miércoles, noviembre 25, 2009

It's alright with me


Me apoyo en la marquesina de la parada con apostura Charles Boyer y tarareo It's alright with me. Hace sol y llevo trenca. Exulto porque aparentemente nada tiene ni solución ni importancia. El mundo cargado de promesas: hoy un marino decía que en Somalía había abuelas piratas. Una abuela que se hace pirata es un buen ejemplo de lo que quiero decir: no importa cómo quieres vivir, luego te encuentras haciendo de John Long Silver o esperando un autobús en una ciudad en la que no esperabas quedarte. Podría estar no sé dónde con esta misma trenca (cruzando la 9 de julio, subiendo las escaleritas del Pont des Arts, esperando a que cambie un semáforo en Picadilly o en Cibeles) y en todos los escenarios se me vería mirar a uno y otro lado de la calle con la melena incandescente por la henna y este aplomo de saber que todo da igual. Podría tener alguno de esos trabajos extravagantes que siempre consigo quién sabe cómo pero no, estoy aquí, esperando el autobús para ir a clase de armonía jazzística, con una indiferencia tan grandísima por todo que sola silba por mí apoyada en la marquesina de la parada, haciéndose la canchera cuando a la pobre de tanto que le duele hasta la costura de la costura de la costura, no le duele nada.

Los matapollos

Los matapollos
En Amasa existe una tierna costumbre local: un día cercano al 11 de noviembre, día de San Martín, los jóvenes del lugar recorren los caseríos después del desayuno (no sé por qué insisten en desayunar antes) para recolectar pollos, de grado o por fuerza, acompañados por la alegre música de un acordeoncito y un txistu. Luego se pasan el día gamberreando por ahí con cohetes mientras los pollos se quedan atados a un palo esperando que llegue su hora estelar, a la tarde, cuando uno por uno los van metiendo en una caja con un agujero por el que saldrá su cabeza. El juego consiste en que el mozo que corresponda, con los ojos tapados, blandiendo una espada del siglo XVIII a lo que me dijeron, intentará cortarle la cabeza al animalucho. Es la versión más literal de la gallinita ciega que se pueda concebir. Llegué a Villabona un día después del oilasko joku y me perdí el espectáculo, a ver si el año que viene. En Euskadi parece que a cada pollo le llega su San Martín.

martes, noviembre 24, 2009

Voces y daños


Canto. Sentada y sin sentimiento, canto. El profesor me oye y me mira y me pregunta si me ha gustado cómo he cantado. Le digo que no, que no me sé muy bien la canción y que la canté de cualquier manera. Dice que a él le ha encantado y que no me va a poder enseñar a cantar mejor. Dice que mañana me suba con ellos al escenario. El profesor usa su voz para decirme que canto bonito y que es emocionante la emoción con la que canto. Yo lo oigo y lo miro y entre algodones internos se me estremece de agradecimiento ese corazón que tengo hoy tan machacado porque otras personas eligieron usar su voz para decirme daños bastante distintos, daños malvados, daños. En el camino hasta la clase caminé la Alameda Apodaca, de reojo miré el océano mi mar, mi mar mío, buscándome momentos míos de saña furor enojo ciego lo que diga la RAE para intentar comprender esa saña furor enojo ciego en los otros que decidieron escupir ahí en vez de contar uno dos tres cuatro. Calibro y veo que desde el dolor etcétera. Calibro y decido que con la voz es mejor cantar aunque sea sentada y sin sentimiento o decir en fin a vuestras manos he venido, decir que sólo con que tú borrases una las borraba yo todas. Calibro la importancia de calibrar bien la voz, apunten fuego. Nunca, nunca más un daño nacido de mi boca, nunca, nunca más un daño que no pueda vomitarse hermoso en forma de canción dañada dolida doliente. Nunca, nunca más voces y daños. 

domingo, noviembre 22, 2009

Vernissage


En mi paso fugaz por la capital del imperio se quieren poner las estrellas de mi parte y me regalan un local de encuadernaciones puesto con mimo y primor y empacho de André Bréton lleno de mi lobby gay privado y de dibujos de Hisae y de botellas de mezcal y de artistas mexicanas. La intensidad artística adquiere un tono de ph ácido diametralmente opuesto al tono básico de cualquier párrafo Belano y Lima y sin embargo me siento como si estuviera dentro de su DF. Estoy cargada de un dolor que también podemos llamar mexicano o de Perla Avilés, y que más que dolor es una melancolía dolorosa por lo perenne de su encono. Cuando tomas mezcal rodeada de esos hombres que aman a otros hombres y te aman a ti y están encantados de que te conviertas en una divorciada y te apartan el pelo de la cara y te piden que cantes Te solté la rienda cantas Te solté la rienda porque todas esas mexicanas venidas desde México van a ser las únicas capaces de sorberse ese sentimiento al unísono contigo. Y las estrellas quizás no sean esas izarrak gurekin daude que querría, pero son otras estrellas que me enseñan sus puertitas y como tales las reverencio y espero seguir existiendo para vivir atardeceres a caballo y noches mezcaleras y escribir poemas en servilletas de papel que meterme en el bolsillo de detrás del pantalón y encontrarme billetes del 106 en algún bolso y cantar dolores mexicanos con mi voz y que me vengan a decir que les desperté una puertita terrena y que me busquen en mis ojos las estrellas que brillarán para algunos nosotros que seré y que haya alguna vez un consuelo para esas lágrimas negras que te lloro.

Hoy tiene la hache triste hoy


A veces te guardas las historias para contarlas otro día o para al despertar junto a ti sola recordar bajito. A veces es tan triste quedarse viva y que sigan pasando cosas, que haya calles empedradas bajo la lluvia y pendientes de plata patagónicos que se te pierden en los trayectos de larga distancia en autobús y bombones franceses que te ofrecen en una antigua oficina transformada en casa en Tolosa, esa hermosa ciudad. A veces es mejor no escribir si no estás dispuesta a sacar una historia hermosa de la chistera, y otras veces es tan triste quedarse viva cuando te has muerto que tienes que escribir esto: me siento en un banco de la que se ha convertido en mi plaza, bajo el cuarto creciente, entre la lavanda y el romero, y tú estás en otro banco bajo otro cuarto creciente y nos ponemos tan tristes de destrozo al mismo tiempo desde tan lejos que sería bonito consolarnos al saber que los dos masticamos la misma mágoa. Parece que no es el mecanismo normal de la tristeza ése de disminuirse al tener su simétrico, pero al menos ahora sé que también a ti se te caen los sentimientos.

miércoles, noviembre 18, 2009

Euskadi


En los valles, árboles, entre los árboles, caseríos. Los montes van a dar sobre el mar o están en el mar, o de pronto salen al mar y en las islas rocosas a las que puedes llegar caminando cuando la marea está baja pequeños faros desafiarán con su calor a los temporales. Los pueblos pescadores en sus barcas o en alta mar balleneros. Y en los bosques otros hombres interiores fabricaron hierro o prepararon carbón. Y las vacas y las ovejas y los amaneceres y la sombra sin sol. Y Euskadi es verde árbol y es rojo óxido y es plúmbeo mar y es esa roca blanca de algunas montañas y es madera y es piedra y es hierro y son los mandiles sobre las faldas en los que las mujeres se secan las manos al recibirte en el zaguán de los caseríos vizcaínos o en el camino de los caseríos guipuzcoanos o en las fuentes de los pueblos navarros. Y es el agua que corre por todos los ríos y son las ciudades hermosas de faroles labrados y de bancos en los paseos y esculturas modernísimas, son los puentes y los siglos, los monasterios cargados de esa religiosidad vasca sólo vasca. Euskadi es el amor por sí mismo, por sus pueblos, por sus clanes, por la lluvia que llueve tres semanas o tres meses, las comidas interminables con los amigos, los cantos. Por el apellido te conocen, por las fiestas de tu pueblo, por tu euskera. Amo este país, amo a los vascos, amo venir y que me duela irme. Amo el viento de esta tierra y amo su mar Cantábrico, las suaves colinas y las encrespadas montañas, amo sus cuatro tejados, saber la diferencia entre berria y barria. Amo el amor de esta gente por el trabajo incansable y su amor incansable por lo que es suyo.

martes, noviembre 17, 2009

Orio, Zarautz, Getaria, Zumaia, Mutriku, Ondarroa, Lekeitio

De San Sebastián a Bilbao por la carretera de la costa: un camino para hacer en coche con alguien a quien quieras mucho al lado. Hoy no me quedan palabras ni fuerzas ni nada, pero me gustaría mucho poder decir lo que quiero decir sobre esta carretera. Quizás mañana.

lunes, noviembre 16, 2009

Membra Atari nostri

Unas montañas pueden ser unas montañas de Guipúzcoa. Puedes ir acercándote al Txindoki y después darle la vuelta, pasar de valle a valle por carreteras curvas curvas y que sea otoño y los árboles verdeen amarilleen naranjeen enrojezcan. Puede que a pesar de ser noviembre haga sol y que vayas escuchando el Membra Jesu nostri en el coche y te acuerdes de Rodrigo y lo llames. Puede que te dé vuelcos la vida. Viva voce cordis clamo. Subes a San Martín en Amezketa donde ayer inauguraron una escultura hecha con vigas de caserios derruidos. Ante el sol los sesenta troncos son un Stonenhenge vasco demasiado hermoso como para seguir respirando. Te puedes escalar a una de las vigas y abrazarte a ella y ennegrecerte de carbón el abrigo, la falda, la cara, romperte las medias. Te puedes sentar en un banco frente a los montes guipuzcoanos y tomarte un café. Puede que te dé vuelcos la vida. Viva voce cordis clamo. Pero también puede ser que en esa voz que grita esté tu voz y que esa voz remonte las montañas de Guipúzcoa y llegue adonde tiene que llegar: a ese mismo corazón del que se sale. Y que en vez de no querer seguir, en ese eco recibido se aposente, un minuto, ut te quaeram.

Honrar el sentimiento


Hay muchas formas de estar viva, la que más me gusta es esa forma en la que estás tan viva que te das cuenta y te despeinas conforme a cierta locura vertiginosa de existir. Y coges aviones y trenes y bajas y subes de metros y autobuses hasta llegar a una dirección y llamas a una puerta que alguien te abre y tú le dices, mira, me he recorrido tres kilómetros, cuatrocientos kilómetros, mil kilómetros, para pasar un ratito contigo, para honrar el sentimiento, vamos de paseo. Luego se te puede sofisticar el viaje: puedes estar esperando sentada en tu maleta en una plaza en el barrio de Tetuán a que Aurora venga a buscarte y escuchar cómo un señor le dice a otro que qué le parece la idea de intentar robarse mi maleta; te puedes aprender una canción en euskera para cantarla de sorpresa en la boda de Garbiñe y Karlos; puedes ir a cenar con Unai en Pamplona y haceros una foto con Andoni Goicoechea que está esperando a que os vayáis para quedarse con vuestra mesa; puedes pasear por Oñati con Amaia y que en la puerta de esa iglesia cuyo atrio está sobre el río esté el antiguo cura de su pueblo que amorosamente os deja entrar y enciende las luces nuevas de teatro que han puesto en los altares contraviniendo en buena hora las normas de conservación del patrimonio (parece que los policromados, la piedra y el pan de oro se llevan fatal con las dicroicas); también puedes encontrarte con alguien a quien a pesar de que le aporrees la puerta hasta desgastarte los puños no te deje entrar, y que frente al Peine del Viento, en San Sebastián, sepas que lo que te más duele es que él no quiera estar vivo para ti.

jueves, noviembre 12, 2009

De viaje


Me voy al norte: una maleta chiquitita donde meter ropa para unos días. Hará frío: bufandas que aquí no se usan, chamarreta de cuero, tapadito rosa. Habrá calefacción: camisetas pequeñas bajo los jerséis de cuello vuelto. Habrá una boda: mi vestido morado y los tacones que me compré en Santa Fe y Rodríguez Peña para mi propia boda. Habrá mañanas en casas extrañas: un pijama con pantalón a cuadros. Habrá horas de viaje: Chopin, Bill Evans, Bethânia, Jenn Grant, Joni, Thelonious y Los lanzallamas. Habrá bares y más bares: los vaqueros y las botas. Habrá que verte a ti: para eso no sé qué meter en la maleta.

miércoles, noviembre 11, 2009

Quando em você tudo se complicou


El dibujo es de Nicoletta Ceccoli
La calle. El sol de las once insoportable bajo el jersey. El mercadillo de los gitanos, que ahora las mallas se llamen leggins (aunque en los carteles de los puestos pusiera leguis). Los muchachos afirmando que Cristiano Ronaldo quiere jugar, que para eso es jugador de fútbol, para ir tras la pelota, que es el Madrid el que no le deja. Las antiguas vecinas ahora abuelas que me encuentro por todos lados quienes de vendedoras de oro a domicilio con peceras y pentateucos anudados con cintas de raso rosa en el salón (recuerdo infantil: cuatro tomos en rústica del Reader's Digest al lado de La mujer rota que pedí y me regalaron junto con esta frase: llévatelo, es marrón y los otros son verdes) hayan pasado a ser profundas conocedoras de Brasil una y de Estados Unidos la otra.
El hospital. La rutina de volver a hacerme las mismas trescientas pruebas (qué ganas de que me saquen la etiqueta oncológica, un año más sin bichos y chau), la rutina de aprenderme el color de los azulejos, la rutina del banco de la sala de espera donde me dedico a la leve conmiseración autofágica solitaria cuatro, tres, dos, uno, hasta que recupero lo de siempre en la calle y en mí.
La calle. Encontrarme con Yolanda después de dieciocho años, Yolanda que es esa persona que me mandan para liberarme del desconsuelo con la herramienta hoy consuelo yo.
El corazón. Mi maquinita presa de su caja que por este rato no es peligrosa pero se hace peligrar.

lunes, noviembre 09, 2009

Recuerdos chilotes

Sopla el Poniente y de pronto, en noviembre, el otoño. Me encaramo al altillo a ver qué jerséis dejé hace quizá tres años, no puedo fechar, no llevo bien la paleontología de las mudanzas y las maletas removidas, pero sí llevo bien la cuenta de lo que hay en mi única valija traída de Madrid (mi verde salvadora belga): sólo rebequitas y un par de chaquetas nocturnas. Encuentro el jersey de cuello vuelto que Cristina me regaló en Chiloé, aquella vez que en transbordador nos cruzamos a la isla, mi primer océano Pacífico. Como todas esas cosas que guardas en altillos ajenos y que encuentras al cabo de los trabajos y los días, el jersey es una madalenita de Proust, si tiras de la hebra te salen diez tomos. Ahora sólo quiero dejar a la sombra de la muchacha en flor que fui los caracoles morados que recogí en la playa, las señoras tejiendo en la calle, el gato de lana que compramos en Ancud y que fue el primer Calígula aunque estuviera relleno de relleno, el frío de mar nocturno, las tejuelas de alerce de las casas alemanas, los tés con kuchen, el volcán Osorno desde El Frutillar, un paseo que dimos en un cochecito a pedales que fue más thomasmanniano que nicolasparriano, la señora despeinadísima que nos alquiló las habitaciones y su salón abigarrado, el carabinero felicísimo de fecharme el pasaporte con el sello multicolor de los chilenos en el Paso (fui su primera española), lo feliz y nuevo que era todo al cruzar los Andes.

Traerá el olvido puesto

Cuando para evitar tener que desinstalarte decides no instalarte. Cuando para evitar desvivir eliges desvivir. Cuando lo que se es está lleno de ecos sutiles de versos y frases y música apoyada en las ventanas y ventanillas. Cuando se mantienen relaciones intensas y verdaderas con personajes inexistentes. Cuando dentro de esa vasta extensión mundial que es tu mundo encuentras una vasta extensión de terreno Rimbaud, colinas Mitchell. Cuando la luna adelgaza y te abandona a tu suerte mortuoria. Cuando con cucharitas de café mides tu vida. Cuando en un banco al sol estableces el campamento de invierno. Cuando Calígula vuelve a buscarte el regazo. Cuando cierto viento sopla entre ciertos pinos y no quieres caminar.

domingo, noviembre 08, 2009

Anda, Andalucía, anda

Anoche fui a una tómbola benéfica de AFA (me tocó el único libro de la rifa), en la hermandad del Rocío. Albero en el suelo, cuadros flamencos, chocos fritos y tortilla, la carreta del simpecado, las mujeres vestidas de gitana: feria en noviembre. Yo que desde que soy extranjera muero por los cantes por cantiñas y porque llegue abril para enfundarme en el traje, me siento en este tipo de cosas como Nancy en la tesis de Sender, sobre todo cuando aparecen como posibles y ciertas cosas como los bordados de las monjas trinitarias, el ratonero bodeguero andaluz, las seguiriyas, la solera, el trapío, el petifoque, las puntillitas, el sol cayendo a plomo sobre el mar frente a tu vaso de café con leche, los pasodobles de las comparsas. Yo quiero renunciar al jazz y cantar como la Perla de Cádiz.

sábado, noviembre 07, 2009

Mis hombres del momento

Ronald Colman
Roberto Arlt
García Lorca

El espíritu de la calle Corrientes

La verdadera calle Corrientes comienza para nosotros en Callao y termina en Esmeralda. Es el cogollo porteño, el corazón de la urbe. La verdadera calle. La calle en la que sueñan los porteños que se encuentran en provincias. La calle que arranca un suspiro en los desterrados de la ciudad. La calle que se quiere, que se quiere de verdad. La calle que es linda de recorrer de punta a punta porque es calle de vagancia, de atorrantismo, de olvido, de alegría, de placer. La calle que con su nombre hace lindo el comienzo de ese tango: Corrientes…tres, cuatro, ocho.

viernes, noviembre 06, 2009

Asesinato

-¿Cómo fue?
-Una grieta en la mejilla.
¡Eso es todo!
Una uña que aprieta el tallo.
Un alfiler que bucea
hasta encontrar las raicillas del grito.
Y el mar deja de moverse.
-¿Cómo, cómo fue?
-Así
-¡Déjame! ¿De esa manera?
Sí.
El corazón salió solo.
-¡Ay, ay de mí!

jueves, noviembre 05, 2009

Las momias de este amor

Me inquieto, es urgente decirme ese algo que no sé cómo, ese algo que no sé qué que resulta tan difícil de enjaular y me revolotea. No es quiera Amor, quiera mi suerte. No es no te verán mis ojos mi corazón te aguarda. No es pero yo te sufrí rasgué mis venas. Es el deseo de que tú y yo no nos muramos todavía, antes de encontrar un lugar humano donde encontrarnos, un tratado de Utrecht por el que hayan pasado 35 años o un destierro Camberra permanente (debe de haber otro modo de decir esto, de cazar este bicho viviente volador).
Leo este libro horroroso de crímenes de los hombres contra los hombres, pienso en la capacidad de hacernos daño que nos ha sido regalada junto con el lenguaje, el corazón, el pensamiento, unas manos y unos ojos. Pienso en las decisiones que he tenido que tomar para alejar ese daño, los alambres de espino, las fronteras fingidas. Pienso en los garfios con que el daño se nos engarfia tristeza. Pienso en la aduana definitiva, en la bajada de barrera, en ese ad portas anterior: el terror a la desaparición de una civilización, al fin de un mundo, el miedo a que lo que estaba atado se desate. He estado bordeando el área sin tirar a puerta mucho tiempo, llena de temor, sin poder asimilar la consistencia pez de la violencia. El amor. Lo miro muerto despedazado cadáver, lejos, despojado. Ojalá pudiéramos los dos tener nuestro planeta desnudo de muertos. Ojalá pudiéramos salir de estas ruinas un pueblito menos suntuoso y más apacible, menos amor, más vida. Cómo hacen los verdugos, cómo hacen las víctimas para caminar juntos una calle (en la frente besar, la memoria borrar) sin que duela lo que duele, sin que duela que no duela lo que duele cuando deja de doler. Cómo no tomar un barco urgente hasta Camberra.

Cádiz en sus bares


El Maca aterido de frío se arrebuja en su chamarreta. Antonio consulta con el Nolo y en voz alta le dice al Maca que debe 21 euros. El Maca pone una moneda sobre el mostrador y pide un coñac. Javier se termina lo que le queda de café con leche de un trago y se va a la máquina tragaperras. Desde allí le pregunta al Nolo qué número va a salir esa noche. El 37, dice el Nolo con mucho aplomo mientras le pone el café a dos abuelitas que se han sentado en un extremo y se ríen como párvulas cuando Antonio le pregunta a una refiriéndose a la otra si la niña no va a querer un molletito. Javier se compra un décimo y el Nolo le pregunta ¿sólo uno? Qué voy a hacer yo con tanto dinero si me toca, dice Javier, yo lo quiero nada más que para las trampas. Un señor con gafas oscuras y chándal al que nadie llama por su nombre no para de contarle cosas al Nolo. Se toma dos JB al hilo, se los sirve Antonio en una de esas copas con rayita, llenándosela hasta el borde. Son las nueve menos cuarto de la mañana.

miércoles, noviembre 04, 2009

Tornillos perdidos

Como se ha muerto Ayala me voy a la cafetería Ayala a tomarme un café (recomiendo al camarero). Me siento fuera con el libraco de Littell. Llueve la lluvia pelusa noviembre de aquí, esa lluvia que no tiene su repiquetear. En el suelo, un tornillo de ésos con punta y cabeza plana, para madera. Muchos años coleccioné tornillos y tuercas que encontraba por la calle, los guardaba en tarritos: tenía mi tarrito Francia, mi tarrito Holanda, mi tarrito Buenos Aires, mi tarrito Granada, mi tarrito Barcelona, mi tarrito inglés, mis tarritos generales. En el apogeo de la manía les coloqué etiquetas con fecha y lugar a esas cositas metálicas que sin ninguna explicación aparecen por los suelos. Mi primer tornillo recogido en el 93 fue un rescate de huérfano a huérfano, luego se me convirtió la colección en una maternidad; mis amigos a veces me traían los que encontraban, me imagino que murmurando pobrecita. Un día en esta misma casa y entre mudanzas mi padre clamó a los cielos y tuve que deshacer los tarros en tres montones: utilizables (en la caja de herramientas de papá debe de haber todavía alguno de mis hijitos), preciosidades (las guardé en un cristalito minúsculo que estuvo en la estantería de Aduana), y basura (ésos que tiré estarán rodando por las calles, puede que vuelvan a mí). Me entraron ganas de recomenzar mi recogida, así que levanté el tornillo plateado y limpio de lluvia del suelo, ufana me lo guardé en el bolsillo, y así de ufana me abismé en el kistch atroz de Littell.

martes, noviembre 03, 2009

Discurso en el depósito de objetos perdidos

Perdí algunas diosas en el camino de sur a norte,
y también muchos dioses en el camino de este a oeste.
Se me apagaron para siempre un par de estrellas, ábrete cielo.
Se me hundió en el mar una isla, otra.
Ni siquiera sé exactamente dónde dejé las garras,
quién trae mi piel, quién vive en mi concha.
Mis hermanos murieron cuando me arrastré a la orilla
y sólo algún huesito celebra en mí ese aniversario.
Salté de mi pellejo, perdí vértebras y piernas,
me alejé de mis sentidos muchísimas veces.
Desde hace mucho cerré mi tercer ojo ante todo esto,
me despedí de todo con la aleta, me encogí de ramas.

Se esfumó, se perdió, se dispersó a los cuatro vientos.
Yo misma me sorprendo de mí misma, de lo poco que quedó
de mí:
un individuo aislado, del género humano por ahora,
que sólo perdió su paraguas ayer en el tranvía.

Oma Fiets

Hoy me encontré por casualidad con mi prima en un cruce cuando me bajaba del autobús y le robé la bicicleta, llegaba tarde a la presentación del curso de jazz. Atravesé Cádiz con esa predisposición a la atracción gravitatoria que tengo con coches, furgonetas, carritos de bebés, bolardos del cordón de la vereda. Hacía tanto tiempo que no montaba que me acordé de mi bicicleta holandesa, gris, medio oxidada, antigua, pesada, armatoste, de paseo. Me la encontré tirada en la calle en Tilburg, con la rueda de delante doblada y la cadena rota. Andrés y Dani me la arreglaron en el salón de aquella casa desastre en la que vivíamos y la monté todo el verano, los domingos lejos, entre semana al volver de la oficina me iba a la peatonal cuando yo habían cerrado las tiendas y pedaleaba arriba y abajo de la calle, aunque lloviera. En bici iba a comprar el pan, en bici me acercaba al mercadillo de libros usados, en bici me escapaba de aquella habitación Trainspotting en la que cada noche dormía sobre tres cojines en el suelo. Me tuve que acostumbrar a frenar dándole a los pedales hacia atrás, a anudarme un trozo de tela (granate) en el tobillo para no llenarme de grasa (fracasé, todavía me queda un pantalón de chándal en Bariloche manchado como recuerdo). Le tomé mucho cariño a aquella máquina que podía tener perfectamente cincuenta años. Me gustaría saber quién la tendrá ahora, si la querrá tanto como yo, lo digo aún a riesgo de parecer una letra de ranchera.

lunes, noviembre 02, 2009

Hamaca paraguaya

Me acerco a la Agencia Municipal de empleo, sospechosamente vacía. Me siento y le explico a la señorita pelirroja que llevo dos semanas aquí y que me parece inexplicable no haber encontrado trabajo todavía. Ella sin inmutarse me saca un impreso, me indica que lo rellene, y que se lo traiga "debidamente cumplimentado" dentro de 15 días, fecha en la que alguien lo recibirá encantado y lo guardará en el archivo correspondiente a la espera de que algún intrépido empresario venga a buscarlo. Salgo a la calle bien enmelada en el ritmo del sur, me encuentro con Jorge que me agarra por los hombros y me dice: te tienes que reajustar el tempo.

Maison au soleil


Del otro lado del planeta, de la varita de Chantal, del cerro Concepción, me llegan Marta y Giovanni. Durante dos días me malcrían y me atiborran de dulces y de teatro, de jerga chilena y de historias del exilio. Yo los paseo por Cádiz y por El Puerto, los monto en mi barquito (las gaviotas descansan flotantes en el Atlántico y las comparamos con las de Valparaiso, en tamaño y graznido las gaviotas gaditanas son menos amenazantes y más pajaritos), me siento en el suelo con la chiquillería para ver al payaso sobrino moral de Chacovachi mientras ellos se quedan detrás en un banco de la plaza, como si hubieran llevado a la niña de paseo, los espero hundida en los sillones para siete del vestíbulo del hotel, abomino de la obra peruana, me bebo su cariño, coqueteo con la idea del viajero retornado que recibe a los emisarios extranjeros y coqueteo con la idea de volver a la carretera con mi maleta verde destrozada. Me pido paz y me pido enterrar la duda en un tiesto de geranios, hasta el verano. Me pido una casa al sol, me pido dejar de ser una traductora que no traduce, una escritora que no escribe, una cantante que no canta, una amante que no ama. Y que vengan a verme, todos a los que yo visité, todos a los que encontré en el camino, todos a los que quiero, mi sangre, porque hasta el solsticio, Loulou se queda.

La fuente

Mientras espero en la casapuerta a que vengan a enseñarme la casa (me parece que voy a querer ésta, está entre la Plaza San Antonio y la Alameda), una viejita cruza el patio interior y abre la cancela para salir a la calle. Me pregunta. En cinco minutos me da cuenta de la antigüedad de la reforma del edificio, de los vecinos, de los 20 años que lleva viviendo ahí, de adónde dan sus ventanas, del nombre del dueño, de las costumbres de la dueña, de la renta que pedían hace cuatro meses, de las tiendas del barrio, se escandaliza por las condiciones abusantes, me aconseja que no me deje avasallar, me dice que se llama África. Me la quiero quedar de vecina, pero debido a las condiciones abusantes y a las costumbres de la dueña no podré vivir en la calle Buenos Aires en esa casita de juguete al lado de la Alameda.

domingo, noviembre 01, 2009

Parafernalia portátil de reconciliación con la vida


Hay cosas que me reconcilian con la vida, como un té verdadero servido en una taza bonita, azul, una taza con historia que pueda contar a la persona que esté conmigo, una taza a la que poder agarrarme, un té sobre el que soplar mientras miro por la ventana. Calígula esperándome tras la puerta. La cantata 198 versión Gardiner. Un libro como dios manda. Pasar todo el día con una amiga. Sexo con el bienamado. El mar asalvajado. Una barandilla en la que apoyarme. Cualquier película de John Ford o de Lubistch. Una botella de tequila mexicano. Una mesa fastuosamente puesta esperando a los invitados. Que llueva afuera mientras estoy dentro de un tren. Cruzar el Pont des Arts. Cruzar la 9 de julio. Picasso. Mi sobrina. Terminar una tarde de xilografía llena de madera y tinta. Cantar Lo han visto con otra o Lush life. Estrenar un abrigo. Tirarme en la arena recién salida del agua. Hablar con Gloria por teléfono. Caminar de noche, bras dessus, bras dessous. Las coincidencias. La oscuridad justo antes de que comience la función. Los viajes en coche. Buen vino en buena copa. Estrenar un cuaderno.
Por eso me he enfadado tanto esta mañana al terminar mi segundo Amis de la semana, porque es una soberana porquería, porque no es posible que alguien pueda estropear tanto un placer posible, un libro como dios manda, para hacer eso.