jueves, noviembre 05, 2009

Las momias de este amor

Me inquieto, es urgente decirme ese algo que no sé cómo, ese algo que no sé qué que resulta tan difícil de enjaular y me revolotea. No es quiera Amor, quiera mi suerte. No es no te verán mis ojos mi corazón te aguarda. No es pero yo te sufrí rasgué mis venas. Es el deseo de que tú y yo no nos muramos todavía, antes de encontrar un lugar humano donde encontrarnos, un tratado de Utrecht por el que hayan pasado 35 años o un destierro Camberra permanente (debe de haber otro modo de decir esto, de cazar este bicho viviente volador).
Leo este libro horroroso de crímenes de los hombres contra los hombres, pienso en la capacidad de hacernos daño que nos ha sido regalada junto con el lenguaje, el corazón, el pensamiento, unas manos y unos ojos. Pienso en las decisiones que he tenido que tomar para alejar ese daño, los alambres de espino, las fronteras fingidas. Pienso en los garfios con que el daño se nos engarfia tristeza. Pienso en la aduana definitiva, en la bajada de barrera, en ese ad portas anterior: el terror a la desaparición de una civilización, al fin de un mundo, el miedo a que lo que estaba atado se desate. He estado bordeando el área sin tirar a puerta mucho tiempo, llena de temor, sin poder asimilar la consistencia pez de la violencia. El amor. Lo miro muerto despedazado cadáver, lejos, despojado. Ojalá pudiéramos los dos tener nuestro planeta desnudo de muertos. Ojalá pudiéramos salir de estas ruinas un pueblito menos suntuoso y más apacible, menos amor, más vida. Cómo hacen los verdugos, cómo hacen las víctimas para caminar juntos una calle (en la frente besar, la memoria borrar) sin que duela lo que duele, sin que duela que no duela lo que duele cuando deja de doler. Cómo no tomar un barco urgente hasta Camberra.

1 comentario:

Pablo dijo...

A veces uno siente que la utopía es sobrevivir. Y entonces, sigo con este vals al que le falta poquito, y vos seguís escribiendo, y ya no es un lujo sino una necesidad. Ya te lo enviaré cuando lo termine. Cariños