viernes, diciembre 18, 2009

El reencuentro estropeado por la traducción


Con mis disculpas a los dos compañeros traductores, pero es que ésta es MI novela

Liliana le puso la mano sobre el muslo y se lo apretó y él se quedó mirando hacia el extremo del bar, en dirección opuesta a Liliana, más allá de los sombreros de panamá, los rostros de los cubanos y los cubiletes en movimiento de los bebedores. Su mirada atravesaba la puerta abierta y seguía hasta la plaza brillantemente iluminada, cuando vio arrimarse un coche. El portero abrió la portezuela de atrás, gorra en mano, y ella descendió.
Era ella. Nadie más se bajaba así de un coche, de esa forma práctica, fácil y bellísima, y al mismo tiempo como si le estuviera haciendo a la calle un gran favor al pisarla. Todo el mundo había tratado, durante años, de parecérsele y algunas habían estado cerca de conseguirlo. Pero cuando se la veía a ella, todas las otras que se parecían resultaban imitaciones. Estaba ahora de uniforme y sonrió al portero y le hizo una pregunta. Él le contestó muy contento e hizo que sí con la cabeza y ellá cruzó la vereda y entró al bar. 
Thomas Hudson se puso de pie y sintió como si algo le apretara el pecho y le impidiera respirar. Ella lo había visto y avanzaba hacia él, por el espacio libre entre el bar y las mesas.
-Discúlpenme-les pidió Hudson a Liliana y al alcalde peor-, tengo que ver a una amiga.
Se encontraron a medio camino en el corredor que se quedaba entre el bar y las mesas y él ya la tenía en los brazos. Los dos se tenían fuerte y tan apretados como es posible que lo estén dos personas y él la besaba fuerte y bien y ella lo besaba a él, palpándole ambos brazos con las manos.
-Ah, tú. Tú. Tú.-decía ella.

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