domingo, diciembre 13, 2009

Que surja algún vengador de mis huesos

El pintor mexicano sentado frente a mí y detrás de nuestros cafés me cuenta los siete años que fue drogadicto y las carreteras de México que recorrió de parte a parte en busca de su país o de cocaína, pastillas, drogas varias. Me cuenta sus cuadros y sus mujeres y sus lápices, sus peleas a navaja, sus nueve meses encerrado en el infierno, sus cicatrices, su nombre, su maldad, sus Oaxaca, Tabasco, Culiacán. El pintor mexicano desde la cumbre de sus vidas demasiado vividas, vividas en otro lado del mundo que sólo pisan los que como él se maldicen de cierta manera y trasiegan con una oscuridad elegida, con sus flores del mal, caminan con compañeros de su misma ralea, hacen divisas y banderas de un carpe diem tan distinto al mío, me intenta convencer de la conveniencia de que pasemos juntos este día, viendo el Guernica o el Palacio Real, ya que nos hemos conocido y que seguramente no nos volvamos a ver nunca más. Ésa línea de diálogo fue mía y al reconocerla anuncio de colonia en boca ajena me río porque la tengo tan asimilada a mi sistema sentimental que no me parece verdad que alguien pretenda utilizar mis convicciones para pasar unas horas conmigo. Lo sopeso, al pintor mexicano, sopeso su interés real por mí, su águila o sol. Sopeso medio día madrileño con un desconocido poco recomendable pero con miles de historias para contarme. Lo sopeso, mi interés real por él, mi águila o sol. El deporte de existir y el café son para mí otra cosa. El pintor mexicano me dice gracias a tu padre y a tu madre y a la muerte que no te ha visto, y yo quiero estar fuera de esa vida rocambolesca que implica desastre y necesita de tempus fugit para consolidarse, y sobre todo, estoy a dos calles de estrellarme de nuevo con la tristeza de haberte perdido a manos de esas vidas demasiado desvividas de las que siempre fui espectadora, estoy a dos calles de recordar con nostalgia tus retornos del infierno. Me pongo triste ahora, en esta cafetería frente al pintor mexicano, al saber que muchos comienzos están para mí condenados porque ahora sí sé lo que quiero.

2 comentarios:

Curro dijo...

A ver si te estrellas y lo atropellas discretamente. ¿Cómo dicen que se llama eso? Daños colaterales, eso...

Acercandra dijo...

chapeau lulu!