martes, enero 19, 2010

À trois


Stefania Casini, aquélla que en Novecento hacía felices a la vez a De Niro y a Depardieu antes de que le diera un ataque de epilepsia, me borró por accidente todas las fotos americanas de la camarita digital que yo llevaba atesorando durante tres meses en el transcurso de una cena a base de pescado cocinado excesivamente (el pescado, cuanto más solo de salsa y de todo, mejor) a la que nos invitó a las dos Paul Morrissey. Aparte de este poco afortunado incidente guardo buen recuerdo de aquella cena, porque por una vez Morrissey no se portó como un viejo botarate. Fui la espectadora del reencuentro de dos viejos conocidos (la Casini, que ahora se va por ahí sola a países exóticos cámara al hombro a grabar documentales para la RAI, trabajó en Blood for Dracula). Escuché grandes historias de voz de esa mujer a la que no se le ocurría llamar a Fellini y a Bertolucci por sus nombres de pila, esa señora aventurera que empezó siendo una bellísima destapada, y me dieron ganas de conocer Roma y Estambul y de llegar a los sesenta años tan bien provista de vivencia como ella e igual igual de desabrigada.

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