miércoles, octubre 07, 2009

¡Usted no será la causa de mi muerte!


La marea está alta, las olas rompen contra el espigón. Sigue el eucalipto de tronco gordísimo donde siempre, me siento en la sombra justo donde el viento de un lado y el viento del otro crean la corriente benéfica. Pido un manchaíto y el camarero me entiende perfectamente. Hay cuatro mesas ocupadas por alemanes en bañador, es octubre y ando con sandalias, el sol refulge en el agua con esa luz sólo gaditana. Y de nuevo tengo que construirme una ciudad, de nuevo no sé por dónde empezar (esto no es un regreso, estoy sin coordenadas). Echo de menos las posibilidades de la Loulou errante porque sólo llevo dos días aquí, anclándome en el muelle, y la mar deja de ser el descanso que era de lejos para ser la llamada que es de cerca. Quizá por eso vine, para entrenarme la resistencia amarrada al mástil, para estar lejos de esa vida en la que soy el centro visible, para creerme mi propio centro invisible, este centro en el que lucifico mi sombra y la aniquilo, en el que dejo de ser el ser doliente entre sus manos, un centro en el que me puedo dulcificar y extenderme sobre el cálido suelo de roble de mi fuerza, sobre el fresco enlosado de mi intención de no sufrir, de verme bailar, de ser tan intensamente yo como soy, sin eje x y sin eje y y sin eje z.

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