lunes, marzo 01, 2010

Noches no vividas

Puedo vivir con el dolor. No me asustan las caídas, las prefiero porque significan que ando en pie. Puedo pensar en los sobrinos y en los hijos que ni tuve ni tendré y a lo mejor eso me punza lo suficiente como para fruncir el corazón; puedo pensar en mil inviernos y canículas que vendrán sobre la lámpara de luz amarilla o miel que crecerá en un rinconcito de mis casas, puedo sentir los vientos que soplarán fuera o en el calor que nos recibirá fuera a mí y a mis vestidos, todas las calles que andaré con las manos en los bolsillos, botas o sandalias, los ruidos de las aguas, los hombres que no elegiré aunque los mire a los ojos y les diga contigo. Puedo llegar sola a casa donde la lámpara de luz amarilla o miel estará apagada, y que Calígula maúlle tras la puerta hasta que tenga que morirse y yo me muera bastante en su muerte. Puedo conservar varios de mis pañuelos bufandas y echarpes durante siglos, puedo reinventarme bajo mis abrigos, mis pendientes, podré sacar las fuentes de la alacena para servir las cenas y los almuerzos a mis invitados, podré cantar ante el micrófono y sacarme el sentimiento y saborear después de los conciertos esa melancolía profunda del que ha sido y ese extremo goce del que ha estado siendo. No le temo a las casas vacías ni a los límites ni a esa desolada noche que vendrá de vez en cuando sin aviso, a enfrentarme a mis convencimientos y escupirme a la cara el mundo implacable o mi falta de rumbo, mi falta de cachito propio de planeta, mis cajones bien ordenados, el dolor imperecedero que guardo por mi sentimiento derrotado que conozco en sus aristas y en su redondez y a veces desespero de que camine conmigo. Pero esas noches vendrán guarnecidas de otras noches muy diferentes, y habrá meses y habrá años en mi vida, y tendré mañanas de domingo y me subiré a los trenes, volveré a ver París, aspiraré el aire cortante que sube de la corriente Humboldt del Pacífico, sabré dilucidar estrellas, galopar caballos, construir frases, parar el hervor cuando el almíbar alcance el punto de hilo flojo, me podré contar las canas y los amores pequeñitos, me embarcaré en desvaríos inevitables de los que saldré despeinada pero no tanto, me miraré los ojos engrandecidos en el espejo de la entrada. Nunca más intentaré enaltecerme de través, sólo yo puedo ser yo y sólo me queda ese camino hasta morir, hasta que en mi muerte algunos se mueran un poco en mí, hasta que todo deje de ser una promesa dolorida y se convierta en un fue.

1 comentario:

Curro dijo...

El día que todo eso pase, tú serás mi Calígula.