domingo, enero 03, 2010

Había perdido un país pero había ganado un sueño


Anoche una multitud de traductoras se juntaron en un bar minúsculo regentado por dos lesbianas famosas por serlo. El bar estaba pintado de esos colores tan absurdamente de moda: chocolate, morado, pistacho. Las traductoras pedían mojitos y vinos (que pretendían hacer olvidar su falta de carácter portando nombres complicados) y hablaban de cosas no de traductoras, las camareras lesbianas famosas por serlo hacían cosas de camareras, los pocos hombres acompañantes besuqueaban a sus novias y contaban anécdotas románticas para ser aceptados (los hombres piensan que las mujeres siempre hablamos de amor). Eso fue anoche y no llovía y hacía una noche fría cuando salí del bar dejando atrás a todas las traductoras enfervorecidas o enfervorizadas de alcohol y de la compañía de otras traductoras y de los novios acompañantes enlazados a sus cinturas para no perderlas. Y caminé caminé por las calles de Granada con las manos en los bolsillos del abrigo rojo, intentando acordarme del clima general de cierto poema de Bolaño, andando despacio para saborear la noche caminada sólo mía y la última noche en la ciudad y ese estado incomparable de caminar sola de noche por una ciudad mientras en un barcito minúsculo una multitud de traductoras.

No hay comentarios: