coleccionados en una caja de lata de dulce de membrillo de Puente Genil, junto con las figuritas del Belén y las fotos que dejó mi abuelo, soy yo con el espíritu tan incapaz de vivir que me pide una tregua de sueño de cien años, soy yo con el espíritu tan sabio de absurdo que quiere devorárselo todo de un solo bocado.

domingo, octubre 11, 2009

Pena es mi paz y pena mi batalla

A veces me asalta la pérdida como un guepardo. Es inútil hacerle frente, tiene los dientes más afilados que yo, y siempre me atrapa por sorpresa, es mejor dejarse desangrar bajo su peso a pesar de lo bien que conozco el horror de ese desangre.
A veces yo asalto a la pérdida, cazadora, con flechitas de atrezzo y melena Boticcelli. Solía revolcarme con ella en el pastito, acariciarle el lomo, le decía morite, y ella se moría de broma y yo me aferraba a su cadáver pretendido, esperando que viniera su subsiguiente resurrección. Ahora la asesino cada día un poco más en serio, y es entonces cuando sus ataques son más cruentos, se enzarza en mis calcañares porque sabe que me voy, se aprovecha fieramente de que mi marcha me pone a mí más triste que a ella. Odio esta despedida, pero o se va ella, o me muero yo.

sábado, octubre 10, 2009

Despertares


Calígula se sube a la almohada y apoya su cabezota en la mía, me enreda el pelo. Me agarra con sus manitos y se restriega, tan contento de verme que decide intentar masticar mi cráneo. Yo que vengo del sueño me sonrío primero de su compañía pero luego empiezo a preocuparme por mi parietal y mi occipital. Sostengo su amor carnívoro hasta donde me es posible, luego levanto a ese bicharraco de seis kilos de la almohada, añoro su cachorrería, la manta de forro polar de Yrigoyen, lo pongo a mi lado y le recrimino dulce sus colmillos. No me escucha mucho rato, sale brincando de la cama en busca de la bolsa de plástico anudada que le hace de ratón para que se la tire y él salga escopetado a buscarla.

Odio el plástico


El plástico no es cálido, el plástico no es frío.

El plástico dura para siempre, inalterable, y si se altera es para rayarse de manera poco estética.
El plástico no tiene esa cualidad porosa del barro, el papel, la madera, ese tacto comunicante con las cosas que contiene.
El plástico no tiene esa cualidad sostenedora del cristal, el metal, la porcelana, esa distancia incomunicante con las cosas que contiene.
El plástico no pesa.
El plástico no es tragedia cuando se rompe.
El plástico no se puede acariciar ni ser evocador como el marfil, la piedra, el cuero, la plata.
Las cosas de plástico las dejas atrás sin remordimiento cuando te mudas.

viernes, octubre 09, 2009

Well, honey, I...


Estoy encerrada en casa de mis padres desde hace días, con la maleta cerrada, poniéndome la misma falda malva y la misma camiseta negra, las mismas sandalias coloradas cada vez que tengo que salir. Aprovecho para desenlacarme las uñitas de los pies, dejarme la henna doce horas en la cabeza, negar Facebook, leerme otra vez El fantasma de Harlot, hacer una retrospectiva Sean Penn, charlotear con el gato. Me dejé en Madrid la Moleskine y el cable usb de la cámara, dos de mis apéndices sociales. Me tumbo como Jenn, con el pelo estupendísimo y anhelando tener una excusa para abrir la maleta, sacar un vestido y plancharlo y metérmelo por encima de la cabeza. En estos días de no hacer nada y no tener absolutamente nada que hacer no disfruto un ápice, me dedico a extrañar posibilidades. Me dejo saber que se me acaba el plazo de emprender, que me espera el nuevo territorio. Recorro cual fantasma la cocina, me siento en el suelo de la terraza con el mate chiquito de cuero de Montevideo (también me dejé mis dos calabazas del Bolsón en Madrid). Por la tarde me alargo un rato a la playa para quedarme al vaivén, paso a comprar regaliz por la barriada de al lado, me antojo cada día del vestidito verde petróleo divino de un escaparate.

jueves, octubre 08, 2009

Tres puntos para Astiz

Leer esto en su día me cambió la vida, aunque a mí la vida me cambia todos los días. Es la entrevista que Gabriela Cerruti le hizo a Astiz para la revista Tres puntos, en el 98. No está muy bien escrita pero es un pasaporte gratis a otra realidad. Me he acordado al leer la nota de Grondona en el blog de Papic. La cuelgo porque es mejor que un libro.

La puerta vaivén de Córdoba 622 es un pasaporte al pasado.

-Busco a Alfredo Astiz-, le digo al recepcionista.
-Once punto uno-, indica un señor corpulento, de espaldas al mostrador de madera.
El recepcionista habla por teléfono, cuelga y me mira.
-El señor dice que lo espere un minuto.
El Hotel Naval debe ser uno de los pocos lugares de Buenos Aires donde todavía le dicen señor a Alfredo Astiz. Es uno de esos hoteles porteños para clase media con alguna pretensión: un poco de cuero, lámparas amarillas prendidas todo el día -porque no hay ventanas que dejen pasar la luz de la calle-, alfombras que merecen estar sucias y muchos espejos. En una vitrina, souvenires de la Armada Argentina: platos con la imagen de la Fragata Libertad por cinco pesos y ejemplares de "Nunca más, definitivamente", un folletín en el que un grupo de marinos sigue empeñado en discutir con nadie si hubo o no desaparecidos.
Alfredo Astiz emerge del ascensor, baja la escalera y me indica con un gesto la mesa de uno de los rincones, un espejo a cada lado que reflejan todo el bar. Se sienta mirando la entrada. Pide dos cafés cortados y agua mineral. Gustavo Niño, el infiltrado en las Madres de Plaza de Mayo, el asesino de Dagmar Hagelin y las monjas francesas, uno de los mayores símbolos del horror que vivió la Argentina bajo la dictadura, no es un "ángel rubio" como repiten sin sentido las crónicas de las revistas de actualidad que lo muestran bailando en las discotecas o veraneando en Playa Grande. Es un hombre mayor, petiso, todavía rubio y de ojos celestes -eso sí es cierto-, al que le faltan algunos dientes y le sobran algunos kilos. Tiene cuarenta y tres años. Aparenta muchos más.
Ya pasaron veinte desde que comandaba los secuestros de la ESMA. Tal vez no se haya dado cuenta. Sonríe inevitablemente, todo el tiempo, y va a sonreír durante las dos horas que durará el encuentro, entre las nueve y las once de la mañana del martes. Da lo mismo si está relatando un asesinato o contando lo que él considera un chiste. Como si quisiera seducir, y es patético. Como si quisiera dar miedo, y es patético.
-¿Vos sos de izquierda?-, pregunta.
-Si la pregunta es si creo que ustedes secuestraron, torturaron y asesinaron gente, entre ellos bebés, que hay desaparecidos, que hubo campos de concentración, sí, creo todas esas cosas.
-Está bien, pero yo también creo todo eso-Astiz se ríe. -En el 82 le dije a un amigo que me preguntó si había desaparecidos: seguro, hay seis mil quinientos. No más de diez mil, seguro. Así como digo que están locos los que dicen que eran treinta mil, también deliran los que dicen que están viviendo en México. Los limpiaron a todos, no había otro remedio.
-¿Qué quiere decir "los limpiaron"?
-Los mataron. ¿Qué iban a hacer? Ya estaba la experiencia del 73, que los habían metido presos, y después los amnistiaron, y salieron. No se podía correr el mismo riesgo. No había otro camino.
-Salvo el camino de la justicia.
-Imposible. Te voy a decir por qué. Hubo dos razones. La primera, que era imposible probarles nada. No había una prueba contra ninguno. Todavía no se les pudo probar nada. Si el único juicio que avanzó un poco y después de que el juez trabajó como loco fue el juicio contra (Mario Eduardo) Firmenich. Ésa es la diferencia entre el terrorista, el guerrillero y el subversivo. El subversivo no deja huellas, ni pruebas, no se le puede probar nada. Pero había una segunda razón, y es que las Juntas fueron cobardes. La verdad es que fueron cobardes, no se bancaron salir a decir que había que fusilarlos a todos. Pero tenían razón. En aquella época (Francisco) Franco había puesto en España la pena de muerte para los etarras que mataban civiles. Y estaba el proceso contra dos de ellos, que duró años, hubo movilizaciones en la calle, de todo, hubiera sido una locura tenerlos más tiempo encerrados.
-¿Cómo los mataban?
-No sé, yo hasta ahí no llegaba. A algunos los matábamos en los tiroteos, pero a otros no sé qué les pasaba, yo los entregaba vivos.
-¿A cuántos mató usted?
-Nunca le hagas esa pregunta a un militar.
-¿Por qué?
-Porque preferimos no saberlo.
-¿Usted participó en alguno de los vuelos en los que tiraban gente al río?
-No, yo no estuve nunca en los vuelos.
-Pero sabe cómo eran.
-Yo hablo por las cosas que hice. A mí me decían: andá a buscar a tal, yo iba y lo traía. Vivo o muerto, lo dejaba en la ESMA y me iba al siguiente operativo.
-Y no sabía qué pasaba adentro de la ESMA.
-Se dijo de todo de la ESMA. Ahora, esta historia de la demolición y el monumento. No voy a hablar ahora, necesito pensarlo. En dos meses hablamos. ¿Qué querés que te diga? ¿Que era lo de las Carmelitas Descalzas, precedido por la Madre Teresa? No, no era. Era el lugar para encarcelar al enemigo, pero lo que ellos no quieren contar, y por eso no habla la mayoría de los sobrevivientes de la ESMA, es que la mayoría de ellos colaboraba, y hasta nos teníamos afecto. Porque uno le va tomando afecto a la gente con la que tiene que convivir muchos días. Yo a algunos Montoneros los respeto, les llegué a tomar afecto.
-Usted los secuestraba y torturaba.
-Yo nunca torturé. No me correspondía. ¿Si hubiera torturado si me hubieran mandado? Si, claro que sí. Yo digo que a mí la Armada me enseñó a destruir. No me enseñaron a construir, me enseñaron a destruir. Sé poner minas y bombas, sé infiltrarme, sé desarmar una organización, sé matar. Todo eso lo sé hacer bien. Yo digo siempre: soy bruto, pero tuve un solo acto de lucidez en mi vida, que fue meterme en la Armada. Yo a los Montoneros los respeto, eran el enemigo. Al único que no respeto es a Firmenich, el único odio en serio que tengo en la vida es Firmenich. Se me escapó por cinco minutos. Fue una de las veces que volví llorando de un operativo: lo teníamos ahí, y si lo agarrábamos lo hacíamos mierda. Y cuando llegamos a la casa se había ido hacía cinco minutos. Después dicen que estaba arreglado con nosotros. Te juro que yo tenía la orden de reventarlo si lo agarraba.
-¿Quién le daba las órdenes y las misiones?
-Mi jefe, mi superior. Me decían te toca éste, va a estar en tal lado, y nos daban una carpeta que no terminaba nunca. Yo me reía, les decía: ¡Eh!, si tengo que leer todo esto no arranco más. No se podía creer la información que tenían sobre todo. Todos los detalles desde cinco años antes.
-¿Por qué lo elegían a usted para esas tareas?
-A todos nos tocaba. Iba el que le tocaba. Yo estaba a cargo de un grupo, pero otros de otros. Me acuerdo de operativos jodidos, que no me tocaron a mí, como el de (Rodolfo) Walsh, o el de (Eduardo) Sajón.
-¿Usted secuestró bebés?
-No, nunca, y me opuse mucho. Ésa fue una de mis grandes discusiones. Yo devolví bebes. Ésa era una regla básica que teníamos con los Montoneros y había que cumplirla. Ellos no se metían con los nenes ni con las familias. Si cuando pasó lo de Tucumán, que a un coronel le mataron los hijos, yo dije: fue un error de los Montoneros, no lo usen como si fuera que son sanguinarios. Se equivocaron, porque ellos no se las agarraban con las familias. Una vez me pasó una cosa terrible. Tuvimos un tiroteo muy jodido, cuando termina entramos y el tipo estaba muerto y había dos chicos sobre la cama. Yo averigüé, y se los devolvimos a los abuelos. A los tres días me mandaron a otro operativo, era una piba sola. Fue durísimo, y en el medio sentí una explosión, que me acuerdo todavía, porque cuando explota algo en medio de un tiroteo no alcanzás a darte cuenta qué es. La piba se había reventado con una granada de mano. Entramos y había una bañadera tapada con dos colchones y abajo de los colchones dos chicos. Y eran los mismos chicos. En una semana habían perdido al padre y a la madre.
-¿Qué pasó con los chicos?
-Se los llevé a los abuelos.
-¿Cómo se llamaban?
-No me acuerdo. Me acuerdo de muy pocos nombres.
-¿Se acuerda de todos los operativos que hizo?
-No, fueron muchísimos. Era el trabajo de todos los días. Llegaba a la mañana, me daban la orden y salía. Por eso es terrible toda esta hipocresía de por qué no discutíamos o nos negábamos. Yo no discutía, primero porque soy milico de alma, y lo primero que me enseñaron es que hay que obedecer a los superiores. Pero, además, porque estaba de acuerdo. Eran el enemigo. Tenía mucho odio adentro. Habían matado a dos mil de los nuestros. ¿Sabés por qué mata un milico? Por un montón de cosas: por amor a la patria, por machismo, por orgullo, por obediencia. Si todo eso no está muy alto, uno no sale todos los días a hacer su trabajo. No es hacer un balance en una empresa. Es arriesgar lo único que uno tiene, que es el cuerpo. Es el lugar donde se guarda la mente. ¿Sabés el cagazo que pasás? Todos los días, a cada rato. Yo sé que alguien me puede matar. Me temblaban las patas en cada tiroteo, te duele todo el cuerpo, yo paso mucho miedo, pasé mucho miedo. Yo me moría del cagazo. Y al día siguiente tenés que salir de nuevo. ¿Vos te creés que se puede hacer todo eso si uno discute las órdenes todos los días? Y así como uno aprende a no discutir órdenes cuando está abajo, aprende a cuidar a su gente cuando está arriba. Es lo primero que te enseñan. Sos responsable de tu gente. Lo peor que te puede pasar en la vida es que se mate alguien de los tuyos. Y ni te digo si es cumpliendo una orden tuya. Por eso todo esto que me pasa a mí ahora no es nada comparado con lo que pasé. Yo estuve en cuatro guerras. Y en más de treinta combates. Estuve en la guerra contra la subversión, estuve infiltrado en la línea enemiga con los chilenos, cuando decían que no había guerra, estuve en las Malvinas y estuve de observador en Argelia. Ésta es mi quinta guerra. Quedarme callado, haber aguantado todo este tiempo sin decir nada, es mi última guerra. Porque si yo quisiera... ¿sabés qué? Yo soy el hombre mejor preparado técnicamente en este país para matar a un político o a un periodista. Pero no quiero. Apuesto a este sistema. Aunque a mí no me conviene, a mí me conviene el caos, yo me sé mover mejor en el caos. Pero creo en la democracia. Y creo que durante un gobierno democrático las fuerzas armadas deben ser democráticas. Pero nos están acorralando. Todos los días vienen a verme camaradas a decirme: justamente vos, no puede ser, tenés que liderar un levantamiento. Y yo les digo que no, pero ya no se les puede explicar más. ¿Cómo le explico a la gente joven? Por eso creo que (el general Martín) Balza es un cretino. ¿Cómo va a decir que hay órdenes que no hay que obedecer? No existirían las fuerzas armadas si eso fuera cierto. Por algo cuando uno usa a sus subordinados para delinquir es peor, se agrava mucho la pena. Porque los subordinados no pueden desobedecer nunca.
-¿Se acuerda de todos los operativos que hizo?
-No, te dije que no. Era rutina, el trabajo de todos los días.
-¿No había un registro, un archivo?
-No, no había nada. Ojo, no era un caos, como quieren decir por ahí. Cuando te daban la orden te la daban con una carpeta con toda la información, pero yo no creo que haya un archivo, es más, te lo juraría. ¿Sabés cuánta gente pasó por la ESMA?
-¿Usted sabe? ¿Cuánta?
-No sé, pero mucha. Y hay muchos sobrevivientes, muchos más de los que aparecen. Lo que pasa es que no quieren hablar, porque si no contarían lo bien que los tratábamos.
-Los que salieron contaron las torturas, los vejámenes...
-Era la guerra. ¿Y ellos? ¿No estaban locos con lo de la pastilla de cianuro? Eso lo inventó Firmenich. Por eso también lo odio. Como jefe militar debería haberse suicidado dignamente después de toda la gente que murió por órdenes suyas. Pero yo me llevo bien con los Montoneros. Algunos son amigos míos. El otro día me encontré con (Rodolfo) Galimberti en un bar, vino y se sentó en mi mesa. Después llegó un amigo mío, así que no pudimos charlar mucho. En realidad, yo creo que fue bueno que no lo agarráramos a Firmenich. Porque él hundió a los Montoneros. Yo maté en un tiroteo en Haedo al que había sido el número tres de los Montoneros, un tipo menos conocido pero mucho más querido. Lino, le decían. Se llamaba Juan Roqué. Si hubiera estado él al frente, otra hubiera sido otra cosa. Pero lo maté yo. Fue un tiroteo durísimo, casi me dan en una pierna. Quedé temblando por días. Voló toda la casa, una explosión tremenda.
-¿Cómo fue la muerte de Dagmar Hagelin?
-Yo no estuve en ese operativo.
-¿Quién fue?
-No voy a decirlo. Yo hablo por mí. No soy como (Alfredo) Scilingo. Por eso me respetan tanto en la Armada. Nunca voy a hablar en contra de un camarada. Es una canallada. Todos hicimos todo, sabíamos hacer lo que hacíamos. Scilingo tiene muy mala fama.
-Scilingo dice que se arrepintió. ¿Usted se arrepiente de algo?
-No, yo no me arrepiento de nada. No soy prefecto, puedo haberme equivocado en algo menor, pero en lo grande no me arrepiento de nada. Scilingo es un traidor. Y hay una cosa que aprendí de mi madre y que es el único consejo que te puedo dar: cuidate de los traidores. El que traicionó una vez traiciona siempre.
-¿Lo dice usted, que traicionó a las Madres de Plaza de Mayo y las entregó para que desaparecieran?
-Yo no las traicioné, porque no era una de ellas y me convertí. Yo lo que hice fue infiltrarme, y eso es lo que no me perdonan. Porque me infiltré dos veces. Cuando me acusan de otras cosas me enojo, pero de eso me río.
-Usted las entregó para que desaparecieran.
-Cumplí con mi trabajo. Además, toda esa historia del beso el día de la entrega es un verso. Yo no estaba ese día.
-¿No le da asco pensar que se infiltró en un grupo de madres que pedía por sus hijos desaparecidos?
-Eran Montoneras. Recibían órdenes de los Montoneros. Yo respeto a los que piden por sus hijos desaparecidos, pero las madres los usan para comerciar, por dinero o por política. ¿Vos respetás a Hebe de Bonafini?
-Por supuesto.
-Pero es subversiva, no quiere el orden democrático.
-Son madres que lucharon solas contra una dictadura.
-Yo respeto a (Graciela) Fernández Meijide, porque le secuestramos un hijo. Pero ¿y Alfredo Bravo? A Bravo no le secuestraron ningún hijo.
-Lo secuestraron a él.
-Alguna vez voy a escribir yo la historia. No la escribo porque es una tara que tengo: me duele la mano de agarrar la lapicera. Igual, yo no creo que haya que decir la verdad. No es cierto que la verdad no ofenda. La verdad ofende. Si acá hacemos un contrato social nuevo, tiene que ser así: de estas cosas no hablamos más. No hace falta saber. Los que quieren saber son morbosos. Sí, pasaron cosas horribles. Ellos y nosotros lo sabemos bien. Los Montoneros saben lo que pasó, y nosotros también. Fue una cuestión entre nosotros y no queremos hablar más.
-¿Por qué solamente habla de los Montoneros?
-Porque nos dividimos el trabajo con el Ejército. Ellos contra el ERP y nosotros contra los Montos. Era natural. La Marina es gorila, antiperonista y anticatólica. Y los Montoneros eran peronistas y católicos. En cambio, el ERP era de radicales de izquierda y ateos, todo lo que odia el Ejército. Pero yo no quiero hablar. Por eso no doy reportajes, ni acepto fotos. Porque ya está, no hay que hablar más. Tengo un amigo que tiene un poemita sobre el escritorio que dice: "Antes de decir la verdad ensillá el caballo. Puede que lo necesites". Igual, te digo, que no nos sigan acorralando, porque no sé cómo vamos a responder. Están jugando con fuego. Es como si Cassius Clay entra a tu casa y te pega un día, dos, tres, al final te cansás y aunque seas más chico le partís una silla en la cabeza. Igual, no somos más chicos. Las fuerzas armadas tienen quinientos mil hombres técnicamente preparados para matar. Yo soy el mejor de todos. Siempre me vienen a ver. Yo les doy siempre el mismo mensaje: tranquilícense, hay que esperar, pasó en todos los países. Pero no sé hasta cuando. Además, este presidente es el peor de todos. Mucho "hermanito, hermanito" y después te mata. Hermanito, hermanito, y me pasó a retiro, que (Raúl) Alfonsín no había podido hacerlo. Pero no hay que creerle tanto a los periodistas. Para los periodistas ahora resulta que no existió la subversión. Tienen que cuidarse, van a terminar mal. Es como ahora, con el tema de (José Luis) Cabezas. Está bien, lo mataron. Pero no exageren, no es para tanto. ¿Por qué tanto escándalo con Cabezas? ¿Por qué se la pasan diciendo que fue el primer periodista que mataron en democracia? Si fue el segundo.
-¿Cuál fue el primero?
-Ese que tiraron en el Riachuelo encadenado al auto. Bonino, algo así.
-¿Y usted cómo sabe?
-¿Cómo no voy a saber? Yo leo todo. Me informo.
-¿Cómo vive, cuando es repudiado cada vez que sale a la calle, no puede salir del país, tiene que estar oculto y es el símbolo de los peor?
-No es así. Y si es así el sacrificio que tengo que hacer por la Armada. Pero yo hago mi vida normal. Leo libros de física, de historia, de política. Siempre leo tres libros al mismo tiempo. Tengo amigos, anoche estuve en un cumpleaños. La gente de la Armada me cuida y me protege.
-¿De qué trabaja?
-De nada. No hago nada. Por ahí, cuando pasa algo, me engancho. El otro día a un amigo se le rompió la computadora y fui a arreglársela. Y la otra vez se le incendió el campo a un amigo y fui a apagar el incendio.

Calígula, detector de la bondad humana


Es curioso que con ese nombrecito que te pusimos seas sin embargo capaz de al distinguir de un golpe quién te gusta y quién no, que siempre los elegidos sean moralmente intachables o al menos que siempre tengas las mismas inclinaciones que yo. Hoy te he llevado a otra veterinaria y tan pancho te has paseado y tan feliz te has dejado pinchotear. Seamos francos, Calígula, a mí tampoco me gustaba la otra señora. Seamos francos, Calígula, me alegré cuando lo mordiste malamente a Fabrizio y me alegré cuando te enamoraste de Bea y de Pato. Tendría que hacer una tabla Excel con tus reacciones cuando conoces a la gente que va pasando por nuestras vidas, una tabla con dos columnas, la columna uno para ti y la columna dos para la verdad. Si quedan parejas te pongo a rellenar quinielas.

Supervivencia en el hogar


Siempre hay una primera vez para todo: así que para esta Berserker también. Lo primero, coge el Martillo del Alba que hay justo al comenzar el nivel así como un identificador CGO junto al cuerpo del soldado caído.
Tu objetivo será sacar el temido monstruo de la tumba para así poderle endiñar el láser y freírle. Básicamente hay un único camino posible y la Berserker no tardará en hacer su estrepitosa aparición.
Tendrás que hacerla romper varias puertas, esperando a que vaya a por ti y rodando para esquivarla en el último momento. La primera resultará sencilla al ser una zona grande y extensa para poder esquivar sin problemas.
La segunda costará un poco más, la zona de maniobra se estrecha y la Berserker tiene más posibilidades de destrozarte. Después, en la última puerta tendrás que dirigirla muy bien para así hacerla salir. Justo antes de la tercera puerta, a la izquierda, tendrás un segundo identificador CGO, bastante difícil de localizar, por cierto –simplemente, mirando de frente a la última puerta dirige tu mirada a la izquierda-.
Una vez fuera la cosa está más fácil, haz que se choque en cualquier sitio y lánzale un primer rayo con el Martillo del Alba. Mientras está retorciéndose de dolor busca un último identificador CGO al fondo de la zona izquierda del patio, cerca de una farola. Después de atestarle un segundo rayo comenzará el segundo acto.

miércoles, octubre 07, 2009

La intérprete


A Pollack le encantan las historias de amor truncas, y a mí hablar de lo que salvo de las peliculitas que no son cine sino peliculitas: el técnico de sonido amigote, Sean Penn, Sean Penn atormentado por la pérdida enamorándose ipso facto de esa mujer sola e imantada por los astros, el detectable crecimiento de la planta seducción desde la escena en que se conocen, la verdadera historia de su amor cuando se vuelvan a encontrar, la canción de Chico Buarque que describiría el momento en que ella apuntando con la pistola al dictador le pide explicaciones de amante por su deserción, por su cambio, por su abandono, por su canallería, ese libro que la ha formado a ella como ella.

¡Usted no será la causa de mi muerte!


La marea está alta, las olas rompen contra el espigón. Sigue el eucalipto de tronco gordísimo donde siempre, me siento en la sombra justo donde el viento de un lado y el viento del otro crean la corriente benéfica. Pido un manchaíto y el camarero me entiende perfectamente. Hay cuatro mesas ocupadas por alemanes en bañador, es octubre y ando con sandalias, el sol refulge en el agua con esa luz sólo gaditana. Y de nuevo tengo que construirme una ciudad, de nuevo no sé por dónde empezar (esto no es un regreso, estoy sin coordenadas). Echo de menos las posibilidades de la Loulou errante porque sólo llevo dos días aquí, anclándome en el muelle, y la mar deja de ser el descanso que era de lejos para ser la llamada que es de cerca. Quizá por eso vine, para entrenarme la resistencia amarrada al mástil, para estar lejos de esa vida en la que soy el centro visible, para creerme mi propio centro invisible, este centro en el que lucifico mi sombra y la aniquilo, en el que dejo de ser el ser doliente entre sus manos, un centro en el que me puedo dulcificar y extenderme sobre el cálido suelo de roble de mi fuerza, sobre el fresco enlosado de mi intención de no sufrir, de verme bailar, de ser tan intensamente yo como soy, sin eje x y sin eje y y sin eje z.

La línea de sombra


Un navío que llega del mar y cierra sus blancas alas para tomar reposo, es siempre un espectáculo emocionante.

Mujer, ya estamos saturados ambos de pruebas innumerables


Son casi las dos de la tarde y detrás de las puertas de las casas se oyen las válvulas de las ollas a presión. Asomadas a esas mismas puertas las mujeres hablan con otras mujeres mientras se secan las manos en el delantal. Huele a puchero, huele a potaje, huele a bodega por las calles del centro. Hay ropa tendida en las ventanas llenas de macetas con geranios, la gente se conoce por el mote, no existen los nombres de las calles sino el lugar donde antiguamente estaba alguna cosa, las eses bailotean cuando las pronuncian, el día se estira mal como una masa para pasta quebrada. Te sabes las casas de tus amigos por dentro, sabes dónde guardan los vasos y dónde las servilletas, los nombres de sus hermanos pequeños y de sus madres, su caligrafía si la ves la identificas como suya, te acuerdas de los negocios que cerraron al pasar por las puertas de madera clausuradas, llegas caminando a todos lados, ves las cosas como extranjera y anhelas identificarte con algo: tal vez empezando con la yerbabuena en el caldo o el vinagre a granel de Obregón, los cortadillos de cidra con el café, las hojas de eucalipto arrancadas del paseo metidas en el bolso, la arena de la playa redentora en los pies, llegues a ese sitio que a los demás parece pertenecerle cómodamente, sin ese esfuerzo sobrehumano que a ti te cuesta creerte cualquier cosa.

lunes, octubre 05, 2009

Conrad y Gómez de la Serna


Entro en la librería catastrófica de Cádiz, esa de los libros amontonados, creo que se llama Raimundo. Encuentro El circo y La línea de sombra, arrumbados, esperándome, masculinos, llenos de letras, con tapa dura proclive al bolso. En mi corazón verdadero, ése que se refugia en los libros, ése que sólo conoce como paz la literatura, de la Serna es un amigo subido a un tejado, un amigo sucio y triste, payasito y poco bandido que recita melancolía y papel de la pared. Conrad es el señor que se sabe las historias y cómo contarlas, el que vivió, el que estuvo vivo y luego prefirió sentarse a escribir, atravesado por una tristeza distintísima, la tristeza del que sabe. De la Serna es café con leche en vaso Duralex, Conrad es Glenlivet en cristal de Bohemia, no se puede elegir.

Une femme est une femme


Al lado nuestra en la cafetería se sienta una loca visiblemente loca, visiblemente gorda, visiblemente enamorada de Patricia. Y mientras nosotras dos nos tomamos el Prince of Wales y calibramos si debo decidir sí o si debo decidir no, la loca después de indagar por el grado de intimidad de nuestra relación nos pide ayuda para hacer un descalabrado crucigrama (estrella de la ópera: Clinton), nos cuenta la historia científica de un parto múltiple, compara sus gafas con las de Patri, se enajena en su inclinación por mi amiga, por si no fuera suficiente la enajenación propia de su personalidad, se arremanga, se ajusta el chaleco, se lía un par de cigarros con el tabaco de encima de nuestra mesa, suspira, nos invade, se ríe sola.

Vuelvo al sur


Me acodo en la barandilla del barco. Arribo y no es como siempre que vengo de paseo, es el primer día de algo. Amarrado al muelle un velero danés de dos palos, precioso, son las nueve de la mañana y en cubierta una pareja ya se besa. Me muero de ganas de surcar el planeta en un barco así, pero la perspectiva noviazgo en alta mar o en tierra firme me da tanta fiaca que se me estropea la hermosura de ver las velas y los cabos ensalitrados contra la catedral.

domingo, octubre 04, 2009

La Lulu de Berg


A Lulu los hombres la quieren poseer, suya, como objeto concreto de su perdición, como insensatez que ni ellos saben nombrar, como promesa embotellada a la que sin embargo sí le saben poner nombre de desvarío (Eva, Nellie, Mignon), sin pensar en Lulu, en que Lulu ya tiene nombre y es Lulu. Y ella renuncia a su nombre tampoco verdadero y por tanto a su ser (aunque en un momento, cuando la llaman así, Lulu, se asombra y recuerda el tiempo que hace que no es ella y no baila como ella baila, el tiempo que hace que no es Lulu) porque se alimenta del deseo de los hombres y en su renuncia está su alimento, su ser de mariée mise à nue par ses celibataires, ahí ella cifra su valía. El deseo de Lulu es que alguien le escoja de nuevo su nombre auténtico y en ese anhelo de que alguien la designe está su trampa, porque ninguno de sus hombres la quiere Lulu a ella (todos sus hombres sólo quieren su posesión per se), y cuando dejan de desearla Lulu mendiga ese deseo, paga por ese deseo, se deja asesinar dentro de ese deseo. Pobre Lulu, nunca sabe que sólo era cuestión de abrazarse a sí misma y decirse bajito lulululululululululu. En si bemol.

Die Nacht


Una noche en Madrid últimamente puede ser muchas cosas: puede ser dormir o no dormir, puede ser mirar por la ventana, puede ser bajar a la plaza, puede ser el Tupper Ware y el camarero adusto del Mercurio que le sirve con fastidio la soda y el pulco a David y contento a mí el Absolut con hielo en vaso ancho. Una noche puede ser un paseo sola o un paseo acompañada, puede ser una fiesta en mi honor, pueden ser las medias negras que le encargué a Pancho porque las mías se habían roto y que me trae al Madrid Madrid, puede ser ir a la ópera y cenar con Rodrigo, sentarme con un muchacho en la escalinata horrorosa de la Almudena a que me cuente y luego pasear con él la Latina con tacones a las seis de la mañana, puede ser Theodora bajito bajito mientras pego mordisquitos a las campurrianas y leo Los galgos los galgos, puede ser ver Alien acurrucada en un sofá, puede ser Patricia salida de la oficina y viniendo a bailar, puede ser un trío de jazz en el que mi futuro pianista aporrea el Hammond con tremendo arte, puede ser el rímel bordeándome los ojos a la mañana siguiente, puede ser sushi o puede ser un arroz preparado en la cocina de Edu, puede ser salir por última vez a esas horas de la oficina. Una noche puede ser el concierto demoledor de Divididos (especie de exordio de mi nueva argentinidad), charlar con Solange por el skype, tomar chocolate en San Ginés, puede ser lágrimas. La noche, que ha sido mi único espacio verdadero todo este verano madrileño extraño y sonsacado, puede ser pequeña o larga, pero es siempre ancha, es siempre mía, es siempre mis pies renegridos de la calle al volver o no volver a casa, se termina siempre en ese azul tan particular de un ratito antes del amanecer, se termina siempre en ese mi azul preferido, en un silencio antes de los pájaros, antes de los martillos neumáticos de las obras, en ese amarillo invierno de los bares antes de que prendan las máquinas de café.

Lau teilatu

Hemen gaude
ta poztutzen naiz
ta ziur zure aita ere bai;
ta zer ondo... zelan dijua
zure bufanda txuria.
Lau teilatu gainian
ilargia erdian eta zu
goruntz begira,
zure keia eskuetan
putzara batekin... putz!
Neregana etorriko da
ta berriz izango gara
zoriontsu
edozein herriko jaixetan.
Goxo goxo
kanta egin nazu
Benitoren Maria Solt.
Negarrik ez,
txuri zaude ta malkoak
zure kolorea kentzen dute.
Lau teilatu gainian
ilargia erdian eta zu
goruntz begira,
zure keia eskuetan
putzara batekin... putz!
Neregana etorriko da
ta berriz izango gara
zoriontsu
edozein herriko jaixetan.
Felix, Felix bihar
berriz egongo gara
txanpain apur batekin;
diru gabe baina
izarrak gurekin daude,
piano baten soinuaz.