martes, marzo 23, 2010

Poema de amor

Enamorados, nos enamora el pasto,
y los graneros, y los postes de luz,
las carreteras toda la noche abandonadas.

lunes, marzo 22, 2010

Toda la vida estaré sosteniendo este dique contra ti

Caminaba la ciudad para no sucumbir a la locura. Era de noche y era la primera noche que no hacía frío. Y la Plaza del Sol me acogió cuando llegué justo al sonar la medianoche, y yo supe que estaría siempre hasta que me muriese luchando contra algo, oponiéndome a algo, para no caer. Satisfice esa imagen que me gusta tanto de yo atravesando la Plaza con qué falda, con qué botas, y perdí luego esa manera de andar y ese sentimiento poderoso de poseer la ciudad que me dio bajar la calle Arenal, que me da siempre gracias al verano pasado bajar o subir Arenal, respirar la Plaza de Oriente. Ya luego, vencida no pero muy tocada por esa posibilidad de dejarme caer, supe con certeza que estaba loca pero que me mantenía a salvo caminando por el borde para no matarme en una locura verdadera, en una devastación. Y es fácil la locura, no hace falta hablarle a la estatua del barrendero de la plaza Calderón de la Barca como el señor que un rato antes había visto mientras caminaba con Rodrigo, basta con acceder al sufrimiento, basta con darle permiso al dolor para que entre y se aposente y se quede para siempre (mira lo que sobró para desquiciarme). Entonces tuve que sacar mi única arma, mirar, palpar con los ojos la vida de la ciudad, mirar ventanas o balcones o buhardillas iluminadas y los visillos, sopesar la posibilidad de que haya alguien vivo tras los cristales, caminar calles y ensanchar la ciudad hasta que fuera tan grande como mi desazón y mi terror a vivir de nuevo en el infierno y que la única idea que me pacifique sea morir. Vi de nuevo mi vida como una sucesión de días inencumbrables, de pruebas, de horas que no quiero: quise quemar los rastrojos y hacer barbecho, apoyarme conta esa pared de mi locura para empujarme hacia la escritura, sobre la escritura, ceñirme a ese airecito de crear del que hablamos Rodrigo y yo en la mesa chiquita de la pared del pequeño restaurante hindú. Y entrar en la Plaza Mayor y contener el grito, pisar los adoquines, escuchar al señor que toca el xilófono mientras la policía le recordaba la hora, anhelar un escenario de canciones inmediatas y meter las manos en los bolsillos del abrigo otorgándome espacios de respuesta al horror de existir. Y firmé para no arrastrarme en esa manera insensata de sufrir, sino luchar denostadamente contra la puerta que abre el sufrir. Mi droga nueva será ser. Contra ti.

En un tuit

El mundo estaba tan sin ruido como en reverencia de duelo cuando yo me ahogaba en mi tumulto, que le respiré la compasión y me calmé.

miércoles, marzo 10, 2010

Un tipo raro

Con el niqui de Ralph Lauren del revés y pelos de teleñeco lo vemos acercarse al escenario de El Junco y hablar con el pianista, que acto seguido nos anuncia que harán una versión de Alone together para una chica que a pesar de estar en Brooklyn está allí mismo gracias a los avances de la tecnología. El chico raro levanta su teléfono móvil y mira al tendido como para dejar constancia de que allí está ella, escuchando, seguramente dando saltitos brooklynenses. 
La noche siguiente me lo encuentro de nuevo en un restaurante vegetariano de la Latina interrogando al camarero sobre si es verdad que el té verde no tiene teína y cuánto tiempo es conveniente dejar en infusión el té blanco. Sus pelos siguen estando en el mismo estado y esta vez lo que lleva del revés es un jersey de cuello de pico. Granate.

martes, marzo 09, 2010

Tierras raras


El collage es de Raúl Lázaro
El mundo se divide en dos partes: el que conozco y el que no conozco. Seguramente las tierras raras que me quedan sin explorar abajo en sus lignitos y sus turbas sean bastante parecidas a las demás tierras. Seguramente recorrerlas me depare los mismos modos de viaje que las demás tierras. Seguramente sus habitantes sean implacables o blanduras como los habitantes de las demás tierras. Seguramente todos los demás sean tú y yo sea la única yo. Y aún así hay días en que quieres poblar tu vida de viajes a las tierras raras, hay días cuya singladura quieres que sea toda entera comprendida por aguas desconocidas. Sobre todo si aparece algún tú más tú que los otros.

domingo, marzo 07, 2010

Los perros románticos

En aquel tiempo yo tenía veinte años
y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el espacio de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
Y aquí me voy a quedar.

Black books

Tengo un librero en propiedad. Lo conocí el año pasado cuando buscaba Txoriburu, aquel día triste que me enteré que la Balzola estaba muertísima. Él tenía una copia y lo llamé, me dijo que su tienda era un desastre y que tendría que buscarlo, pero que si el índice de internet decía que el libro estaba allí, allí estaría, que le concediera por favor una semana y lo volviera a llamar. En ese momento supe que era mi librero, y lo corroboré cuando conseguí su permiso y me acerqué a su tienda y estaba cerrada, y le pregunté al del quiosco y me dijo que él suele estar siempre en la cafetería. Nos hicimos amigos por Witkiewicz y por una antigua novia suya que se fue a Cádiz y nunca más volvió. El otro día fui a cambiarle mis Hemingways repetidos por Pushkin y Conrad y como la tienda estaba peor que nunca me ofrecí solícita femenina a ordenarle un poco las cajas llenas de libros que tenía por allí arrumbadas. Me dijo que el orden y él no eran en absoluto consustanciales y que si ordenaba algo ya no podría encontrar nada (a alguien que lleva los pelos que él lleva lo crees a pies juntillas cuando te dice algo así). Le conté que ahora trabajo a tres cuadras de su tienda, y me pidió que fuera a verlo más a menudo; le hice saber que no sabe la plaga que se le viene.

sábado, marzo 06, 2010

En otro Madrid

A cada paso me encuentro contigo, Madrid, cuando en realidad quisiera otra ciudad. Aunque ahora te presentas desconocida, aunque ahora cuando camino sola y hace tanto frío te encuentro entreverada distinta y nos queremos, lo nuestro no es lo que debiera, nos falta el arrebato. Eres tan pausada y tan acogedora, dónde están tus pinchos, dónde las esquinas a las que no les quieres dar vuelta. Sé que nunca serás mala, que eres honesta en tu sal gruesa y en tus grasas, en tus manos gordas de tía abuela que me espera con el café con leche en vasito Duralex y el bizcocho de limón horneado a la mañana. Necesito que me retes. Y seguramente en tu tranquilidad mesa camilla eres un reto crochet, pero hoy necesitaría que me dieras una bofetada.

miércoles, marzo 03, 2010

Haciéndome al barrio

Una vez vi en la tele chiquita de mi última cocina francesa a Zoé Valdés hablando de su barrio parisino, y la envidié desde mi tranquilidad de pueblito de provincias muerto a las cinco de la tarde. Lo que ella contaba era calco de mi primer fin de semana en mi nueva casita de Lavapiés, un baño sonoro en eso que llaman crisol de culturas. El domingo por la tarde se me hizo tan insoportable no poder hacer mis propios sonidos idiosincráticos que me fui paseando hasta Moncloa por lo verde bajo el sol. Los ruidos etnológicos de mi edificio por suerte nacen al atardecer del viernes y mueren en la noche del domingo, el resto de la semana reina la quietud y me da cosa canturrear porque sé que los oídos del bloque son largos. Puedo enumerar:
Un sonido perpetuo en el patio de luces: la válvula de una olla exprés girando soltando su vaporcito.
Una pareja bengalí o en cualquier caso indostaní que se gritó sábado y domingo enfurecida para terminar reconciliándose en la madrugada del domingo en sincronía perfecta con Cee y Robbie que se amaban en mi libro contra una estantería.
Los vecinos de abajo escucharon permanentemente reguetón.
En el bajo la asociación cultural de Bangladesh organizó sendos conciertos de reggae el viernes y el sábado por la noche hasta las cuatro de la mañana.
Mi vecino de al lado, un viejito que cuando le toqué el timbre para rendirle mis respetos de nueva vecina me abrió en bata y pantuflas con forma de muñeco de peluche, se pasó el fin de semana recibiendo a guitarristas y percusionistas cubanos que no vinieron a tomar café sino a tocar son y boleros.
Los del edificio de enfrente escucharon salsa y no precisamente a los Van Van.
Una vecina colombiana sin determinar recibió a una amiga y se pasó varias horas despotricando de su cuñada, con la ventana de la cocina abierta.
Estos van a ser los acompañamientos orquestales de mi 2010. No cabe la queja porque si no quisiera sonidos Lavapiés me hubiera ido a vivir a El Escorial. Pero una vez bañada en estas aguas, cuánto más que ahora si eso es posible, anhelaré mi casa con galería en Lobería.

lunes, marzo 01, 2010

Noches no vividas

Puedo vivir con el dolor. No me asustan las caídas, las prefiero porque significan que ando en pie. Puedo pensar en los sobrinos y en los hijos que ni tuve ni tendré y a lo mejor eso me punza lo suficiente como para fruncir el corazón; puedo pensar en mil inviernos y canículas que vendrán sobre la lámpara de luz amarilla o miel que crecerá en un rinconcito de mis casas, puedo sentir los vientos que soplarán fuera o en el calor que nos recibirá fuera a mí y a mis vestidos, todas las calles que andaré con las manos en los bolsillos, botas o sandalias, los ruidos de las aguas, los hombres que no elegiré aunque los mire a los ojos y les diga contigo. Puedo llegar sola a casa donde la lámpara de luz amarilla o miel estará apagada, y que Calígula maúlle tras la puerta hasta que tenga que morirse y yo me muera bastante en su muerte. Puedo conservar varios de mis pañuelos bufandas y echarpes durante siglos, puedo reinventarme bajo mis abrigos, mis pendientes, podré sacar las fuentes de la alacena para servir las cenas y los almuerzos a mis invitados, podré cantar ante el micrófono y sacarme el sentimiento y saborear después de los conciertos esa melancolía profunda del que ha sido y ese extremo goce del que ha estado siendo. No le temo a las casas vacías ni a los límites ni a esa desolada noche que vendrá de vez en cuando sin aviso, a enfrentarme a mis convencimientos y escupirme a la cara el mundo implacable o mi falta de rumbo, mi falta de cachito propio de planeta, mis cajones bien ordenados, el dolor imperecedero que guardo por mi sentimiento derrotado que conozco en sus aristas y en su redondez y a veces desespero de que camine conmigo. Pero esas noches vendrán guarnecidas de otras noches muy diferentes, y habrá meses y habrá años en mi vida, y tendré mañanas de domingo y me subiré a los trenes, volveré a ver París, aspiraré el aire cortante que sube de la corriente Humboldt del Pacífico, sabré dilucidar estrellas, galopar caballos, construir frases, parar el hervor cuando el almíbar alcance el punto de hilo flojo, me podré contar las canas y los amores pequeñitos, me embarcaré en desvaríos inevitables de los que saldré despeinada pero no tanto, me miraré los ojos engrandecidos en el espejo de la entrada. Nunca más intentaré enaltecerme de través, sólo yo puedo ser yo y sólo me queda ese camino hasta morir, hasta que en mi muerte algunos se mueran un poco en mí, hasta que todo deje de ser una promesa dolorida y se convierta en un fue.