domingo, marzo 07, 2010

Black books

Tengo un librero en propiedad. Lo conocí el año pasado cuando buscaba Txoriburu, aquel día triste que me enteré que la Balzola estaba muertísima. Él tenía una copia y lo llamé, me dijo que su tienda era un desastre y que tendría que buscarlo, pero que si el índice de internet decía que el libro estaba allí, allí estaría, que le concediera por favor una semana y lo volviera a llamar. En ese momento supe que era mi librero, y lo corroboré cuando conseguí su permiso y me acerqué a su tienda y estaba cerrada, y le pregunté al del quiosco y me dijo que él suele estar siempre en la cafetería. Nos hicimos amigos por Witkiewicz y por una antigua novia suya que se fue a Cádiz y nunca más volvió. El otro día fui a cambiarle mis Hemingways repetidos por Pushkin y Conrad y como la tienda estaba peor que nunca me ofrecí solícita femenina a ordenarle un poco las cajas llenas de libros que tenía por allí arrumbadas. Me dijo que el orden y él no eran en absoluto consustanciales y que si ordenaba algo ya no podría encontrar nada (a alguien que lleva los pelos que él lleva lo crees a pies juntillas cuando te dice algo así). Le conté que ahora trabajo a tres cuadras de su tienda, y me pidió que fuera a verlo más a menudo; le hice saber que no sabe la plaga que se le viene.

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