viernes, diciembre 11, 2009

Verano porteño

Entre noviembre y marzo fueron cuatro veces las que regresé a instalarme en Buenos Aires. Mi a la una a las dos a las tres fue el 17 de enero, la ciudad me recibió con una bofetada de calor y yo me pelée con el tachero que me recogió en Retiro porque quiso darme tratamiento for export y le hice parar el taxi en la isleta de los colectivos, me bajé con mi maletita y me subí a otro despotricando contra los guachos que te quieren cobrar 20 pesos por hacer exactamente once cuadras. El tachero número dos me dijo tranquilamente que cuando él sabía que son extranjeros y le decían desde Retiro que los llevara a Recoleta les daba un paseíto por el Bajo. Me terminé de enfadar y hasta que llegamos a la Plaza Vicente López anduve diciendo qué país. Ahora me imagino que con la inflación esas once cuadras saldrán veinte pesos y que a los turistas les dirán el precio directamente en dólares y sé que yo soy mucho menos beligerante, sobre todo porque no me siento tan porteña. A veces me acuerdo de ese cachito de enero que me parece que pasó hace tres mil años, cuando por la tarde iba a verlo a Calígula a Villa Crespo a casa de Pato y nos salíamos a la terraza a corretear moscas y querernos gato y persona y no entender nada de nuestra separación, de las mañanas pasadas en Palermo con Ana tomando mate y deshilando deshilando, de los días que llovía entre las cañas del balcón, de mi leve temporada en Ecuador y Beruti, de las pizzas que encargaba para llevar a Solís, de las noches de escribir, del día que me fui a Chile. Me gusta mirarme de lejos y verme entonces, tan respirada de haberme escapado, tan San Telmo, tan con intenciones, tan encaminada y desencaminada y no me gusta nada verme de cerca, tropezando mil piedras con la misma vez. Quiero volver a ese taxi bajo el sol porteño, quiero sostener mi intención subiendo por Juncal, año arriba, hasta este diciembre en el que no me tomo ningún taxi para llegar a ninguna parte.

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