viernes, febrero 19, 2010

Un abrigo es un abrigo es un abrigo

Me dejé olvidado el abrigo de diva barcelonés en el autobús, mi abrigo favorito. Y recién me doy cuenta diez días después. Cómo es posible, a pesar del atenuante de las miles de horas de viaje y de las seis de la mañana a las que llegué. Por unos cuantos veinte minutos me meso los cabellos. Cuando me calmo me digo que coisas são só coisas, otra cosa más que voy perdiendo por el camino aunque en realidad sepa que ese abrigo no es sólo un abrigo, que nadie puede conocer su carga telúrica barcelonesa más que mi ex marido, y entonces perder ese abrigo es una doble pérdida, porque el mundo que representa ya está muerto y no tengo quien llore conmigo en el velorio. Pienso en que quien se lo haya quedado quizá reciba parte de las emociones que viví envuelta en él, y así me consuelo un poco y espero que lo pasee con el mismo orgullo con que yo lo pasée por Barcelona, Madrid, Buenos Aires, Bariloche.
Para no quedarme con la amarga sensación de no haber hecho nada por recuperarlo llamo a San Fernando, que es la última estación de la línea. El señor que me atiende me pregunta cómo es mi abrigo. Se lo describo en sus mínimos detalles, como si se me hubiera perdido un niño chico. Está aquí, me dice, puedes venir a buscarlo cuando quieras, ya nos extrañaba que nadie lo reclamara. No me lo puedo creer, en realidad, porque soy como la abuela de Sánchez Briones, que estaba tan acostumbrada a perder que cuando ganaba se enfadaba. Llueve a mares y aún así mi padre me acerca en coche a San Fernando, y cuando llego allí está mi abrigo, sucísimo, con aspecto de haber servido de felpudo, pero él, sólo él sobre mis hombros. 

El último magnate

Siempre que me voy de viaje mi padre me regala un paquetito de chicles: me subo al autobús masticando uno. (Mi compañero de asiento, que parece recién liberado de la prisión de Puerto 2, me ofrece medio bocadillo cuando llevamos un buen rato de viaje. Lo rechazo pero me conmueve). Cuando me canso del chicle lo envuelvo en la esquinita arrancada del billete del autobús y lo tiro en el cenicero. Media página más tarde Cecilia Brady hace lo mismo que yo en el avión que la lleva a California, y la azafata le dice que reconoce a la gente agradable por ese gesto. Cierro el libro y durante un rato no sé si seguir leyendo, me da miedo que alguien le ofrezca a Cecilia medio emparedado.

miércoles, febrero 17, 2010

La autoridad competente

Llueve. Voy disfrazada de emigrante de viaje: pantalón Pampero, botas de montaña, la capucha echada para no mojarme (prefiero quedarme fuera del restaurante donde nos ha parado un rato el autobús). Se me acerca un guardia civil y me habla, no lo oigo bajo Brad Mehldau. Me quito los auriculares y me dice que perdone por la molestia y que si le puedo enseñar la documentación. Me quito la capucha ipso facto (no sé por qué, es casi como quitarse el sombrero) y me pongo a buscar en mi bolso paraguayo llenísimo de cosas. Como es imposible encontrar nada en ese baúl portátil me agacho y lo pongo sobre el suelo mojado y empiezo a sacar: la carpeta, el libro, la Moleskine, dos mandarinas, el gorro, mientras el guardia civil me pregunta cuál es mi profesión. Le digo. Traductora. Me dice. ¿De inglés? Contesto desde el suelo. Inglés, francés y portugués.  Dice. Ah. Se queda callado mientras yo saco del bolso los guantes, otro libro, el cepillo de dientes, el rímel, el móvil, una tableta de chocolate, y lo oigo que me dice que en ese caso no hace falta que le enseñe nada.

lunes, febrero 15, 2010

Travessia

Quando você foi embora fez-se noite em meu viver
Forte eu sou mas não tem jeito, hoje eu tenho que chorar
Minha casa não é minha, e nem é meu este lugar
Estou só e não resisto, muito tenho prá falar
Solto a voz nas estradas, já não quero parar
Meu caminho é de pedras, como posso sonhar
Sonho feito de brisa, vento vem terminar
Vou fechar o meu pranto, vou querer me matar
Vou seguindo pela vida me esquecendo de você
Eu não quero mais a morte, tenho muito que viver
Vou querer amar de novo e se não der não vou sofrer
Já não sonho, hoje faço com meu braço o meu viver
Solto a voz nas estradas, já não quero parar
Meu caminho é de pedras, como posso sonhar
Sonho feito de brisa, vento vem terminar
Vou fechar o meu pranto, vou querer me matar

viernes, febrero 05, 2010

Espacio vacío

Quizá lo asombroso sea que por muchas veces que me enfrente (en el sentido de mirar desde y hacia) con un nuevo espacio en el que vivir, la sensación de promesa y posibilidad siempre es la misma y confluye intacta de su anterior vez a la nueva. Ante mí baldosas en el suelo y paredes que se levantan vacías, una ventana, esa puerta que abrirá mi llave y en mí de nuevo íntegros un empuje y un intento. Caminar vacía hacia una derrota aceptada de antemano no es más que una alegría de poder entretenerse en el mientras tanto, en el a pesar de y fantasear detrás de qué puerta me apoyaré alguna noche al llegar cerrando los ojos y deseando desaparecer, en qué cuadrilátero de suelo me sentaré agarrada a Calígula para susurrarle te prometo, qué estrellita miraré acodada en el alféizar de la ventana, cuál de mis tazas apoyaré en la mesita de luz. Mis visillos blancos tendrán que adaptar su dobladillo a esta nueva altura. Y esa vida pequeña y adaptada que me espera, esa nueva resignación a un espacio que no es el que quisiera delimitará mi refugio y mi punto de partida, mi nuevo barrio, otra vez, hasta el cansancio. De nuevo nazco anestesiada aunque planeando plenitud para lo que llegue, y este nuevo vacío de llegar es también y como siempre un nuevo espacio vacío al que llegar.