martes, octubre 13, 2009

Aixa, Fátima y Marién


Recojo aceitunas al ordeño. Sol tremendo, tierra reseca, tarea mística por un rato. Estoy tan exhausta espiritualmente (en la derrota y en el gozo son los únicos estados en los que me noto la existencia del espíritu) que no tengo ganas de metáforas. Recogemos también membrillos y granadas, nos comemos unas naranjas directamente del árbol. Mientras el mundo se entierra en plástico a veces vengo a este lugar y es época de higos y caracoles, o de nísperos, o de uvas, o de almendras, y me acuerdo de cuando era pequeña y entrábamos los niños en el campo de algodón del vecino a llevarnos las bolitas blancas como un tesoro, hasta que alguno de nuestros padres se daba cuenta y venían a gritarnos desde lejos, siempre bajo un sol insoportable, siempre con sombreros y chicharras, siempre vigilados al milímetro y llenos de barro al caer la tarde. Ahora este campo es otras cosas, es una tristeza inmensa pero chiquita que viene y se va sin posarse al abrir la cancela, son algunos de mis muebles arrumbados en la casa cerrada, son dolores de familia viejos coleccionados en una caja de lata de dulce de membrillo de Puente Genil, junto con las figuritas del Belén y las fotos que dejó mi abuelo, soy yo con el espíritu tan incapaz de vivir que me pide una tregua de sueño de cien años, soy yo con el espíritu tan sabio de absurdo que quiere devorárselo todo de un solo bocado.

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