domingo, diciembre 20, 2009

Garantía de por vida

No quiero hablar aquí de ti, y lo haré porque luego cuando nos vemos no nos decimos nada y yo tengo que bajar por la calle Carretas sujetándome un ojo y otro ojo y un alma y otra alma. Sabes cuánto me duele lo que me duele, y sabes que estoy obcecada y cerrada a cualquier posibilidad, que vengas a buscarme es como si le arrimaran una cucharada de sopa a alguien que se acaba de achicharrar la garganta con ácido sulfúrico. Y tú, que estás siempre ahí como estás tú, tú que me dices quiero estar contigo, y yo que de verte y no verte me muero de la pena por tener la pena que tengo. Aquel mediodía que salí de tu casa con el vestido de la noche anterior, con los tacones de la noche anterior, con el Givenchy Gentleman de la noche anterior, créeme si te digo que me hubiera llorado hasta la última de las pocas lágrimas que me quedan mientras esperaba allí, al sol, a que pasara el coche a recogerme. Me has salvado la vida muchas veces, tú, con tu mantelito, tus cubiertos, tu lámpara de papel. Me salvas la vida muchas veces, tú, que estás así como estás tú y me quieres ver, y eso para alguien como yo que va perdiendo vidas como si fueran papelitos que se caen del bolsillo es una catedral de Burgos. Puedo darte lo que te puedo dar, que son mis ganas de volver a visitar tu planeta, saber quién eres, sentarme ante tu mesa, asomarme a tu balcón, recostarme en tus cojines, dejar que me vuelvas a rescatar. Ojalá pudiera llenarte esa catedral, pero no puedo, y me duele tanto no poder que no sé hasta dónde seguir traspasándote el umbral.

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