domingo, enero 31, 2010

Aceras que me pertenecen

El cuadro es de Graciela Bello
Bajo por Gran Vía de madrugada y me sonrío, porque son mi sitio y mis horas de caminar melancólica o emblandecida de mí misma o nocturna de palabras o la calle donde me mido la intención, y en mi último viaje de diciembre caía el agua nieve y yo sola en el desnoche después de la celebración embarcada embarrada hasta las lágrimas en ese miedo que tuve a no existir, andaba implacable y conmovida, de esas dos maneras porque fueron los dos adjetivos en los que pensé entonces y a los que acomodé el paso. Pero esta madrugada me sonrío con los guantes puestos y me conmuevo difícilmente porque me he quedado sin corazón, y así es más fácil tomar decisiones y marcharse o no marcharse. Éstas son mis aceras y lo seguirán siendo, mientras la gente camina de los bares hacia los bares y los taxis se desenfilan desde la calle del Clavel al resto de la ciudad, a Madrid, el sitio en el que me anclé y desde el que esperé ser, sublime o desastrosa pero ser. Y aunque no sea mi lugar, es mucho rato mi casa, y eso ya se merece una reverencia.

sábado, enero 23, 2010

Racheado de poniente

Me coloco la chaqueta de esquiadora danesa que me compré en Valparaíso para ir al Aconcagua y las botas de montaña barilochense, y así ataviada salgo a la calle a desafiar el temporal desusado que ataca al Puerto en este sábado por la mañana, para ir a ensayar con las niñas canciones a cuatro voces y traerme a casa un poco de calor de la catalítica y de ellas, tan festivas que da gusto atravesar todo el barro de la calle Pagador en obras y asarme de calor bajo la chaqueta danesa y que se rompa el paraguas por el viento y se me empapen los vaqueros y se me mojen las partituras con tal de verlas un rato y canturrear un rato y mirar por detrás de mi cortina el tintineo de la vida de ahí fuera.

jueves, enero 21, 2010

Una vez me vendí por un poema


Una vez me vendí por un poema. Fue de noche y alguien a quien había conocido dos horas antes en El harén de Arquímedes me lo escribió, en un papel de estraza de los que usaba Dani para dibujar, en el que Dani había puesto un título con su plumilla. El que me lo escribió nunca más escribió algo que me gustara, pero por este poema me vendí, y durante mucho tiempo fui mercancía, aunque a veces varios diez minutos de lapsus respiré algo parecido a una felicidad plastificada.
Si no se hubiera escrito ese poema, mi vida habría sido muy diferente. Lo he encontrado hoy, doblado, manchado de café, metido en un libro, fechado 6-V-97, rasgado por una esquina, recompuesto por detrás con cinta de papel. No me acordaba de él, y si me acordé alguna vez fue para pensar que lo había perdido.
Este papel gris que me arrancó la respiración y me invitó calladamente a amanecer desnudos de voces terminó siendo un pasaporte al infierno, ni siquiera sé si quedarán en alguna parte aquellos varios diez minutos de lapsus en los que suspiré algo parecido a un encuentro celofán pero las palabras no tienen la culpa. Me alegro de haberlas encontrado, sobre todo por el título.

Bocanadas de lujo tonto


Esa desconocida manía
de ir recogiendo las virutas de la noche
me confiesa el silencio
en estos 120 minutos en que no te conozco.
Y aunque quiera adivinar
dosis derramadas de un elixir caduco,
de tu mirada se desprende
no más
que un tránsito de recuerdo por la vida,
vivir lo recién vivido
con una nostalgia húmeda
esa nostalgia en que mueren los ojos
cuando recorren intrigados
el paisaje-escaparate tras la ventana.
No quiero aunque mienta
inventarte quimeras que no posees,
pero el tiempo,
y tu desconocida manía de recoger las virutas,
son un puente sobre la sombra,
una invitación callada
a amanecer desnudos de voces,
de cantos,
a acercarnos mutilados
con la dignidad en el trastero
de las cosas inútiles que nunca tiramos.

martes, enero 19, 2010

À trois


Stefania Casini, aquélla que en Novecento hacía felices a la vez a De Niro y a Depardieu antes de que le diera un ataque de epilepsia, me borró por accidente todas las fotos americanas de la camarita digital que yo llevaba atesorando durante tres meses en el transcurso de una cena a base de pescado cocinado excesivamente (el pescado, cuanto más solo de salsa y de todo, mejor) a la que nos invitó a las dos Paul Morrissey. Aparte de este poco afortunado incidente guardo buen recuerdo de aquella cena, porque por una vez Morrissey no se portó como un viejo botarate. Fui la espectadora del reencuentro de dos viejos conocidos (la Casini, que ahora se va por ahí sola a países exóticos cámara al hombro a grabar documentales para la RAI, trabajó en Blood for Dracula). Escuché grandes historias de voz de esa mujer a la que no se le ocurría llamar a Fellini y a Bertolucci por sus nombres de pila, esa señora aventurera que empezó siendo una bellísima destapada, y me dieron ganas de conocer Roma y Estambul y de llegar a los sesenta años tan bien provista de vivencia como ella e igual igual de desabrigada.

Otro puente


Mi puente favorito de Estrasburgo era el que estaba delante de la catedral protestante, la Thomaskirche. Allí cuando no fue invierno me pasé bastantes ratos mirando el agua, canturreando y pensando pensando con aquellos terribles veinte años que tuve y mi abrigo del ejército alemán. Una noche pasó un policía y me preguntó ¿no irá usted a saltar?, con una voz de solicitud y de preocupación tan cierta que lo llevo de cromo deus ex machina favorito.
El puente Saint-Thomas lo diseñó el ingeniero Antoine Rémy Polonceau y es el más antiguo de Estrasburgo. Unos años antes había diseñado el puente del Carrousel, frente al Louvre, un escándalo en su momento porque era de hierro y estaba construido en arco (la sociedad parisina de la primera mitad del XIX tenía sus propios motivos de escándalo, ajenos a los nuestros y ciertamente entrañables); como parece que a Antoine le gustó llamar la atención repitió modelito. Teniendo en cuenta la beligerancia que ha reinado siempre en la zona alsaciana, es un milagro que el puente Saint-Thomas siga en pie y que ningún otro ingeniero enemigo lo haya hecho volar por los aires (el de París se desarmó en el 36 porque no era lo suficientemente alto como para que pasaran los barcos). Así que gracias a que por el Rin estrasburgués no pasan grandes barcos y gracias a la línea Maginot, pude asomarme largos ratos desde este hermoso puente de redondeles de hierro, y aquel delicado policía pudo decirme vous allez pas sauter? con una catedral protestante de fondo.

El río del olvido

Hay un río apestoso y manso que se conduce lento y espeso y no es como los demás ríos a los que me asomo cuando viajo por el planeta, es el río de mi ciudad; yo me crié a la vera de su desembocadura, donde se amarraban los barcos. Entre él flota en la ciudad este agua quieta estancada que no promete nada cuando la miro desde su barandilla. Así es como soy yo cuando llego a la ciudad de este río. Entre él flota el barco al que me subo hacia el mar, mi alivio y mi suspiro, el mar que está enseguida del río y no se hace esperar. Quizá el resto de los ríos del mundo no son tan obvios como éste en sus fines cuando los veo desde sus puentes, quizá el resto de los ríos tienen su propia identidad sin tener que desembocar en ningún lado, y por eso me ando mirando en todos los ríos y buscando mi curso en todas las ciudades cuando sólo tengo que subirme a mi barquito y llegar. Al mar.

viernes, enero 15, 2010

El horror de vivir en lo sucesivo


Empieza a llover mientras camino por la carretera, así que me subo el gorro de la trenka. Me he perdido, así que llamo a la analista para preguntarle el camino, me pregunta dónde estoy, le indico más o menos, me dice que viene a buscarme en el coche. Bonita manera de empezar nuestra relación terapéutica, al menos estará todo claro y simbólico desde el principio. Me pongo a esperarla, así, con postura de espera; enfrente hay dos cancelas de entrada a dos fincas, grandes eucaliptos. Me pregunto quién vivirá ahí, tan lejos, con un camino de tierra bordeado de árboles hasta llegar a la casa. Me dedico a fantasear esa vida mientras llega Dalia. Llueve más y me gusta estar ahí, tan de mañana, frente a los eucaliptos y las vidas de los otros, amparada por mi trenka, de vuelta en la carretera, que es precisamente mi terror más grande siempre: tener que volver a la carretera. Y es lo que me paso haciendo toda la vida, quizá eso de vencer mi propio temor una y otra vez no sea más que un gesto maniático de loca irredenta o temeraria. Sea lo que sea le veo las yemitas a los árboles mientras me llueve alrededor. Sea lo que sea a lo mejor es cierto que he conseguido sacudirme la mufa. Sea lo que sea, y mientras llega mi hilo de Ariadna, pienso que a lo mejor estoy más cerca de poder abrir mi propia cancela, de recorrer alguna alameda hasta mi propia casa, de que salir a la carretera sea un trayecto y no sólo un suicidio.

Quoniam iniquitatem meam ego cognosco


El fraude que creo siempre representar, no sé por qué. Siempre pienso que mi vida, que la vida, es una farsa. Me subo a la carroza porque con el ruido del traqueteo parece que está más justificado seguir. Pero lo mismo me puedo bajar y negarme a seguir, como ahora hago, todo el día encerrada mientras afuera llueve, viendo Galactica y leyendo a Conrad, no es casualidad que me elija las singladuras de otros para escaparme un poco de la ataraxia que por un lado digo que es lo mismo que el arrojo y por el otro me consume. Calle, pido a gritos. Y la calle es una promesa de transcurso, una promesa de que los días se llenaran al menos de detallitos que poder narrar. A lo mejor estar viva para mí es poder contar. A lo mejor esa carroza bluff en la que andamos todos subidos es la única posibilidad anestesia frente a la verdad. Es mejor tomarse la pastilla azul y vivir narcotizados en la hoguera de las vanidades, la verdad sólo da ganas de dejarnos morir del asco.

Botones de repuesto

Cuando tenía casas tenía costureros y ahí en una cajita guardaba los botoncitos de repuesto que vienen con la ropa (recuerdo un botón grande fucsia de la camiseta que llevaba puesta la primera vez que nos besamos). Ahora tengo sobre el pie del imac unas cuantas bolsitas que he ido arrancando de camisas, de blusas, de abrigos nuevos, no hay cajita dentro de costurero donde ponerlos. Me doy cuenta de que hablo siempre de lo mismo, de que me aferro a los objetos que tuve como metáfora de las vidas que tuve, que ese acomodo les choses que tengo al alcance de la mano, guardado en cajas de cartón, me está prohibido, que aquí en el pie del imac guardados en bolsitas tengo botoncitos de repuesto como promesas de realización, como promesas de un esparcimiento de mis cosas, de un esparcimiento de lo que soy y que no puedo ser ahora, acurrucada dentro de mi yersi de lana, dentro del paréntesis de este cuarto desván, escuchando a Ivan Lins cantando Esta tarde vi llover. No soporto más tanto aburrimiento, tanto encierro, no me banco más este aplazamiento, prefiero quemar las naves y todos los botoncitos de repuesto del mundo y empezar de vuelta, lejos, en Londres, donde me pienso vestir como si me persiguiera the sartorialist, donde seré de nuevo sólo una posibilidad, sin ninguna caja de cartón sobre la que lloriquear por lo que dejó de ser, sin que estés tú.

martes, enero 05, 2010

Noche de Reyes


Cuando era pequeña esperábamos mi primo y yo en el balcón de la calle Rendona para ver llegar a los Reyes, año tras año. No lo conseguimos jamás y recuerdo creer haberlos visto aparecer tras las cortinas,  despertares ansiosos, un cochecito de capota, un violín de plástico, un camioncito. Desde el 2004 me acostumbré a recibir y hacer regalos en Bariloche, junto a la chimenea, cuando ya no me hacía falta acechar llegadas desde ningún balcón. Antes era antes y ahora es ahora y es incontestable que las cosas suceden de una sola forma cada vez, no hay manera alguna de que todo estuviera pasando distintamente, de que hubieran resistido las murallas. Puedo escribir los versos más tristes esta noche, dijo Neruda veinteañero, y se hizo famoso, porque nos pasa, a veces, que de pronto arremete contra nosotros una tristeza ola barriente y no podemos contra ella nada, más que dejarnos arrastrar y ahogarnos mansamente y que sea un alivio no tener que seguir en pie. Pero en realidad no es cierto que sea un alivio y si no pudiéramos sostenernos en pie nos pondríamos unas rueditas. De madera. Azul cian. Y es que veces comandamos el planeta porque se nos canta tener ganas y esperamos en el balcón por si vemos aparecer a los Reyes Magos y otras veces el planeta pasa rodando aplastándonos el cráneo y nos tenemos que desacostumbrar de ciertas costumbres. Pero eso nos pasa a todos, por eso Neruda se hizo famoso con ese versucho cualunque.

domingo, enero 03, 2010

Había perdido un país pero había ganado un sueño


Anoche una multitud de traductoras se juntaron en un bar minúsculo regentado por dos lesbianas famosas por serlo. El bar estaba pintado de esos colores tan absurdamente de moda: chocolate, morado, pistacho. Las traductoras pedían mojitos y vinos (que pretendían hacer olvidar su falta de carácter portando nombres complicados) y hablaban de cosas no de traductoras, las camareras lesbianas famosas por serlo hacían cosas de camareras, los pocos hombres acompañantes besuqueaban a sus novias y contaban anécdotas románticas para ser aceptados (los hombres piensan que las mujeres siempre hablamos de amor). Eso fue anoche y no llovía y hacía una noche fría cuando salí del bar dejando atrás a todas las traductoras enfervorecidas o enfervorizadas de alcohol y de la compañía de otras traductoras y de los novios acompañantes enlazados a sus cinturas para no perderlas. Y caminé caminé por las calles de Granada con las manos en los bolsillos del abrigo rojo, intentando acordarme del clima general de cierto poema de Bolaño, andando despacio para saborear la noche caminada sólo mía y la última noche en la ciudad y ese estado incomparable de caminar sola de noche por una ciudad mientras en un barcito minúsculo una multitud de traductoras.