miércoles, diciembre 29, 2010

Sara Gallardo frente a Sara Gallardo

Revista La Nación, 11 de septiembre de 1977

Es difícil evitar la tentación de hablar de su belleza y de su simpatía. Mientras, inclinada sobre la baranda de su balcón, sigue dócilmente las indicaciones del fotógrafo, uno admira la gracia de un rostro de reminiscencias morunas. Para sustraerse a ese magnetismo, que va acompañado por una cordialidad honda, que nada tiene que ver con la simpatía deliberada, conviene concentrarse en el motivo de la entrevista; recordar que Sara Gallardo es autora de cuatro novelas: “Enero”, “Pantalones azules”, “Los galgos los galgos” y “Eisejuaz”, y que ahora acaba de publicar un volumen de cuentos, “El país del humo”.
El fotógrafo termina su tarea y la puerta del balcón se cierra. Sara se sienta. De cerca, se advierte que su figura está como gobernada desde los ojos oscuros, que brillan entre los pómulos muy marcados.
—Leí El país del humo y me llamó la atención la veracidad de todos sus personajes masculinos. Pareciera que su visión del mundo masculino no fuera la de una mujer, sino precisamente la de un hombre.
—Es la primera vez que me lo dicen. Pero creo que hay algo de razón en su comentario. Desde chica me quedó grabada una observación de papá acerca de la novela de una autora que no viene al caso mencionar. Dijo: “¡Que bueno es este libro, parece escrito por un hombre!”. No sé cuánto de machismo había en esa afirmación, pero desde entonces la bondad de las obras literarias quedó ligada para mí a su carácter “masculino”.
—Una impresión totalmente reñida con el feminismo.
—Hasta cierto punto. A las feministas no les gustan las muñequitas de lujo, ni las monerías supuestamente femeninas. Rechazo cierta imagen, o cierto aspecto de lo femenino. Siento horror por la histeria, la crueldad y la coquetería “femeninas”.
—¿Qué rasgos femeninos estima?
—Aprecio la hipersensibilidad. La literatura escrita por mujeres necesita de un vigor viril. Ese rigor debe estar al servicio de la hipersensibilidad, como lo está por ejemplo en Virginia Woolf, una autora exenta de afectación. Me gusta crear personajes masculinos. Por otra parte, ya de chica tenía un estilo de juego que no se avenía al tradicional de las mujercitas. Por supuesto, tenía muñecas, pero me atraía mucho más jugar a los pieles rojas, a los árabes, imaginar que las bicicletas eran las carpas en el desierto. Además, me encanta todo lo salvaje. Los caballos me apasionan. No me pierdo los desfiles y me emociono cuando pasan los granaderos. Me gusta lo épico en la vida y la literatura. Demás está decir que una de mis lecturas preferidas es La Ilíada.
—El título de su libro de cuentos no es el de ninguno de los relatos que lo componen. ¿Por qué lo llamó así?
—En realidad, escribí un cuento llamado El país del humo, que originariamente integraba el volumen, pero después lo retiré. Le puse ese nombre a mi libro porque mis cuentos tratan sobre América, sobre Latinoamérica. Y el país del humo es para mí la tierra americana. Es un continente que parece perdido en el tiempo, en el que las huellas, las personas, parecen borrarse ene extensiones tan vastas como desoladas.
—Esos relatos son muy tristes, desgarradores, por momentos.
—Parece que ésa es la impresión que les causan a todos los que los leen. En realidad, los escribí en una época bastante terrible de mi vida, entre los años 72 y 75. Después me fui a vivir transitoriamente a Córdoba, me mudé varias veces y perdí el original.
—¿Dónde estuvo viviendo?
—Pasé gran parte del tiempo en El Paraíso, la casa de Mujica Láinez, en una especie de pabellón de caza transformado en sala de esgrima, o al revés. De cualquier modo, allí vivíamos con mis hijos. Debo decir que este libro ha aparecido por la insistencia de Mujica. Por él busqué el libro perdido, lo encontré y lo corregí. Mujica me ayudó en las correcciones, me hizo comentarios, críticas, elogios.
—Uno de los cuentos, Georgette y el general, guarda el estilo de los cuentos de Mujica Láinez.
—Es cierto. Podría haberlo escrito él. Pero lo curioso es que lo escribí antes de ir a vivir a su casa. El país del humo ya estaba terminado cuando me fui a Córdoba. En cuanto a ese relato, me parece muy divertido.
—Seguramente debió documentarse en alguna fuente más oral que escrita, supongo.
—Vulgo, chisme. Es cierto. En cambio, sí debí documentarme en fuentes más eruditas para Una nueva ciencia, donde hablo de la influencia de las de las nubes en el destino. Leí unos cuantos libros sobre Risorgimiento. Estudié mucho para hacer El país del humo. Releí Kipling y, además, me sirvieron otras lecturas ocasionales como la de Spoon River Anthology, de Lee Master, que reconstruye la historia de un pueblo por medio de los epitafios del cementerio.
—En todos sus libros el campo y la vida animal ocupan un lugar muy importante. En cierta oportunidad Victoria Ocampo señaló que usted era una de las escritoras argentinas que mejor describía los árboles y los animales. Por supuesto, vivió en el campo.
—El campo, las plantas y los animales fueron siempre una pasión familiar. En mi familia abundan los naturalistas. El Museo Ángel Gallardo lleva el nombre de mi abuelo. Por otra parte, papá tiene un campo, cerca de Chascomús, donde, con mis hermanos, pasábamos largas temporadas durante los veranos. Arreábamos vacas, ensillábamos caballos, salíamos a hacer cabalgatas. Ése es el origen de muchos de mis relatos que tienen como escenario y como tema el campo legendario. En El país del humo un catequista se enfrenta con un caso de licantropía, con un lobizón. Se trata de una leyenda; pero, en cambio, no es leyenda que yo vi como catequizaban a los indios en el campo.
—Al mismo tiempo, se percibe en su obra cierto gusto por los mundos cerrados.
—Hasta cierto punto me atraen esos climas herméticos. Estoy acostumbrada a la soledad desde la niñez. De chica fui asmática. Y un chico asmático vive muchas horas de vigilia nocturna, solo. Entre las 2 y las 5 de la madrugada espera la asfixia, la teme, la combate. Mientras todos duermen el asmático libra una batalla contra la asfixia. Uno tiene un horario propio, el de la enfermedad. Los chicos no sufren tanto como los padres porque pueden pasarse esas horas contándose historias. Ahí debe haber nacido mi vocación literaria. Por otra parte, una enfermedad de este tipo tiene sus ventajas: me mimaban mucho, me compraban libros, me hacían regalos. Papá se pasaba horas leyendo junto a mi cama.
—Usted se ha referido a la soledad. El país del humo está dedicado a uno de los grandes solitarios de Buenos Aires, un solitario que ha muerto, Héctor Murena. Pero todos sus libros, éste más que ninguno, están poblados de solitarios, de marginados. Y, por si fuera poco, el último cuento de la serie se llama precisamente Un solitario.
—Necesito la soledad para pensar, para escribir. No se puede escribir rodeada de gente. Es cierto, no lo había notado, pero la unidad de este último libro está dada, entre otras cosas, por el hecho de que la mayoría de los personajes son solitarios o desterrados. El protagonista de Un solitario, casi ni es preciso que lo aclare, me fue inspirado por la figura de Murena. Es un hombre que lentamente se va hundiendo en la soledad, pero que necesita mantener un hilo de comunicación con los otros. Ese débil hilo lo encuentra primero en un restaurante, después en un café donde halla una camaradería viril con los parroquianos. Ese cuento lo leyó Murena antes de morir. No sé como pude dárselo a leer. Yo sabía que él estaba muy enfermo, él también lo sabía, pero yo me obstinaba en negarlo, en darle a leer esas páginas en las que refiriéndome a la soledad digo, por ejemplo: “Tocaba su muerte en aquel silencio”. A Murena le gustó mi cuento. Era casi una profecía. Un solitario termina con una frase que es el resumen del relato, pero también el anuncio de algo: “Algo estaba empezando”. Lo que iba a empezar, lo que iba a pasar fue la muerte de Murena.
—Pero su vida no es la de una solitaria.
—No, no lo es. Tengo cuatro chicos. Se ha producido un gran cambio en mí. Antes sólo lograba comunicarme con algunas personas, con las que más me interesaban, por ejemplo con Murena. Es como si antes hubiera contemplado la realidad a través de un vidrio que me permitía ver lo que pasaba detrás de él, pero que al mismo tiempo me separaba de la vida. Ahora es como si ese cristal se hubiera roto. En la adolescencia, y también en la juventud, vivía en un clima enrarecido. La soledad me gusta, pero también me da miedo. Porque la soledad puede terminar en la locura. Ser madre, ocuparse de los quehaceres de la casa, de la vida cotidiana, me vuelve al mundo de todos los días.
—Esa misma observación la hace Maurice Blanchot. Dice que el escritor se ve obligado a escribir un diario, o a ocuparse de cosas mínimas, para no perderse en el vértigo de la escritura, o quizás en el delirio.
—En mi caso ahora ya no hay peligro de que eso ocurra. Estoy trabajando en La Cumbre en una escuela para chicos que funciona en cuatro casas con varias chimeneas que llenan los edificios de humo, hasta el punto de que uno de mis hijos me preguntó el otro día: “Mamá, ¿El país del humo es el colegio, no?”. Pero por otra parte también escribo. Mi nuevo libro se va a llamar Las águilas. Estará integrado por retratos de artistas (de solitarios, otra vez). Las águilas son esos seres de fantasía, maravillosos, que pintan, escriben, componen, pero que para vivir deben trabajar en redacciones, encontrarse entre sí una hora al mediodía, entre dos horarios de diarios. En ese lapso hablan de temas espléndidos, con imaginación, inteligencia; pero nuevamente deben salir a la calle para encerrarse en las oficinas. Las águilas, como se ve, es un título irónico, un poco cruel. Las águilas se ven reducidas a eso.
Y mira de nuevo hacia la ventana, después hacia la máquina de escribir, porque probablemente deba redactar un artículo para una revista, o una charla. En verdad, las águilas también conceden entrevistas, pero las delata el súbito fulgor de los ojos, o el aura de soledad orgullosa con que las envuelve la noche.

martes, diciembre 28, 2010

Un amigo en las Ciudades

Para Nico
Nunca me había sentado en un banco del Parque Lezama a la tardecita a ver la gente pasar, a charlotear con los pies subidos al verde, a acariciar a los perros paseanderos, a descansar por unas horas del dolor que me da vivir y hacerme la ilusión de que pertenezco. Y a respirar bajo el calor de la primavera que se acaba palmeras, patas de buey, tipas, palos borrachos, jacarandás, ombús, ceibos, que dan sombra a los que juegan al ajedrez o al backgammon tejiendo sus recuerdos futuros, mirándose a los ojos confiados al cariño mutuo como yo ahora te miro a ti mientras cuentas tu comienzo de vida en Buenos Aires, tus ansias de tenerla entre los brazos a la Maru, los vestidos que miramos para ella, las calles hasta aquí desde Plaza de Mayo que buscas en la Guía T.
Desde una mesa al lado de las ventanas que dan a la calle Brasil en el Británico, miro en escorzo Mi Espejo y veo reflejada por detrás tu cabeza. Pienso. Cierro los ojos. Se me despedaza por dentro el párpado. Rezo. Desde una mesa del Británico, en el lado que da a la calle Brasil, que pudiera ver reflejada por detrás su cabeza en el Espejo.
Una ciudad y una vida son menos escupidoras, más amables, en la Ciudad con un amigo al que llevar a la Giralda y garabatear una servilleta con lo que quedó de ristretto en la punta de la cucharilla mientras él negocia sus horas de amor. Una ciudad y una esperanza de no odiarme son posibles en las Ciudades con un amigo que en moto nos cruza los puentes o nos lleva al Parque Sarmiento por la noche a ver las luces desparramadas de Córdoba mientras tras los árboles la cumbia es el verano de los otros y yo me siento más sola aunque esté más arropada sabiendo que para alguien esta vista será marco, recuadro y luz de noche trascendente y para mí es trascendentalmente un respiro dentro de la noche de mi mal. Con un amigo que me trepa por la cintura a la rama de un algarrobo es más fácil la Ciudad y es más fácil estar viva, a pesar de mi corazón maldecido a punto de estallar, es más apacible y menos sangre removida buscar en el fondo de la Cañada el agua cordobesa, caminar Corrientes abajo hasta el Luna Park, con sandalias y el mundo de dos días en el bolso, hacer la cola para Dolina. Y yo, que soy capaz de toda la maledicencia contra el mundo y de toda la piedad sobre el mundo, mientras me pides cuchilla en mano que te arregle la barbilla, vislumbro, al fondo de mi alma, algo que debo haber hecho bien en la vida para ganarme este afecto. Así, otras Ciudades me esperan allá abajo, gracias a ti que me prestas lo que te sobra de las ganas de estrenarte el mundo como sombrero de gala. Así, me doy tregua porque no tengo que caminarme Sola las ciudades, porque voy contigo.

domingo, diciembre 26, 2010

El cielo austral

Es todo terreno la aflicción: se sube a los aviones, se embarca hacia los mares, se trepa los escalones de los bondis y de los museos. Es derrotable, la aflicción: sólo hay que dejarle espacio al mundo, sola la mente sola se solaza y se consuela y se conmueve, se sienta en el peldaño de piedra hacia la luna llena, se gira hacia un Orión alto que aún no se inclinó sobre la montaña, se transmuta al encontrarse consigo misma en esa misma montaña, se santifica ahuecada por el amor de los otros. Este lugar, despojado de su carga, despojado de mi extravío, es otro lugar, bendecido por Betelgeuse y esta semana de luna llena sobre el camino, y ahora me puedo querer unos centímetros, y aquí sueño que dibujo un monstruo de la Vega y le pinto trazos verdes a las patas y hay un hombre que se sonríe al ver mi bicho y me quiere, cara al sol. Y al despertar y ver el techo inclinado de madera me agradezco el haber venido a reconciliarme conmigo misma, a terminar de destruir aquella yo enfermada que fui, a intoxicarme de perdón, a dejarme el pastel de mi mundo entero para mí. Pero es todo terreno la aflicción, y tiene colmillos, y me quiere mal. Tengo que mandar a Orión a que le persiga las Pléyades.

miércoles, diciembre 22, 2010

Macedonio

Desde que ella latió en mi luz todo hombre me parece una maquinita de vivir, un algo, esto, aquello, alguna cosa.
¡Y seré yo, hombre sin camino, quien rehaga tu luz y te haga otra la vida!

lunes, diciembre 20, 2010

El tormento está donde está el siempre

A veces entro dentro, traspaso un umbral y allí chapoteo en la ciénaga. Nunca sé ahí dentro qué es cierto y qué no lo es, qué cosas me imagino y que cosas son sin que las imagine, pero claras y distintas me leo las verdades que me dicto por dentro y es así y la ciénaga es no saber si es así o no es así o si sólo de mi alienación nace mi inteligencia. Me dejo hundir. Me da una única salida de matarme, al ver en perspectiva la vida así, deteriorada, el brillante torbellino de mis pasos de baile públicos, el andar incansable solitario de mi baile privado. Me entrego mi tristeza, hecha un bollo de la mano a la otra mano, como un escorpión dentro de un papelito, y entonces en cualquier lugar o el metro un dolor me sube y no me conmueve porque me asesina, desde el ojo hasta la gana, y todos los fangos son míos y no quiero a nadie. Mi vida me vomita su vida encima, y yo que me entrego a todos los volcanes me hago cueva en mi propia cueva. Yo no pertenezco, ni cronología tengo, toda la muñeca escacharrada llevo de atarme a esa forma de ser todas mis nadas o cualquier nada que no sea mía, me agoto el recurso, me avergüenzo de todas mis cosas, y de pronto me crece la rabia de lo feo que pasó, y de pronto me vuelve al hambre de ocupar espacio, y de pronto matadme, porque soy incapaz incapaz de tener por país un lugar que no esté debajo de una mesa.

domingo, diciembre 19, 2010

Me quedaré entre el sol y mi corazón

Son las once de la mañana y es domingo y en el Botánico hay gente que camina agarrada a su botellita de agua como sujetando la seguridad de poder ser y esa falta absoluta de confianza en la bondad de los otros y esa falta de hambre por lo inesperado, les reverbera el sol en el plástico en castigo. Dos muchachos toman mate en el banco de mi lado y daría mis vaqueros rotos por un convite. Dos señoras hablan de que el escalope les sale grasoso y en cambio la milanesa y la suprema. El tráfico de Plaza Italia le compite a los pájaros el ruido. La acacia holandesa se hace un verde muy parecido al verde provocado que vi anoche en el césped Thames y Paraguay. Hay un gato que camina confianzudo las vereditas y me mira directo a los ojos, pecho blanco, atigrado el lomo, ojos verdes como el trigo verde. Me voy de paseo y me siento en el suelo en la intersección de los caminos cerrados; me viene a ver de nuevo el mismo gato aunque pasa aparentemente indiferente por mi vera. Me tumbo al sol en un banco delante de la Pureza, frente a Las Heras, sueño tanto que soy linyera que lo soy en un banco al sol y despierto no pudiendo ser ni linyera ni nada, sólo una muchacha muy ensuciada y mal dormida que tiene que acicalarse para ir a almorzar rodeada de tapices tailandeses y estatuillas japonesas.

sábado, diciembre 18, 2010

El espejo del Británico

En cuántos espejos te busqué
espejo único del Británico
al que un barco nunca me acercó,
en el que las luces apagadas de ese barco
nunca me dolieron la mirada
ni el amor.

Primavera porteña

Alguna vez recordé una noche todavía sin verano pero con el calor en las plantas y las veredas de la Recoleta, los niños que vendían flores a las tres de la mañana, diciembre y Buenos Aires y un nosotros en el que tú aún estabas y me mostrabas la ciudad que te mordía y que odiabas. Alguna vez recordé una tarde de San Telmo con las orquestas típicas del día del tango, otra de Costanera en que bailamos o nos quisimos de la mano, al amor de mirarse, diciembre en Buenos Aires cuando nosotros mismos éramos niños y crecían salvajes las hojas de ese árbol gigante al lado del cartel Vicente López.
Cuántas veces olvidé nosotros una noche o mi primer jacarandá, mi primera alameda de ladrillo machacado, mi primera Avenida Alcorta, mi primer 60, nuestros nosotros estrenados bajo la Cruz del Sur. Es ahora en la ciudad desalojada de aquellos nosotros en la que se me lavan los recuerdos de sus olvidos y veo, limpísimo, seis años después, diciembre en Buenos Aires.

viernes, diciembre 17, 2010

Cómo no medirme en ti, ciudad, si soy tu espejo

Buenos Aires es el mundo. Donde él una noche me dice Madrid intoxicado, donde el sol me aplasta con cariño. Esta ciudad la sangré, lo recuerdo en Defensa y Alsina, cuando la casa de la esquina la encuentro remozada, encalada y balconeada. Pescaditos que se trenzan ahí en mis ojos o en mi boca en la parte del amargor y ya no hay remedio. Venir es remover y ponerme ante un espejo que no es el espejo picado de mosquitas de Madrid, aquí me mido sola en los anillos que lleva la gente en los dedos, aquí me mido al bajarme en el Bajo del 152 antes de tiempo para cruzar Plaza de Mayo en el anochecer y dejarme arrastrar por una ola aquí fui, donde le cuento a Buenos Aires los cambios en las rejas de Casa Rosada cambiadas de sitio, en las calles de Montserrat frontera con San Telmo lavoteadas en sus lo que que ve la suegra. Buenos Aires soy yo, la ciudad que sangré de calle a bondi y que bendije con mi amor irresoluble, donde me mido mi yo apuntalado frente al Congreso o en las seis cuadras Villa Luro del Sarmiento a los mates del Negro Docampo. Y mi memoria se abre florcita a los nombres de las paralelas y las perpendiculares, a los números de los colectivos, a las cafeterías en las que me pido lágrimas en jarrito y me recogen  al amor de sus vapores café tras sus ventanales de esa promesa que me hace la ciudad de que si vuelvo. Buenos Aires es mi mundo recogido, mi vocabulario, las garrapiñadas en la puerta del San Martín, los rincones recuerdo. Cómo no medirme en ti, ciudad, si soy tu espejo.

domingo, diciembre 12, 2010

Clarice Lispector por María Esther Gilio

Las escolas de samba de Salgueiro y Portela, con toda la voz que tienen, más la que les suman los amplificadores, rivalizan desde dos disquerías separadas por veinte metros de asfalto cubiertos totalmente de VW. Un heladero grita “Kibon” batucando sobre la madera del carrito. “Kibon que é, foi e será bon”, y los termómetros marcan 36°, pero, ¿a quién le importa? Es domingo y el mar está allí nomás, verde y fresco. Andadas de muchachas sin zapatos y casi ninguna otra cosa saltan entre los autos, en camino hacia el agua. Mientras espera la luz verde una pareja se besa como si estuviera en el preludio de lo que las leyes púdicamente llaman la “conjunción carnal”. Con el verde que se enciende se apaga el beso. Toda la pasión se concentra en el acelerador y el auto arranca chillando. El aire está lleno de gritos de niños, romper de olas, ruido de motores, voces de pájaros, bocinas y ritmos de zambas. Con el carnaval que viene llegando las músicas recién nacidas invaden las calles de Río. “Vou morar no infinito, vou virar constelaçao”, repite una y otra vez entre dientes el taximetrista que me lleva. “Está realmente con ganas de volverse constelación”, le digo. Me mira riendo con su cara canela y brillante. “Me gustaría, allá nadie trabaja”, dice y se vuelve tamborileando con los dedos sobre el volante. “ ¿Usted busca el 300? Es aquí”.
Un edificio de color ceniciento, impersonal y antiguo. No era la casa colonial, rodeada de palmeras y cubierta de enredaderas que había, no sé por qué, imaginado. Atravesé corredores silenciosos y brillantes de cera, iluminados por una luz artificial, amarillenta y escasa. De la vitalidad agresiva de afuera no llegaba hasta allí más que una masa indiscernible de sonidos apagados. Clarice misma me abrió la puerta y me hizo pasar. La melancolía de los corredores se prolongaba adentro a pesar de la ventana grande, pero cerrada sobre la calle ruidosa. Todo hacía pensar en un pasado brillante y amado que no se deseaba olvidar. Los viejos sillones de estilo, las mesas y mesitas de madera labrada, los dibujos, las esculturas, los cofres y cajas de bronce o porcelana. Y ese color que da a las cosas el mucho tiempo y el cariño. Si no hubiera sido por los chillidos de los pájaros y la gran mancha de luz filtrándose a través de persianas y cortinas habría pensado en el living de una casa del norte de Europa, inolora y melancólica. Me senté en un sillón, preparé mis cosas y esperé que ella se sentara a su vez. Pero ella daba vueltas tras un perro viejo y consentido al que hablaba con tono pausado, monocorde y un poco ausente. Pensé que parecía muy cansada y desde hacía mucho tiempo. Finalmente se sentó y me miró con unos ojos grandes y fijos. Los mismos que reproducían varios retratos suyos colgados entre paisajes y naturalezas muertas. Las técnicas y la edad de las modelos variaban, pero los ojos enormes y fijos eran siempre los mismos. Tenían ya, hasta en sus días más lejanos, ese aire desdichado que hoy se mezclaba con el del tedio. Desde antes de empezar sabía que no hablaría fácilmente. Y así fue. Durante una larga media hora hilvanamos frases divagantes sobre Río, el calor, el carnaval, el perro, los perros. Buenos Aires, el frío y otra vez el perro; un fox terrier muy astuto que se complacía en manejarla. Una y otra vez volvía a mi memoria la historia de Eloy Martínez sobre los periodistas que luego de pasar dos horas con ella, llegaban a su mesa con una cinta donde sólo se escuchaba el sonido de sus propias voces. La primera pregunta, entonces, debía ser construida de manera tal que si ella no daba con la respuesta adecuada quedara entrampada, en mis manos.
—Su fama en Buenos Aires parece no coincidir con usted misma.
—¿Por qué? —dijo fijando en mí sus ojos castaños.
—Bueno, se dice que usted es evasiva, difícil, que no habla. A mí no me parece así—dije y esperé un bendito “No soy así, no, por supuesto, no soy así”.
—Evidentemente tenían razón.
—¿Entonces?
—¿Usted conoce mis libros? Todo está allí.
—Sus libros me han dejado llena de interrogantes.
—Seguramente yo no podré aclarárselos.
—Bueno, habrá algunos que sí podrá, cuándo empezó a escribir, por ejemplo. Me miró sonriendo.
—Esa pregunta no puede haberle surgido de la lectura de mis libros.
—No, en realidad, era una manera de entrar en materia.
—Encontraría la respuesta en cualquier biografía mía. Empecé a escribir a los 7 años.
—Me pregunto sobre qué escribía una niña de esa edad. ¿Hadas, brujas, piratas?
—No, no. Eran cuentos sin hadas, sin piratas. Y por eso ninguna revista quería publicarlos. Yo los enviaba, pero no los publicaban. Porque no se referían a hechos sino a sentimientos. Ellos no quería eso, querían historias donde ocurrieran cosas.
—¿Sentimientos? Pensando en la edad que tenía me cuesta imaginarlo. Deme un ejemplo.
—No, no puedo, no me acuerdo. A los nueve años escribí una pieza de teatro, pero sentí un gran pudor y la escondí.
—¿Cuál era el tema?
—El amor... Tuve vergüenza.
—Usted es rusa.
—Nací en Ucrania, llegué a Brasil cuando tenía dos meses.
—Estaba pensando en su acento, en las erres. Son muy extrañas. ¿Le viene del ruso? Aunque parecen francesas.
—Simplemente tengo frenillo. Podría solucionarlo con una operación bastante simple, peor tengo miedo. Por otra parte mis erres no me molestan; vivo con ellas desde que nací.
—Sus erres me parece que dan origen a algunas de las leyendas que la gente teje en torno suyo.
—Sí, muchos lectores me escriben preguntando si soy rusa o brasileña. Soy brasileña, claro, sólo que no nací en Brasil. Mi infancia transcurrió en Recife. 
—Es muy brasileña, entonces, es nordestina.
—Sí, eso es. Es muy importante para mí haberme criado en Recife. 
—¿En qué sentido?
—El nordeste es más profundamente brasileño que el sur: Río o San Pablo. Está más ajeno a influencias extranjeras —dijo, y volvió a fijar sus ojos en mí, aunque no como las otras veces, sino mirándome realmente.
—Le gusta pensar en Recife.
—Sí, de allí son mis canciones predilectas, las canciones que más amo.
—En una entrevista que le hicieron aquí, en Brasil...
—¿Una entrevista? Son tan escasas, casi no existen.
—Se trata de una especie de entrevista que prologa una selección de textos suyos.
—Sí, ya sé a qué se refiere —dijo y se levantó. A los pocos minutos me alcanzaba un libro. Allí, en un trabajo que Renato Carneiro Gómez denominaba Texto-Montaje, Clarice respondía a varias preguntas, al correr de la máquina. “Aquí tiene —dijo señalándome un párrafo— mi actitud frente a las entrevistas”. El párrafo era casi un acápite del trabajo. Decía: “No me gusta dar entrevistas; las respuestas me constringen, me cuesta responder y, todavía, sé que el entrevistador va a deformar fatalmente mis palabras”.
—Sí, eso ya lo sé ahora por experiencia. Las entrevistas no le gustan... pero yo querría hablarle de esta pregunta que le hace Carneiro aquí: “La gente nace para alguna cosa de la cual vamos tomando conciencia a medida que transcurre nuestra existencia. ¿Para qué naciste, Clarice? Usted responde largamente. Sintetizando, dice que nació para tres cosas: amar a los otros, escribir y criar a sus hijos. Recordaba esta respuesta suya y lo que quería preguntarle ahora es si considera que se relaciona bien con los demás.
—Más o menos. ¿Por qué?
—Pensaba cómo se conciliaría esa vocación suya de amar y “recibir algunas veces un poco de amor en cambio” y su reticencia en los contactos personales, por lo menos conmigo ahora y con otros periodistas otras veces. 
—Soy tímida, muy reservada.
—Y muy ajena al mundo que la rodea, ¿o no? Usted me mira fijamente cada vez que le hablo pero yo siempre pienso que no me ve, que más bien está asomada sobre sí misma.
—Puede ser. Pero no estoy ajena al mundo que me rodea. Llévese este libro, en él va a encontrar esa respuesta y otras.
Tomo el trabajo de Carneiro en el libro: “Soy una persona muy ocupada: cuido del mundo. Lúcidamente apenas hablo de las miles de cosas y personas de quienes cuido. Pero no se trata de un empleo, pues dinero no gano con eso. Quedo apenas sabiendo cómo es el mundo”. Y luego: “Es que yo nací así, incumbida. Y soy responsable por todo lo que existe, incluso por las guerras y por los crímenes de leso cuerpo y de lesa alma. Incluso soy responsable por el Dios que está en constante cósmica evolución para mejor”.
—Al leerla me he preguntado, muchas veces, si cuando escribía pensaba en sus lectores posibles.
—Cuando escribo no atiendo a los lectores ni a mí.
—No pretende, en definitiva, comunicarse con alguien concreto.
—No, sólo atiendo a lo que escribo.
—¿Y cuando la obra está terminada?
—Cuando está terminada y publicada entonces sí pienso en el lector. 
—Piensa en su relación con el lector.
—Aunque la obra ya no me parece mía. Aunque la siento separada, ajena.
—Tal vez por eso justamente puede pensar en esa relación. ¿Y cuál es en general su conclusión, considera que se comunicó con el lector?
—Creo que hay comunicación, que me comuniqué.
—Sin embargo una parte de su obra es bastante impenetrable, zonas de su obra. No los cuentos, en los cuentos usted es muy clara y tiene un gran poder de comunicación. Las zonas oscuras pertenecen fundamentalmente a las novelas. Por lo menos yo lo siento así.
—Sé que algunas veces exijo mucha cooperación del lector, sé que soy hermética. No querría, pero no tengo otra manera. Del trabajo de Carneiro: “Muchas veces tomo un aire involuntariamente hermético que me parece bien idiota en los otros. ¿Después que la obra está escrita podría fríamente tornarla menos hermética, más explicativa? Pero es que respeto cierto tono peculiar al misterio de la creación no sustituible (ese misterio) por claridad alguna?
—Vuelvo, entonces, a su necesidad o vocación de dar amor... Su lejanía, su natural misterio dificultan seguramente esa posibilidad. La mayor parte de lo que escribe es para élites, ¿no cree?
—Ya no. Durante mucho tiempo escribí para pocas personas. Ultimamente soy cada vez más popular. Creo que estoy de moda. Hay gente que me imita.
—¿Mujeres?
—¿Por qué mujeres?
—Su literatura es esencialmente femenina. Pensaba que sobre todo las mujeres se sentirían inclinadas a imitarla.
—Usted cree que mis libros no podría haberlos escrito un hombre.
—Como los de Emily Bronte o Carson McCullers o Katherine Mansfield.
—Yo también creo eso, pero no me imitan solamente las mujeres, sino escritores jóvenes en general dijo, y quedó un momento callada acariciando al perro. Y finalmente: “Ellos toman todos mis defectos”.
—¿Cuáles son sus defectos?
—Manierismos que me limitan y los limitan sin necesidad para ellos.
—¿Cuáles por ejemplo?
—Nooo.
—¿Por pereza? 
—Soy muy perezosa —dijo sonriendo apenas.
—Al leer sus novelas a veces siento que usted vive a través de ellas fantasías que le son muy entrañables. Experimento cierto pudor por la impresión de estarla espiando por una cerradura. 
Sin mirarme asintió con la cabeza. Insistí.
—¿Está de acuerdo? Fijó los ojos en mí y volvió a asentir con la cabeza.
—¿Está de acuerdo?
—En la primera parte que dijo estoy de acuerdo. En cuanto a la segunda...
—Hay cosas en sus libros de las que me gustaría hablar con usted. Cosas que usted dice de algún personaje femenino. Mire aquí en Manzana en lo oscuro. Escúcheme, página 119: “Lo que no quería decir que no fuera dueña de sí. Pero, como si ignorase imparcialmente la importancia del acontecimiento, tenía tiempo para tomar varias actitudes que parecían quitar esa importancia: arreglaba sus cabellos, como si su peinado fuera indispensable, hacía una boca pequeña y unos ojos grandes como en el dibujo de una mujer inocente y amada, recreando con mucha emoción amores célebres. Mientras tanto, por dentro, desfallecí perpleja. Es que sabía que estaba arriesgando mucho más de lo que superficialmente parecía: estaba jugando con lo que sería más tarde un pasado para siempre”. Dígame algo más de esto que dice aquí. 
Dijo “Yo no hablo”, con un aire tan desvalido, que me vinieron ganas de reírme.
—Dios mío, qué mezcla de cosas. Ahora parece una niña. Está bien.
—No sé criticar mis cosas. No soy autocrítica. No sé explicar.
—¿Se resiste?
—No me interesa. Un libro después de hecho, no me interesa. Estoy cansada de él.
—Como si no lo quisiera, como si no le importara perderlo.
—Una vez hecho ya no es más mío. No puedo perder lo que no me pertenece. Guardo en la memoria recuerdos: algunos recuerdos de mis sentimientos mientras lo escribía —dijo, y llamó al perro que giraba en torno a mi sillón y me olfateaba. Pero el perro era sordo a sus llamados y se escurría cuando ella extendía una mano para arrastrarlo a su lado. Esperé que llegaran a un acuerdo. Este se produjo finalmente cuando el perro se desinteresó de mí y, eludiendo la mano que intentaba apresarlo, volvió con ella voluntariamente.
—Me gustaría verla escribir. Me miró sorprendida pero no dijo nada.
—Quiero decir que me gustaría ver cómo va hilvanando tantas y tantas cosas. Se tiene la impresión de que las ideas no tuvieran ningún proceso de elaboración, de que le llegaran a la cabeza como un río.
—Cuando estoy trabajando escribo de mañana; de tarde tomo notas. De las ideas que se me van ocurriendo. Me viene una idea y la apunto. Al otro día la traspongo al libro. Pero, por supuesto, la mayoría a medida que escribo. Escribir, para mí es una manera de entender. Escribiendo comprendo. A veces tengo la sensación de que escribo por simple curiosidad intensa. Es que, al escribir yo me doy las más inesperadas sorpresas. Es en la hora de escribir que muchas veces me vuelvo consciente de cosas que no sabía que sabía.
—Daniel Moyano me dijo en una entrevista una cosa parecida: “Empecé a escribir para entender esa ciudad monstruosa que era para mí Córdoba” —le dije. Y esperé su respuesta complaciente: “¡Ah sí, a mí me ocurre lo mismo!” Pero ella no dijo nada. Ni siquiera sé si me oyó. Se puso de pie y dijo:
—Tal vez vaya a Buenos Aires este invierno. No olvide llevar el libro que le dí. Allí encontrará el material para su nota.
Muy alta, con el pelo y los ojos castaños, en mi recuerdo llevaba un vestido largo de seda marrón. Pero tal vez me equivoco. Cuando salíamos me detuve junto a un retrato al óleo de su rostro.
—De Chirico —dijo antes de que le preguntara. Y luego, junto al ascensor: “Discúlpeme, no me gusta hablar”.

sábado, noviembre 27, 2010

Sin Dios y sin vos y mí

¿Te acuerdas de tu peor miedo? Pues aquí lo tienes, delante tuya, desnudo, desplumado de su adorno, cumplido, después de hacerse fuerte ante tu puerta se te adentró adentro de la casa y soberbio se presenta, seguro de que seguirá creciendo, pichón alimentado por tu mano. ¿Te acuerdas de tu peor miedo? Este miedo que presentiste hace años, ante el que meneaste la cabeza, segura de que no te llegaría y sin embargo segura de que ya estabas poseída de su estrella, aquí lo tienes, ya caminó el camino hacia tu encuentro, calle Corrientes; queda mucho tiempo para que suene su hora y sin embargo él está preparado, listo, ya. ¿Qué harás, con tu peor miedo? ¿Masticarlo, romperte la mandíbula contra él inalcanzable, ignorarlo y seguir, cadáver? O dejarlo equivocarse. O dejarlo envanecerse. O plantarle batalla (pero sabe que te derrotará). Tic tac, dice, mientras te los mira, los ojos. Tic tac, dice, mientras le calibras el calibre. Y sabes. Sabes que no lo sacarás a patadas, que lo invitarás a acostarse tras la puerta y le acariciarás la cabezota mientras le dices que sí, que es así como será, pero que no sea más miedo, que ahora ya puede estarse tranquilo de ser certeza y cambiarse en doméstica la apostura.

viernes, noviembre 19, 2010

The biggest lie

Qué tentación más grande pensar que se puede empezar todo de nuevo desde el principio, como si no se quedara empañada esa nada parecida al alma, como si no lleváramos por dentro las carretas cargadas de bueyes dolores y mentiras constatadas. Qué premura de huir hacia los brazos de la esperanza de que sí, se puede, llegar al lugar donde lavados y amortajados nos dejarán seguir en pie y bebernos cada día la anestesia nuestra de cada día. Qué estúpido pensar que el agua hervida se puede deshervir o lavotear para cebar buen mate. Qué ingenuos los bautismos: cuando nos echan el agua, no nos quitan la escafandra. Qué ternura esperar que en algún lado de la vida haya una lavadora en la que entremos manchados y salgamos redentos. Qué tentación más grande mentirnos bajito por detrás del oído la nana del mañana el monstruo no seguirá allí. Qué desconsiderado el mundo por dejarnos creer en las quintas oportunidades. Pero qué pequeños se hacen los dolores desde esa mentira de los mundos nuevos, qué fiesta el engaño, qué felicidad el recomienzo. Póngame una docena.

jueves, noviembre 18, 2010

Il faut tenter de vivre

A veces la vida se espesa como dulce de membrillo, y no hay forma de devolverle su hermosura, ni a las lágrimas ni a punta de pistola-corazón. Que un rayo nos parta en ese momento en el que la vida se concentra tanto en su disolución putrefacta, en ese instante en el que todo se para y ves en su delante y su detrás lo que sucede, lo inalterable del transcurso, el adiós desde lo bonito cadáver, desde la muerte metida en caja repujada bajo tierra. A veces la vida te da palmaditas en la espalda y te dice cínica Hay que seguir. A veces no le importa apestarte el salón, a la vida, con su actitud intento, con su facha sucia de desvergonzada ladrona, escalpelo cortatesoros en mano. A veces la vida desde el estribo de su tren te escupe mientras te abandona en tu tren en sentido contrario. Bon voyage, yo volveré y tú no, se te ríe. A veces fea desdentada la vida intenta enseñarte lecciones cuando de una guantada podemos devolverla muñeco a su caja mientras la amenazamos así: Espésate, puta, a tu afán, que yo tengo almíbar guardado de sobra para devolverte a tu estado de jalea cálida, a tu lomo gatito perteneciente. No te me pongas chula, vida, que no hace falta, ya nos vamos. Pero antes déjame aquí, vida, déjame cinco minutos para decirle adiós a esto que me vivió por dentro, déjame decir adiós adiós, hermoso muerto que anduviste en pie removiendo mis tierras y mi intención y creando al vuelo, dejándome sin cremalleras y sin hambre, comiéndose todo mi derroche, déjame decir adiós y darle la última paletada de arena antes de irme yo en el mismo trencito que tú, vida. Y lávate la cara.

miércoles, noviembre 17, 2010

Las noches

La noche cuando llega cada noche es otra noche, y su manera de llegar nunca es igual de definitiva aunque siempre sea definitiva. A veces cae encima, a veces se desploma, a veces no llega a tumbarse de tan velada, otras se posa lentitud y mariposa. Hay noches que te sorprenden traicioneras y noches que te regalan una luna para pertenecerte. Hay noches implacables puñales lentos en el pecho, hay noches gloriosas lazos lentos en el corazón. En la noche es cuando te das cuenta de si estás vivo o muerto, de hasta dónde te agarra la soledad, de desde dónde dispones de la compañía. En la noche respiras más hondo y más lejos o te ahogas cada vez más cerca de la orilla. De noche se nacen los recuerdos y se destruyen los dolores, se coquetean dolores nuevos, se canta lo que se pierde y se aúlla lo que se tiene. Sacrosanta noche que cada noche vienes y eres otra, bendita noche que a veces malogro y a veces ignoro de tanta fatiga que le tengo a la vida. Noches largas de charla, noches largas de calle, noches largas que terminan con mi voz maldiciendo los pájaros, noches largas que terminan con mi voz bendiciendo la claridad cuando la claridad llega; noches que compartí, noches que me bebo, noches que me beben, noches que quemo como papel sobre su propio cenicero, noches hambre, noches que me vomitan sus noches encima, horas oscuras a veces más oscuras, noches de esperar, noches de tenerte, noches de viajar y desear o no desear llegar, noches que ojalá tuviera aquí conmigo con sus nombres y apellidos. Ojalá cada noche que me llegue, noche distinta cada noche que me llega, tenga un escamado y un peligro y un signo diferente, ojalá pueda mirar a los ojos a cada noche cuando me llegue, ojalá alguna noche me abrigue encima, contigo a mi vera.

martes, noviembre 16, 2010

El miedo más profundo de escribir: no escribir

El miedo más profundo de escribir: no tener algo que decir, algo que alguien quiera leer. Escribir es buscar vetas de mineral y a quién le gusta rebuscarse pico y pala por dentro hasta encontrar carbón. Porque lo que escribe el que escribe nunca está afuera más que en trampolín, y es en una tripa invisible donde se agolpan los sentidos del que escribe, es en su manera única de mirarlo todo desde fuera, despertenecedor, animal solo, donde encuentra la forma de contar como si fuera el corazón y el jalador de la cola del mundo. El miedo de escribir: contar una historia, de un modo en el que las palabras tengan por el cuello, esclavicen a su cadencia o desaten el llanto o hagan la sonrisa; un modo de unir las palabras, de enzarzar las frases para que atrapen, cuerdas, y transporten, planeadoras. El miedo más profundo de escribir es no tener algo que decir o que cuando se tiene no se sea digno de la herramienta de trabajo, no vislumbrar, no ser capaz de llegar hasta esa luz que la palabra deja por dentro cuando la esculpes, cuando la escupes, esa luz que la palabra se deja por fuera cuando la acaricias barro hasta su canto de muerte: la grafía. El miedo más profundo de escribir: ser el que escribe y el que se pierde la vida, ser el cruel desmembrador palabra en ristre de lo que pasa, vivir de través. El miedo más profundo: ser tu propia literatura, descubrirte atada a la escritura y rogándole a la vida que vuelva. El daño más profundo de escribir: el peaje altísimo que hay que pagar para transitar la carretera de la verdad escrita. Quiero vivir, no quiero escribir. Volved, calles para ser cruzadas, que escriba el otro que me habita, que él se mastique ese miedo profundo, yo quiero estar respirando y no calibrando en balanza la palabra. Que escriban los demás, que los demás me cuenten la vida hasta dejarme exhausta de sentimiento, primero que me quede exhausta yo de tanto estar viva, por ahí, en cualquier lugar en el que no tenga que sentir la angustia del papel enfrente de la cara y tener que alcanzarlo alto tan alto en su altura, que no tenga que estar encontrando siempre razones para no escribir.

lunes, noviembre 15, 2010

Quémame cigarra

Los que caminamos como si la vida no tuviese un sentido a veces nos preguntamos ¿y si estamos equivocados? ¿Y si toda esta inversión en la descreencia fuese errónea? ¿Y si realmente la desesperanza fuera la que no acierta nunca la quiniela? A veces te ataca la conciencia profunda del error y se te desmorona la bandera. Caminar desabrochada, pecho descubierto como si no te importaran las heridas porque ya estás muerta de intenciones de antemano, en un paso se puede tornar pesadilla cuando te tienta el hambre de trascendencia. Qué caída si estuviera equivocada, que caída si realmente estuviésemos caminando hacia alguna parte, qué extravío si estuviese extraviada. Y llenar una vida de razones, explicaciones, correcciones, sentidos, cómo nos llama cuando todo lo que tenemos delante es lo que cargamos por dentro.

viernes, octubre 29, 2010

Soy una cajita de historias guardadas pero lo peor de mí no es eso

Mientras vivo escribo en mi cabeza, pienso en cómo escribiré luego lo que estoy viviendo. O peor, a veces voy reescribiendo otra versión en mi cabeza de lo que está pasando, porque el tamiz de la palabra puede endurecer o ponerle un profundo a la vivencia que no la tiene. Por eso cuando necesito trascendencia agradezco los largos pasillos de metro, como el de Embajadores, y un vals en mi oído, porque dentro de mis pasos hay espacio para miles de palabras arquitectura de historias que no me pasan o que me pasan sobre un suelo sucio y a las que yo le pongo alfombra retórica hasta el desmayo de la belleza (yo no la siento en mis rodillas y la injurio, yo la busco porque me muero cuando pienso que el universo es marrón cuando yo quiero l'azur l'azur). Y cuando estoy quieta o estoy hablando muchas veces se me ocurre que sí, que es verdad que tengo una locura portátil que me da capacidad de enferma de amoldar las cosas a mi partitura verbal. Mira ese pájaro: no es pájaro, es vuelo desvaído, dolor de ser en su paso pequeño sobre el asfalto de la ciudad. Mírame a mí, bicho suelto, atrincherado tras su muro de universo propio que no necesita al mundo, para quien el mundo es una pecera o una película fea que luego se cuenta más alta o más bajuna. Te miento, mundo, constantemente, me invento el amor, me invento el dolor, me invento las ganas. Escribir no es recrear, es sastrear Balenciaga con las letras sobre las deshechuras de la señora Vida, estar siempre en un escritorio y obviar la realidad. Y por eso me inadapto, porque pocas veces lo que pasa está a la altura de lo que esperan mis libros. Y cuando pasa, cuando llegan solos los brillos, quién sabe si son brillos o son mis lentes especiales atrapadoras de estrellas mundanas, mi pulidora dramática. Por eso muchas veces me convenzo de que estoy enferma adentro de la cabeza, que no sé distinguir verdades de mentiras, si la verdad es lo que transcurre y la mentira es lo que se construye, y quisiera desaparecer a otro lugar donde no tuviera que rendir cuentas de las cosas que son más hermosas o más terribles cuando yo las escribo o cuando yo las cuento. Y también: el amor que para siempre es una recreación o un hambre del amor perfecto que una vez me inventé en el Passeig de Gràcia y amé en la perfección de mi literatura.

El amor también existe

Mañana Elis Regina, mediodía Lisa Germano. Hombres que quisieran mirarme debajo de la falda y están lejos, hombres a los que les otorgo derecho de mirada sobre mí y corren caracoles adentro de su concha en espiral rendidos de miedo ante mis exigencias. Do I push too hard? Certainly you do, dearest. Calígula que me mordisquea el pelo mojado lo sabe. No puedo con los semivivos, no puedo con la tibieza, pataleo ante la falta de arrojo frente a los precipicios: me quedo sola. Y acaso no nos gusta, esta valla alrededor tan alta tan alta que sólo un antílope entrenado puede saltar. Y acaso no es cierto que no hay valla, que no me hace falta, que soy erizo lleno de pinchos por fuera y blandura de esponja de mar por dentro. Amarme debe de ser tan fácil y tan difícil como circunvalar el planeta en un barquito de madera. Calígula que está acostado en mis brazos mientras yo escribo y mira el mundo con esa indiferencia pensativa y grave que le caracteriza lo sabe. Acometedme, señores cualesquiera, soy una Justa. Afrontadme, señores, soy Corpes. Debatidme, señores, soy Trento. Dejaros dañar, señores, soy una herida que pugna por salirse de fuera hacia dentro. Sangradme, señores, os construiré un mundo. Y las horas de vida a las que hay que hacer frente, afrontadlas sin coraza y sin antifaz porque vais conmigo, señores, compradme al precio de vuestra hombría. Tenedme en casa, sacadme de paseo, adornada con el lazo de vuestro abrazo, caminadme por encima del adoquinado y de los puentes, pedidme arroz con leche y os llenaré la vida de canelita en rama. Calígula que se arrebuja contra mí lo sabe: soy cara pero soy Grande.

Me atacó la francofilia

Recuerdo mis años en Francia, recuerdo cuando me convertí en francesa. Recuerdo cuando sabía más de Francia que de España y leía a todos los autores exóticos de allende las colonias, llevaba Paroles en el bolsillo del abrigo, colgaba mi cartel de Cocteau, me vomitaba encima todos los diarios de Artaud, todos los fromages de chèvre, nulle part ailleurs. Luego me fui a vivir a Argentina y me volví argentina, pero ésa es otra historia, o no. Lo que quiero decir es que nunca hago nada a medias. Me puse a escuchar jazz y todo Coleman Hawkins. Me puse a quererte y todos los barcos. Me puse enferma y todos los tumores. Tengo la tabla periódica de los elementos de adorno en la pared. Me instigo las tripas con siete tipos diferentes de destornillador. Y estos seis días de gripe que tengo por delante tengo que hablar, hablar de mí, encontrarme dentro de mis inventos ésos hasta el fondo en que me convierto con tanta felicidad, reflejo mío frente a cualquier espejo que ni siquiera existirá, mujer incierta, mujer exuberante (sí, así), retorciéndose sola para sobrevivir a acometidas de olas imaginarias, dolor de no saber ser otra cosa que estas cosas raras que soy, incapaz, del todo, de estar tranquila sobre los desayunos, sobre los días que tienen una tarde y una hora para irse a acostar, incapaz de estar tranquila sobre el amor si no es amor de matar y morir, sino te aman las mareas y las costas mientras te tienen entre los brazos, incapaz de levantarme sino es para desgarrarme; no sé cantar sino es con el hígado entre los dientes, no sé viajar sino es sin billete de vuelta, no sé caminar sino es en singladura y mostrándome en escorzo a la cámara del mundo. Calma, me dicen. En la calma soy la propia calma que no es más que todas las inquietudes removidas hasta el punto del merengue. Dame más, mundo, trouble me, que si no me mudo a Rusia y me convierto en rusa, me mudo a la frontera mexicana y me vuelvo trailera, me mudo a Brasil y canto todo Chico en un disco con sus ojos en la portada, me mudo al Chaco y les doy de merendar a los huérfanos. Mundo repugnante, ponme el suero o te lo robo.

sábado, octubre 23, 2010

Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto...

Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto,
que fueron la desesperación de todos los que vivimos juntos
en aquel tiempo.
Y en la cara tenía varias dentaduras, y lentes celestes como
el fuego.
Al pasar, por la tarde, parecía el ángel de la devoración con
pie punzó.
Mas, en realidad, amó la luz solar. Comía guindas, llevándose
una a cada boca.
Y sentía temor y amor hacia el Maestro Tigre que llegaba
en la noche a buscar doncellas.
Y nunca la eligió.

sábado, octubre 16, 2010

Panta rei

Cruzo un puente que nunca crucé, un puente madrileño que supera un cauce sin agua, sin río, sin nada, un puente que no hermosea la ciudad porque está ausentado de la ciudad aunque se dé ínfulas de praguense o parisino o mijita sevillano. Te cruzo, Madrid, hasta el otro lado de tu puente y como siempre me confundo de avenida y sigo caminando a marchas forzadas y a Rogers y Hart hasta rendirme en Carabanchel y darme la vuelta.  Se me hiela la sangre ante el invierno que se viene y que me atraviesa el otoño de malas intenciones y la rebeca londinense de viento serrano desagradable y agarrador. Luego le canto al micro y a la máquina recogevoces odiando mi voz. Luego canto sin poder creerme nada lo que canto porque me importa un carajo lo que canto: el amor, la gloria, la pérdida y las miserias dolorosas que atraviesan. Cuando vuelvo por el puente, ahora sola yo sobre todas sus piedras, me asomo tradicional a la parte de su pretil que viene ensanchada y ahí comprendo por qué Madrid es ese sitio acogedor y falto de drama: porque no tiene río que simbolice devenires o desregresos y cosas inevitables tránsitos nunca más sous le pont Mirabeau. Madrid, te falta trascendencia, por eso eres fácil, por eso me quedo, porque ya llevo yo puestos mis propios ríos running underground y tú no tienes caudales suficientes para echármelos en cara.

Do not go gentle into that good night


Voy en sentido contrario a los bares y a las personas que empiezan su sábado y se ríen con sus amigos al comienzo de sus noches. Me arrebujo en el cuello de la rebeca y me apasiono el paso a mi lentitud hacia casa. Vuelvo a pensar, como la semana pasada, que soy un estereotipo y que me dura el empacho Álvaro de Campos desde el año 95. ¿Y? Me paro en la encrucjada Embajadores y dejo pasar los coches llenos de planes y destellos para la noche. Tapateo mis botas en el empedrado antes de cruzar, me miro las piernas dentro de las medias arabescas, las piernas hacia casa, y anhelo, ambiciono, la noche dentro de la lucecita débil de mi casa y ese resguardo contra ese mundo sábado por la noche del que soy reina en el exilio. Bailad, bailad, malditos, contra el humo, como yo bailé, pedidle al mundo un palmo más de tierra que yo tengo aquí por mío sobre mis baldosas amarillas.

But what if a new diminuendo brings no true tenderness, only restlessness

Estoy en casa. Juego en casa. He dejado de preguntarme cosas (quizás). Veo pasar la corriente del río y no pongo diques. Quiero que me pongan un dique a mí. Vuelve a aparecer mi abismo favorito en la geografía cercana y se me descuajaringa algo, algo que no es andamio ni es mi vida ni son las constelaciones, algo que es como una bofetada en la mentira. Yo me quise así, de mentira, y ahora ya no me quiero más así. Quiero algo verdadero y lo único verdadero que conozco es esto: jugar en casa, hervir agua, leer un trocito pequeño de algo, prepararme unas natillas como para convencerme de que me cuido, tener frío y ponerme una rebeca, ver delante de mí la coyuntura yo versus el mundo, y que eso ni me moleste ni me amilane, prenderme una vela sobre el candelero que me trajeron de regalo a una habitación de hospital, ver la maceta azul vacía de su planta (esa planta que creí y crecí hasta que me rendí a la evidencia de que todo se me muere entre los dedos). Me acerco la taza de mate cocido al corazón porque aún no me compré una estufa calientacorazones, me acuerdo de ayer cuando todo me dolía y casi que me ahogo en el tormento. No me duele el alma, de eso no nos queda, señora, me agota la indiferencia. Mía. Mi ataraxia. El descreimiento. Que todo me dé lo mismo. Todo era mentira antes pero desde que Él me mintió la mentira dejó de ser ese mundo conocido para volverse el Cabo de Mala Esperanza. ¿Voy a tener que vivir siempre mirando las aguas del mundo subida a este trampolín divorcio? Salta, puta. Deja de matarme con este convencimiento de que hay algo que no funciona comme il faut dentro mía. Se han descuajaringado mis constelaciones etcétera y ni siquiera me había aprendido los nombres. Escríbeme un cuento, Loulou, y déjame si no ser al menos estar. Estar quietita en este planeta Lavapiés o al menos en este planeta mi casa donde trasiego con mis capacidades de no dejarme echar a perder antes de encontrarme podrida en mi propio frigorífico.

miércoles, octubre 13, 2010

Los tres deseos de Pannonica

Kathleen Annie Pannonica Rothschild de Koenigswarter paseó de la mano de Thelonious y con esa misma mano le alisó el embozo de la cama a Charlie Parker y puso pañuelitos en la boca de Coleman Hawkins.
Nica les hizo fotos con su Polaroid y les dijo “pide tres deseos” a todos los músicos locos que en vez de tocar a Tchaikovsky en las orquestas de los blancos compusieron sus propios Prokofiev sincopados. Qué deseó ella que cada noche iba a los clubs de jazz en su Bentley, ella cuyo nombre quedó junto al del gigante en el Thelonica de Flannagan o en el Nica's Dream de Horace Silver.
Yo deseo: cantar en una novela, ser luz, este libro.

martes, octubre 12, 2010

Pero el más hermoso fue mi amor por los espejos

Muchas veces pienso que nací para ser sola, que me he ido así construyendo y que cada vez que me arrimé a alguien fue como si atara el cabo a un estay para que luego el de tierra llegado el momento me desamarrase y me dejara ir. Hasta con Uno que era tan barco como yo y con el que quise hacer travesía circunvalación El Cano terminé siendo sola, una peor manera de ser sola. Muchas veces pienso que estoy a salvo mientras tenga a Calígula porque mientras necesite un techo que poner sobre su cabecita de gato no me dará por las singladuras estrafalarias o por dejarme caer hasta el Diógenes. Muchas veces pienso demasiado, incluso ahora drogada me quedan resabios de líneas de irrazonable razonamiento. No sé adónde o a quién pertenezco, de quién soy, de dónde soy, y aunque cuando camine por el malecón conozca perfectamente mi filiación, la Caleta es una despertenencia, es como si me dejaran respirar diez minutos mi DNI recién entintado y luego lo tirasen al mar. Y sin embargo sabiendo todo eso aquí ando, descuidando mi casa como si alguien más fuera a venir a cuidarse del polvo de los muebles o del cajón de las verduras, ociosa por un rato chiquito de ese nacimiento mío para ser sola, odiando por un rato esa cosa mía de erguirme y respirar con el hígado en vez de respirar con los pulmones, regalándome una tregua que sé perfectamente ficticia y transeúnte pero ¡
tan hermosa! Cuando sí que nací para ser sola, para espiar el mundo por la noche, cuando se queda callado y a mí me grita todo de hambre, para poder encontrarme con los majaras que andan sin norte y sin sur como yo y caminarnos un ratito las palabras y los ojos y seguir, seguir siempre buscando ciudades nuevas, buscando sentirlo todo desde todos sus lados, y al fondo a la derecha desear que todo nuestro convencimiento sea falso y pase algo que nos cambie la deriva en rumbo dentro del ahora de esas noches desde las que lo miramos todo.

domingo, octubre 10, 2010

Ese modo inquietante y diabólico de detener la tarde

El collage es de Artelena
Llovía tanto que no parecía Madrid. Ella se acuclilló y apoyó la espalda en una de las paredes más sucias del mundo, y miró la lluvia como si España fuera otro país. No duraría, pensó, pero duraba. Buscó en el bolso y no encontró la Moleskine. Encima de la mesa se la dejó, junto con los auriculares menos mordidos por el gato. Y allí estaba, chorreando agua, escuchando por un oído la lluvia y el ruido de la estación, incomprendiendo a los fumadores, escribiendo en la parte de atrás de las fotocopias de Cárdenas y Bolaño. Soy un estereotipo, pensó. ¿Soy un estereotipo, aquí, con mis escritores chilenos, mis vaqueros rotos, mis converse rotas y mi chaqueta negra París años sesenta? Pero allí estaba la promesa falsa de que iban a quererla, y entonces qué importaba el estereotipo y tener 40 minutos por delante clavada en Valium hasta el autobús. Había calculado tan mal que llegó antes que nunca y cuando subió las escaleras mecánicas arrastrando la maleta, como cada vez, como cada una de sus vidas, pensó en un atisbo de pensamiento, el único chiquito que le dejaban las pastillas, Señor, qué sino el mío del viajar en solitario. Pero no le importaba realmente, ni a ella ni a sus drogas de aficionada, en cualquier caso habría sido hermoso verla caminar por el andén ojos cerrados rendidos a la canción con su remera verde de cuello cisne y su chaqueta negra y su pelo recién colorado y la maleta belga que aún seguía viva. Y todavía llovía y era imposible saber por culpa del repeat cuántos minutos habrían pasado. Cuántas vidas me han pasado, pensó. Y cada vez que le tocaba que le pasara una vida nueva pensaba que sería la última aunque sabía que no era así. Quiero ir a cantar en el homenaje de Álvaro It never entered my mind, pensó. Y no iría, pensó también. Y le pesaron la droga y los pensamientos y la incapacidad de hacerle frente al mundo, a la estación, a la canción que le machacaba un solo oído, a la mentira de que la iban a querer, a su estereotipo, a ese modo inquietante y diabólico de detener la tarde.

sábado, octubre 09, 2010

Te concedo derecho de mirada sobre mí

Si pudiera elegir, elegiría verte. Salir corriendo para verte pero al llegar caminar despacito hasta verte y allí en el verte sólo verte. 

Once I laughed when I heard you saying

Anoche, volviendo a casa después de andar viendo a un amigo verdadero, caminando lento por la calle de Los Moros a causa de la droga, cantando lento por la calle Valdés a causa de la droga, me fui sopesando el empuje para ir a Cornellá al homenaje que le preparan a Álvaro, hasta que me llegó un momento carretera en el que empecé a cantar un poquito aquella canción que hacíamos siempre él y yo por las Ramblas o por cualquiera de las Barcelonas. Y no pude, porque se me rompió la voz y en vez de cantar lloré and wish that you were there again. Y cuando llegué a casa tuve que darle la vuelta al bloque para paralizarme ese estado antes de entrar en la casa de mis padres, y allí, frente a mi paso, en la chapa del cerrado, alguien había escrito con spray: Álvaro. De entre todos los nombres, Álvaro. Ahí me quedé, masticando sincronía, sabiendo todas esas cosas sabias que parece que hay que saber cuando alguien que quieres se muere, sabiendo al mismo tiempo que aunque podré no voy a poder cantar esa canción sin acordarme de él en carne viva y de todo lo suyo que he vivido y de todo lo suyo que me he perdido y de todo lo mío que me estoy perdiendo, sabiendo que hay que seguir, seguir capitalizando pérdida, seguir no soportando más pérdida, seguir viviendo con esa conciencia profunda del error que a veces no te deja respirar, seguir esperando que llegue un día en el que no me siga sintiendo uneasy in my easy chair y pueda hacerle honor a estar viva.

Amparo y defensa

Voy con mis padres en el coche, camino una vez más del hospital. A veces la vida es generosa y tú tienes ojos de treinta y cuatro años para poder apreciar su generosidad, y entonces el coche circula por la Alameda Apodaca y tienes a Cádiz y al océano viéndose entre los balaustres y toda la memoria de esas tardes del invierno en que me arrastré por aquí la gloria y unos cachitos de pena, y entonces tu padre y tu madre canturrean juntos Que son de piedra y no se nota las murallitas de Cádiz en un instante imprevisto de comunión y te da por sopesar la posibilidad de que aún queda algún espacio o algún cajón en el que guardar recuerdos buenos y que maldita sea maldita por siempre la mala vida que nos ha tocado vivir, pero que bendita sea bendita este migajita de momento en el que dentro de este coche puedo tener a mis padres cantándome una copla que nunca me aprendí. 

Soy de piedra y no se nota

Son de piedra y no se nota,
las murallitas de Cádiz,
son de piedra y no se nota,
pa qu'en Cádiz los franceses
se rompan la cabezota.
Con las bombas que tiran
los fanfarrones,
se hacen las gaditanas
tirabuzones.
Y las hembras cabales
de nuestra tierra
cuando nacen ya vienen
pidiendo guerra,
guerra, guerra.
Y se ríen alegres
de los mostachos
y de los morriones
de los gabachos.
Y hasta saben hacerse tirabuzones
con las bombas que tiran
los fanfarrones.

viernes, octubre 08, 2010

El Chamán y la Bruja

Yo te llamo y tú vienes y desde el Teatro Falla nos vamos a la Caleta y nos contamos cosas de iniciados y de majaretas y estás hermoso, te has salido de aquella sima, se te ha cerrado el agujero negro aterrador que llevabas puesto la última vez que te vi, te ha crecido grande la grandeza, te atreves a decirme y me atrevo a decirte cosas que no podemos decirle a mucha gente, como siempre que nos vemos, cosas que no diré aquí, y soplaba el levante y qué bonitas las barquitas y la verja cerrada y oxidada del castillo de San Sebastián, y qué cosa más grande cuando de pronto alguien que siempre fue cerca está más cerca y sea uno de esos de prontos en los que te sale una gana irrebatible de piel, como siempre que nos vemos, y tú y yo nos caminamos despacito el malecón y sabemos que nos estamos viendo de verdad, de vernos, como siempre que nos vemos. Y qué grande que cada vez que me encuentro contigo tengo que escribirlo luego, porque me abres todas las puertitas que llevo, que no son pocas. Quédate al alcance de la mano, quiero verte seguir vivo.

martes, octubre 05, 2010

La calle Arenal

Madrid, yo sé cómo estoy de verdad cuando te camino Arenal. Madrid, yo me mido los pasos en Arenal, yo me conozco el día según los centímetros de profundidad de bolsillo que busco con mi mano y según mi paso y mi caderamiento y la canción que tarareo, y si voy por la derecha o por la izquierda o por el centro. Madrid, me prestas el suelo de Arenal como termómetro, para que me vea bien en travelling y así me vea, y a veces me doy susto, y otras veces me doy orgullo, y otras me doy una especie de triste melancolía y otras hambre y otras me juro que me presto una mantita y me hago un té al llegar a casa y otras soy hoy, vestido recién estrenado y mis botas más usadas, mi chaqueta negra, y una canción que me grita tan alto que rompe los cristales del Teatro Real donde andan en mi honor con Rise and fall of the city of Mahagonny. Y, Madrid, por Arenal yo me sé más cosas de las que me sé siempre, como que nunca podré ser una falsaria aunque pueda llegar a ser una mentirosa, que sé caminar al ritmo exacto de mi alma, que ya he consumido todo el espacio arriba, más arriba, que sólo me queda el frente, que sigo amando, que adoro escuchar el ruidito que hacen mis pendientes, mi pulsera mapuche, las hebillitas de mis destrozadas Kickers, los titileos que me hacen las luces por dentro. Calle del Arenal, aquí sigo contra todo pronóstico volteándome hacia mí misma la mirada al verme pasar, deseándome suerte, deseándome ganas, maldiciéndome la fortaleza, esperando que esta tregua me dure para siempre.

domingo, octubre 03, 2010

Please do sex me up, please do tie me down

Me han ordenado los dottores que me drogue, y aquí estoy, drogada, con la mente al fin en blanco, incapaz de ningún pensamiento aunque lo intente. Todo me da, genuinamente química, lo mismo. Qué descanso. Mi amigo recuperado me dice que así es como es la vida para casi todo el resto de la humanidad. Me dice, mientras me atiborra de helado, que él nunca piensa en ninguna de esas cosas en las que yo pienso. Y al verme tan indiferente al medio y tan sonriente me dice que debería aprovechar él para llevarme al Parque de Atracciones o al Teleférico para que disfrute por una vez sin el empañamiento del devenir. Lo del empañamiento del devenir no es auténtico dixit, fue de otra manera que me lo dijo gritándome entre el ruido de un bar lesbiano que hemos encontrado en el barrio, pero así lo interpreté yo enmedio de esta deliciosa bruma drogadicta en la que Dancing Queen me parece la mejor canción de la historia, aunque me pase el día escuchando la Segunda de Mahler, los dos Clube da Esquina y las canciones que me gustan de Alanis en random. Llevo tres días almorzando y cenando huevos fritos con patatas (menos cuando mi amigo recobrado me ha preparado un almuerzo contrarrestador de futuras enfermedades coronarias). Calígula me mira con aprensión cuando bailoteo por la casa sorteando el desorden de ropa de invierno y de verano y libros por el suelo donde me tumbo a leer encima de su manta. Hace rato que sospecho que mi voz interna confundidora me confunde y ahora que no la oigo y que me parece que Joni Mitchell exagera, no la echo de menos y lo mejor es que tampoco echo de menos sospechar de ella. Ah, si pudiera vivir siempre en este clarificador encefalograma plano, que poco yo sería yo, qué chica encantadora y sutil, con ese flequillo inspirado que me corté anoche a las cuatro de la mañana, con ese primer concierto de cantante de boleros que daré el miércoles. Y tú, jazz, qué insufriblemente doliente me resultas, pianito crescente de dolores del minuto 4 y el segundo 7. Sea Alá por siempre alabado por regalarme este otro lado de la orilla en el que se vive y punto, en el que a la vida no le saltan las esquinas y las costuras a mi paso, en el que una rosa no es una rosa no es una rosa no es una rosa sino sólo una rosa, y el océano, una masa de agua salada que no tiene capacidad de llevarme traerme contenerme reclamarme desunirme asesinarme llorarme porque no sabe adónde se va ni adónde se tiene que ir.

God bless chemistry

Tengo la casa cerrada para todo lo que no sea el gato y nuestro desorden, el pan con Nutella, los amigos que pasan por aquí a comprobarme. Tengo mi casa cerrada a todo lo que no sea esta indiferencia supina por todo lo que no sea el desorden devastador de mi casa, las tardes pasadas por ahí, fuera de todo lo que no es la casa acomodo de desastre, y los litros y litros de zumo de naranja que ando bebiendo. Tengo la casa cerrada a todo lo que no sean llamadas telefónicas que me sacan de la casa y de los libros, de la tetera que nunca termina de entibiarse porque no le doy tiempo. Tengo la casa cerrada a todo ese ser malvado que de vez en cuando viene a dejarme corroborar que soy recta y que soy luz, que no necesito tumbarme en los infiernos, que desde mi casa cerrada resisto el embate empalagoso de esa manera podrida de vivir la vida. Desde mi casa en la que sé que hoy todo volverá a sus armarios y cajones antes de que el Gato se vuelva majara pensando que volvemos a mudarnos, abarco el mundo que ahora no me importa y sobre el que sólo quiero reinar y dejar que se enamore de mí al paso de mis botas. Desde Madrid, esa ciudad tan poco amenazante y aceptadora, tan mi barrio, tan mi casa cerrada a todo lo que no sean amor y valentías y personas que se quieren y se conocen las maneras de bailar, desde mi casa que soy yo, te cierro a ti, dolor, las puertas.

viernes, octubre 01, 2010

Putrefacto

Fuimos a Valladolid en tren compartiendo sandwiches vegetarianos con Raúl y las guitarrras y los teclados hasta la casa de una hermosa amiga Beatriz y en Valladolid, ciudad Cruzada, nos subimos al escenario a canturrear, me coloqué unas plumas coloradas en las botas, le busqué el pop a la vida, me convencí de que no había vida como la vida mía. Luego me pasé todo un sábado con mis amigas viendo la tele y comiendo chocolate, un sábado feliz rodeada de mujeres, en la calle pintadas y en la casa calcetineadas. Y el domingo bajo el sol y las calles empedradas y los pucelanos endomingados para sus misas, paseé con Aurora hasta la risa o la tragedia, comimos los tipismos de la ciudad, tuvimos frío, me agujerée más los vaqueros con la piedra arenisca restaurada del Registro Civil, quise, tanto, volver a verte. Y en Valladolid con cucharitas de café me desmedí la vida y anhelé sol y anhelé dejarme ser de una vez por todas eso que ya soy, yo.

domingo, septiembre 19, 2010

A Sunday smile

Mateo y por fin me atrevo con Volodia. Algo ha pasado. Algo ha cambiado. Álvaro ha muerto y mi percepción de las cosas importantes se ha dado un revolcón en su propia mierda. Yo que no creo en las casualidades, después de mucho tiempo sin hablar con él ni recibirnos nuestras noticias, después de ignorarnos varios años, he encontrado un único mail de spam de todo este tiempo desde su casilla de correo a la mía, del día antes de su muerte. Si lo hubiera visto, ¿lo habría llamado? ¿Habría servido de algo haber podido decirle “te quiero, te echo de menos, quiero saber en qué andas, eres uno de los más importantes de la lista”? El viernes, cuando conseguí dormirme después de llorar frente a 898 personas, me dormí verdaderamente, y al despertar supe que llevo equivocada muchos años, que el amor no es ese arrebato que aplasta por cualquier parte con tal de que lo dejen estarse en primera fila frente a su adoración, que siempre sabemos desde el principio quiénes son los buenos y quiénes los canallas, que perdemos meses y vida en purpurinas, que nos creemos eternos, que lo más importante es la música mutua compartida, que lo mejor es el desbroce, la luz, poder sentarse en compañía frente a un mar de agua o un mar de cualquier otro elemento compositivo y disfrutarse tanto el cerca que dé gloria estar vivo. La nariz del corazón también tiene aletas que cuando se abren te dejan saber si está contento. El corazón también tiene pecho que se le vuelca cuando se ahoga de feliz. La vida a lo mejor no es una, pero es ésta, y está llena de chispitas que hay que mirarse mientras nos chisporrotean delante. La vida es un domingo por la mañana que hay que pasarse despierto, en casa o en la calle, pero de baile, frente a otros ojos. Álvaro, tú siempre quisiste ser y te alimentabas de cada día de tu vida. Fuiste una de las personas más vivas que he conocido, tal vez por eso tu muerte es la muerte que más he sentido como muerte. Y por ti, por tus ganas, tendré que tener yo más ganas. Y por ti, por el privilegio de haber compartido cachitos de tu vida, se me hermosea la mía. Cada domingo por la mañana, Álvaro, le daré un repaso a mi percepción de las cosas importantes, y me acordaré de ti, porque has sido y serás siempre uno de los más importantes de la lista. 

Gato y persona

No me cansaré de contarlo: cada vez que llego a casa ahí está Calígula siendo mío y ahí estoy yo siendo suya, bicho contra bicho, animal contra animal, cariño superviviencia contra supervivencia cariño. Y si me agacho hasta su suelo para que me huela el pelo de lo que vengo, si me tumbo a la losa para que me juguetee la cabeza con sus patas, si me siento en el silloncito verde para que se me barriguee encima, si viene a darme con la manito para que lo persiga por la casa, si me duerme en la almohada, si me mira ojos verdes preguntándome ¿de qué sirvo?, yo se lo canto: amor entre gato y persona, no es ninguna broma.

Carne mechada para querer a los que están vivos

Pedirle al carnicero un trozo de cabeza de lomo de cerdo de un kilo y medio o dos, si el carnicero no es musulmán como todos los carniceros de mi barrio. En caso de vivir en Lavapiés o en el Raval acérquense al supermercado y compren una de esas bandejitas blancas de asqueroso plástico con una pegatina por fuera en la que ponga “cabeza de lomo 1,500 gr”. Cortar tiras de jamón o de panceta, muchos dientes de ajo también en tiras dentro de lo posible y disponerlos junto con una montañita de granos de pimienta en la mesa de la cocina si tienen y si no tienen en el minúsculo poyito de la cocina que utilicen como lugar de maniobras. Practicar con un cuchillo un agujero profundo en la carne, y con el dedo ir introduciendo tiras de jamón, de ajo y granitos de pimienta. Hay agujas de mechar que lo hacen casi todo solas pero la experiencia de enterrar el dedo en carne de bicho es tan trascendentalmente horrible que no pueden perdérsela. Ir practicando agujeros hasta que el trozo de carne esté hinchado y bien nutrido. Salar por fuera con sal gruesa. En una olla al fuego poner manteca de cerdo y un par de hojitas de laurel, cuando esté derretida la manteca introducir la carne e ir dándole vueltas hasta que esté no dorada pero sí hecha. Añadir vino fino de la tierra que me vio nacer, suficiente como para que la carne en unos treinta o cuarenta minutos esté hecha por dentro. Para comprobar si está preparada lista ya basta pinchar con un cuchillo, si sangra es que no. Dejar enfriar hasta el día siguiente. Cortarla en lonchas que se darán como alimento a los amigos que tengan ganas de venir a vernos. Quererse mucho y tenerse al tanto de sus cosas y de que se quieren.

¿Cuál es la verdad?

La verdad es el hambre. La verdad es esa crecida de las ganas de cada día. La verdad es que hay un mundo fuera recogiendo acontecimientos y maldades, que hay historias de vidas asesinas a las que te asomas y te sientes tan limpísima y lejos de la verdad dentro de tu círculo de ganas y de cajones perfumados con jabones. De pronto te das cuenta súbito de que todo es misterioso, y no puedes explicar lo intrincado de lo que ves, una parada en el giro del mundo, y tú mirando dese fuera. Los amores, o el sentimiento, o comprender tanto lo que lleva otro por adentro, la escala de be bop, el nacimiento de una niña al otro lado de la geografía, una canción pop que nos arrebata algo universal, mientras hay coches que derrapan rápido rápidos buscando sacarle a la vida de otras vidas un sabor que no tiene y que tú encuentras aquí en todos los saleros, en todos los azucareros de la casa, en todas las palabras escuadra y cartabón. La verdad tuya es tu hambre, el mate nuestro de cada día,  y la verdad de otros es su hambre, el mate suyo de cada día. De un charquito de tristeza yo saco agua de beber, de un charquito de tus ojos saco una posibilidad y te la escalo, del exilio permanente saco mis empujes. ¿Y el mundo? ¿Cómo se mide el hambre? De pronto en compañía estalla la clarividencia, y eso se llama el cariño, cuando a otros le puedes medir las hambres y ves que son como la tuya: ganas de una vida. De pronto las otras vidas asesinas que nos dan vértigo, las verdaderamente doloridas, las escindidas, las que nos crecen alrededor como espinos, como llaves inglesas nos golpean la puerta, mientras nosotros abrazamos nuestros libros, nuestros discos de Coltrane, el cuadro de de Staël colgado en la pared, y tu mano mía me apacigua los dolores chiquitos de persona hambrienta.

sábado, septiembre 18, 2010

nada importante


Hola Inma!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
después de haberte conocido, me ha quedao en el cuerpo una alegría especial, de saber q he tenido la oportunidad de hablar y compartir con una de esas personas que, cargadas de magia, la van repartiendo por ahí.
Feliz de q nuestros caminos se hayan cruzao, aunque tan siquiera hayan sido unos minutos. Sin más, no se por qué te escribo esto,...
espero verte pronto...  álvaro.

sábado, septiembre 11, 2010

Noemí, Ruth, Ogata, Kikuko

Decís: ven. Y yo que fui y soy vuestra nuera no quiero que nos perdamos y quiero ir. Dicen. Que me tengo que desvincular. Que se me transparenta. Que esto es de locos. Pero yo os quiero. Y no quiero irme, quiero ir. Y él ya se murió para mí pero por qué habrán de tapiarse todos los demás amores con el muerto. Donde estéis vosotros es un poco mi casa, y siempre quisiera prepararos el té o el cordero, y siempre echo de menos aquella vida nuestra aparte, fuera de la vida de él y mía. Hay campo de sobra vosotros y vuestros demás hijos y yo que también fui hija vuestra para cultivar sobre esta ceniza. Me niego en círculo redondo rotundo completa erre completa resistencia de espigón contra las olas lanza en ristre revolución a que porque él se me haya difunto lapidar todos mis amores con el muerto. Que nadie, nunca, se atreva a pedirme que me sacrifique por un muerto. Que nadie, nunca, ni yo misma, piense que hago trampa. Que nadie, nunca, ni él siquiera, piense que camino buscándole el pie. Es tan difícil conseguir quererse tras tanto almuerzo y tanto trapo de familia. Es tan difícil conseguir quererse más allá de la vuelta de lo obligado. Es tan difícil tener ganas de ver a alguien y que ese alguien te quiera ver a ti. Es tan difícil esta maldita vida que por dios, nadie me obligue a asesinar mis cariños. Hasta el final estaré cerca, vuestro pueblo será mi pueblo: esto siento, así, como soy, junto con otro millón de cosas que se sienten por los que están lejos y estuvieron cerca, lejos, lejos, cerca, acertados, equivocados, tal y como yo estuve, pero míos, siempre, pero yo suya, siempre, a prueba de balas y de muertos, familia. Y que nadie, nunca, se levante para decirme que tengo que renunciar a mis afectos por un muerto. Ni por nada. Que nadie intente negarme jamás que soy una de los vuestros.