miércoles, noviembre 04, 2009

Tornillos perdidos

Como se ha muerto Ayala me voy a la cafetería Ayala a tomarme un café (recomiendo al camarero). Me siento fuera con el libraco de Littell. Llueve la lluvia pelusa noviembre de aquí, esa lluvia que no tiene su repiquetear. En el suelo, un tornillo de ésos con punta y cabeza plana, para madera. Muchos años coleccioné tornillos y tuercas que encontraba por la calle, los guardaba en tarritos: tenía mi tarrito Francia, mi tarrito Holanda, mi tarrito Buenos Aires, mi tarrito Granada, mi tarrito Barcelona, mi tarrito inglés, mis tarritos generales. En el apogeo de la manía les coloqué etiquetas con fecha y lugar a esas cositas metálicas que sin ninguna explicación aparecen por los suelos. Mi primer tornillo recogido en el 93 fue un rescate de huérfano a huérfano, luego se me convirtió la colección en una maternidad; mis amigos a veces me traían los que encontraban, me imagino que murmurando pobrecita. Un día en esta misma casa y entre mudanzas mi padre clamó a los cielos y tuve que deshacer los tarros en tres montones: utilizables (en la caja de herramientas de papá debe de haber todavía alguno de mis hijitos), preciosidades (las guardé en un cristalito minúsculo que estuvo en la estantería de Aduana), y basura (ésos que tiré estarán rodando por las calles, puede que vuelvan a mí). Me entraron ganas de recomenzar mi recogida, así que levanté el tornillo plateado y limpio de lluvia del suelo, ufana me lo guardé en el bolsillo, y así de ufana me abismé en el kistch atroz de Littell.

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