lunes, diciembre 28, 2009

Un sillón para morirse


Hay una rendija Cortázar en mi vida, tapada con papel pintado. De cuando en vez despego el papel de la pared y miro dentro sus palabras, miro lo que fuimos, Julio y yo, recuerdo todos sus libros todos menos Fantomas que tuve en ediciones raras, bonitas y coleccionadas (Cronopios y famas robada en una biblioteca de Estrasburgo, ya prescribió el delito) y que no tengo más, recuerdo mi primera Rayuela y lo raro que me parecía que estuviese permitido asombrarse y escribir sobre las cosas con las que él escribía y se asombraba y que a mí me abismaban lo mismo: el café, los tornillos, la pasta de dientes, los bichitos voladores, la tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente de existir, el tiempo como un chicle, andar por la calle, la literatura como único argumento posible para seguir, los gatos, París, Buenos Aires, la necesaria pérdida, el asco que da sobrevivir. Cortázar es un amante antiguo, antiguo y enterrado detrás del papel pintado del que saco, de cuando en vez, una carta amarillenta y en el entonces de leerla vuelve todo aquel tiempo en el que supimos encontrarnos, Julio y yo, y de qué manera. Cuántas cosas nos han quedado al uno del otro, aunque en alta voz nos hagamos los orgullosos y hayamos dejado de elegirnos para pasar el rato.

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