lunes, marzo 22, 2010

Toda la vida estaré sosteniendo este dique contra ti

Caminaba la ciudad para no sucumbir a la locura. Era de noche y era la primera noche que no hacía frío. Y la Plaza del Sol me acogió cuando llegué justo al sonar la medianoche, y yo supe que estaría siempre hasta que me muriese luchando contra algo, oponiéndome a algo, para no caer. Satisfice esa imagen que me gusta tanto de yo atravesando la Plaza con qué falda, con qué botas, y perdí luego esa manera de andar y ese sentimiento poderoso de poseer la ciudad que me dio bajar la calle Arenal, que me da siempre gracias al verano pasado bajar o subir Arenal, respirar la Plaza de Oriente. Ya luego, vencida no pero muy tocada por esa posibilidad de dejarme caer, supe con certeza que estaba loca pero que me mantenía a salvo caminando por el borde para no matarme en una locura verdadera, en una devastación. Y es fácil la locura, no hace falta hablarle a la estatua del barrendero de la plaza Calderón de la Barca como el señor que un rato antes había visto mientras caminaba con Rodrigo, basta con acceder al sufrimiento, basta con darle permiso al dolor para que entre y se aposente y se quede para siempre (mira lo que sobró para desquiciarme). Entonces tuve que sacar mi única arma, mirar, palpar con los ojos la vida de la ciudad, mirar ventanas o balcones o buhardillas iluminadas y los visillos, sopesar la posibilidad de que haya alguien vivo tras los cristales, caminar calles y ensanchar la ciudad hasta que fuera tan grande como mi desazón y mi terror a vivir de nuevo en el infierno y que la única idea que me pacifique sea morir. Vi de nuevo mi vida como una sucesión de días inencumbrables, de pruebas, de horas que no quiero: quise quemar los rastrojos y hacer barbecho, apoyarme conta esa pared de mi locura para empujarme hacia la escritura, sobre la escritura, ceñirme a ese airecito de crear del que hablamos Rodrigo y yo en la mesa chiquita de la pared del pequeño restaurante hindú. Y entrar en la Plaza Mayor y contener el grito, pisar los adoquines, escuchar al señor que toca el xilófono mientras la policía le recordaba la hora, anhelar un escenario de canciones inmediatas y meter las manos en los bolsillos del abrigo otorgándome espacios de respuesta al horror de existir. Y firmé para no arrastrarme en esa manera insensata de sufrir, sino luchar denostadamente contra la puerta que abre el sufrir. Mi droga nueva será ser. Contra ti.

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