lunes, noviembre 16, 2009

Membra Atari nostri

Unas montañas pueden ser unas montañas de Guipúzcoa. Puedes ir acercándote al Txindoki y después darle la vuelta, pasar de valle a valle por carreteras curvas curvas y que sea otoño y los árboles verdeen amarilleen naranjeen enrojezcan. Puede que a pesar de ser noviembre haga sol y que vayas escuchando el Membra Jesu nostri en el coche y te acuerdes de Rodrigo y lo llames. Puede que te dé vuelcos la vida. Viva voce cordis clamo. Subes a San Martín en Amezketa donde ayer inauguraron una escultura hecha con vigas de caserios derruidos. Ante el sol los sesenta troncos son un Stonenhenge vasco demasiado hermoso como para seguir respirando. Te puedes escalar a una de las vigas y abrazarte a ella y ennegrecerte de carbón el abrigo, la falda, la cara, romperte las medias. Te puedes sentar en un banco frente a los montes guipuzcoanos y tomarte un café. Puede que te dé vuelcos la vida. Viva voce cordis clamo. Pero también puede ser que en esa voz que grita esté tu voz y que esa voz remonte las montañas de Guipúzcoa y llegue adonde tiene que llegar: a ese mismo corazón del que se sale. Y que en vez de no querer seguir, en ese eco recibido se aposente, un minuto, ut te quaeram.

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