viernes, julio 23, 2010

Coserse la vida a través de la cortina

En el bar, mientras él y yo leíamos el mundo a través de Steiner, a través de Brahms, a través de los años que hace que nos queremos, la señora increíble agitaba su perrito miniatura en la barra, agrandaba sus morritos engrandecidos cualquier otro año en bisturí, se sujetaba muy poco las tetas con el palabra de honor plateado, intentaba no respirar demasiado en el interior de su vaquero esculpido a soplete. Y unos zapatos de tacón la llevaban del martirio a la gloria. Quizá tendría la edad de mi madre, 60 años, y la tristeza de su no aceptación del craquelado del tiempo se volvió fiesta cuando vimos que en realidad había nacido señor y se había transformado en diva más tarde. Porque si es difícil envejecer, aún más heroico es envejecer contra la marea, sosteniendo la impostura de un femenino más femenino que el femenino, el peso del disfraz de un deseo extraño de los hombres: ser poseídos por otro hombre que pretende ser muñeca. Cada mañana levantarse y cepillarse la melena impostada y rara rubia, cada mañana llorarse ante el espejo y enfundarse en la intención de un ruido público, cada mañana ser como cualquier otra persona que aguanta el peso del ser sí mismo y de una vida, cada mañana ser reclamo que despierte el deseo de los otros. El hambre de la señora increíble que fue hombre de la barra no es muy distinto del mío, pero al menos ella lo gritaba en su manera de agitarse y esconder, brava, grande, su dolor de perder, poco a poco, sus capacidades de campana de bronce que repica y llama a la oración fúnebre del placer.

No hay comentarios: