viernes, febrero 19, 2010

El último magnate

Siempre que me voy de viaje mi padre me regala un paquetito de chicles: me subo al autobús masticando uno. (Mi compañero de asiento, que parece recién liberado de la prisión de Puerto 2, me ofrece medio bocadillo cuando llevamos un buen rato de viaje. Lo rechazo pero me conmueve). Cuando me canso del chicle lo envuelvo en la esquinita arrancada del billete del autobús y lo tiro en el cenicero. Media página más tarde Cecilia Brady hace lo mismo que yo en el avión que la lleva a California, y la azafata le dice que reconoce a la gente agradable por ese gesto. Cierro el libro y durante un rato no sé si seguir leyendo, me da miedo que alguien le ofrezca a Cecilia medio emparedado.

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