jueves, julio 29, 2010

Amamos tanto a Sara Gallardo

23

Esperé diez años. Y me vio.
Llegaba de la guerra. Sangre negra le chorreaba el pecho. Vi sus hijos, sus nietos. Las plumas de sus lanzas también negras, locas de victoria. Mujeres, viejos, perros, chicos eran un solo aullido. Y las cautivas color muerte.
Yo le sostuve la mirada. Mi abuela me pegó.
Celebraron durante muchos días. Los guerreros dormían, vomitaban. Esperé. El rey caminó entre las tiendas. Vi abrir el cuero de mi casa.
Nunca lo nombré. Nunca me nombró. Yo fui rey, el muchacha. Aprendí a gobernar, él a reír.
Suelen hablar. Poco saben de amor.

30

Soñé: perdí un diente.
¿Qué haré sin él, que hará sin mí?
Se ha levantado viento sobre el río.
¿Qué hará sin mí, qué haré sin él?
Llovía. Y llovía mi llanto. Es triste ser mujer del viejo rey. Era de noche, debajo de la manta. En otoño las cosas son así.
Entró en la oscuridad el hijo de mi esposo. Había bebido.
Tal vez se equivocó.
Aquello fue salir al resplandor en un caballo de batalla.
Fue correr. Fue vencer

32

Su padre le dijo el día del primer combate:
-Que ninguna mujer te importe más que la guerra.
Su padre le dijo el día del primer banquete:
-Ninguna mujer lleva más lejos que el alcohol.
Su padre le dijo el día del primer sacrificio:
-Atarse a una mujer es apartarse del misterio.
Conoció el combate, el alcohol, el misterio. Me dice: son tres sombras junto a falda roja.

viernes, julio 23, 2010

Coserse la vida a través de la cortina

En el bar, mientras él y yo leíamos el mundo a través de Steiner, a través de Brahms, a través de los años que hace que nos queremos, la señora increíble agitaba su perrito miniatura en la barra, agrandaba sus morritos engrandecidos cualquier otro año en bisturí, se sujetaba muy poco las tetas con el palabra de honor plateado, intentaba no respirar demasiado en el interior de su vaquero esculpido a soplete. Y unos zapatos de tacón la llevaban del martirio a la gloria. Quizá tendría la edad de mi madre, 60 años, y la tristeza de su no aceptación del craquelado del tiempo se volvió fiesta cuando vimos que en realidad había nacido señor y se había transformado en diva más tarde. Porque si es difícil envejecer, aún más heroico es envejecer contra la marea, sosteniendo la impostura de un femenino más femenino que el femenino, el peso del disfraz de un deseo extraño de los hombres: ser poseídos por otro hombre que pretende ser muñeca. Cada mañana levantarse y cepillarse la melena impostada y rara rubia, cada mañana llorarse ante el espejo y enfundarse en la intención de un ruido público, cada mañana ser como cualquier otra persona que aguanta el peso del ser sí mismo y de una vida, cada mañana ser reclamo que despierte el deseo de los otros. El hambre de la señora increíble que fue hombre de la barra no es muy distinto del mío, pero al menos ella lo gritaba en su manera de agitarse y esconder, brava, grande, su dolor de perder, poco a poco, sus capacidades de campana de bronce que repica y llama a la oración fúnebre del placer.

jueves, julio 22, 2010

El amor putrefacciona la literatura

Ahora con la edad ésta que nos ha ido saliendo no podemos engañarnos con ciertas cosas, tenemos que dejar de pensar que el amor todo lo puede y que es manso cordero y una flor. Ahora sabemos que el amor es un escupidor profesional y que ha nacido para asesinarnos y crecernos dolores y llanteras. Malo, amor, malo. Con las edades que no son las de antes sabemos que quererse de lejos es querer a otros y mentirse malamente un amor falso conservado en aceite 100% vegetal desde las cartas y las cabinas telefónicas, sabemos que quererse de cerca es una gran chingadera, un Tourmalet. Y nos empeñamos, no obstante, en cavar y cavar sobre una pista que nos da una mañana un viajero. Literatura. Porque el comienzo es siempre literario y hay un verso, único, con sus palabritas dentro y su ilusión cometa dentro de eso que nace torbellino, nace terribles hámbrenes, y que consigue que nos crezca el escritor portátil. Qué bonita la mentira literaria del principio, cuando todavía lúcidos sabemos que estamos cavando en el estiércol para enterrarnos dentro, aún así del barro creemos hacer oro, con un poquito de métrica y sintaxis, nos sale, líquido, orfebre, de las manos, oh, el logos. Y el amor, que nos brota luego, sarraceno y cruel e imparable planta y susurrador engañador de bobos, nos llama a la quietud y a la parada y nos convence de la verdad de las palabras que en otro idioma menos blando se llamarían falsarias o puñaladas. Amor, deja de estropearnos la literatura, no te queremos por aquí, sólo amamos el fragor o el sabor o las camas en las que se ayuntan unas con otras esas puercas palabras. Salí, amor, salí de acá, nos corrompes la hermosa mentira belleza falsedad de las palabras. Vete, amor, pero no te vayas lejos.