martes, agosto 31, 2010

El dolor de ya no ser

A veces parece que todo se ha estancado, a veces todo es fango y cuesta abajo. Y bajar a la plaza con Calígula y que los negros vendedores de droga pronuncien su nombre de maneras hermosamente africanas no parece trozo de la película. A veces las historias que nos pasan, en un tren que va al norte, o en un bar de noche al que vamos a hacer como que aún tintineamos y somos ocurrentes y no deseadas sino admiradas, mientras por dentro queremos ir a casa a limpiarnos el blanco del clown, no nos parecen de telón levantado. A veces, aunque nos apoyen contra Madrid, contra una bendita barandilla madrileña, y nos besen por dentro de la noche, nos parece que el mundo se ha enterrado vivo debajo de un montón de paréntesis. A veces, aunque nos quitemos los zapatos de tacón al entrar en casa, vivimos bajo el ala del sombrero barbecho y nos parece que todas las horas dejan de pasarnos. Todas esas estrellas que el cielo se mastica sin nosotros, veda, coto, amurallado corazón de la manzana mundo, nos parece que nunca van a volver a brillar sobre nuestra cabeza. Y sin embargo estamos siendo, calendario como siempre, hilachas como siempre, choque como siempre, una canción nueva como siempre, plantas que se van muriendo en las macetas, chicos de Ghana que nos vienen a buscar para que les enseñamos a deletrear, albañiles de Guatemala que no pueden con su alma escoplo. Y tú, pobre corazón disminuido, que te sigues empeñando en encogerte hecho un tango, aunque te creas que no martilleas aurícula, estás vivo y pájaro. Salta del pecho hasta la cumbre, ocúrreme, no vayas más dejando tus cachos en la pendiente.

Ojos cerrados un instante

Un niño de cinco años muere y su hámster lo sobrevive. La primera vez que pensé esto, allí, delante de la jaula del bicho, tuve la impresión de que lo había leído en alguna parte, en alguna parte muy triste. Mientras le soplaba al hámster entre las virutas para que se despertase, al hámster longevo, intentaba recordar qué niño se había muerto antes en qué lugar y había dejado atrás a su animal. Y esta búsqueda de referente, que quizá fuese falsa y sólo un intento de no rebelarse contra lo que ya se enterró (ojos cerrados un instante), un intento de no pensar en su manita contra el barrote llamando a la bolita viva, no me llevó a ninguna parte más que a esa voz resonándome dentro, esa voz que lee en alta voz en la cabeza lo que se ha leído y que seguía diciendo un único niño único de cinco años muere y su único animal único lo sobrevive. 

lunes, agosto 30, 2010

El pañuelo de Thomas Hudson

Cuando necesito que se me caigan las lágrimas buenas leo mis partes favoritas de Islands on the stream o mis partes favoritas de los cuentos de Salinger o Tabacaria, o Prufrock, o Cet amour, o ese poema de Borges, o, o, o, pero sobre todo Islands on the stream. Efecto inmediato, deberían recetarlo. Y el mundo clarea. La misma palabra que me hiere me pacifica: existe Thomas Hudson en el mundo, real, dolorido, siempre ahí cuando voy a buscarlo, plantado en sus mismos errores y silencios y maneras de bancársela y amor irredento e imposible por su propia mano y gato Boisy y es mi barco mi tesoro y esos días pescadores con sus hijos. No me deis alcohol ni esas drogas modernas ni Cassandra Wilson ni un hombre al que yo no ame, dadme a Thomas Hudson y a mí se me caerán las lágrimas más cálidas y lavadoras. Cuántas veces respiro contigo, cuántas veces pienso en ti, en cómo estarás pensando, en cómo estarás de borracho, en cómo estarás, Thomas Hudson, en qué cuadro estarás pintando, en qué mar estarás navegando, cuántas veces habré sufrido contigo y sido feliz contigo. Me queda corazón, y quizá todo el corazón que me queda sea sólo tuyo. Quiero ser ella y que me quieras como la quieres a ella, y obligarte y saber contigo que no hay manera, que ya hemos perdido, ella, yo, tú. Quiero ir a verte y quedarme sentada callada en el porche hasta que tengas ganas de salir a ver la playa, a masticar en silencio toda tu decidida actitud, toda tu soledad elegida, la soledad del que no quiere hacer más daño. Yo quisiera haberte conocido antes de que estuviera escrita toda tu historia, aunque seguramente sea mejor así. Thomas Hudson, yo quisiera que nos amaras hoy.

Tres años

Qué te cuento. Que hace calor. Que últimamente me paso las tardes y las noches en casa. Que fui a Asturias. Que fui a Lisboa. Que todos los días me dan ganas de rendirme. Que el gato es mi única ancla a la realidad. Que me parece que se me ha secado para siempre el corazón. Que dos albañiles ilegales de Nicaragua y Perú que vinieron a arreglarme la pared tirada por la tubería que se rompió van a beneficiarse del servicio de abogado de extranjería de mi trabajo porque se lo ofrecí y en ese gesto no hubo ni bondad ni creencia en que se puede mejorar algo, sino el último reducto de moral social que me queda. Cualquier día me destierro. Cualquier día me desnuco. Si el mundo se rompiera en pedacitos no me importaría, porque ya no distingo, porque no sé si me queda alguna inclinación o sentimiento, porque me cuesta creerme hasta la verdad del pan que meriendo. Ha sido agosto y casi no lo he sabido. Madrid anda por ahí afuera y yo lo ignoro, con convencimiento. No duermo mucho. Tuiteo. A veces no me acuerdo de comer y cuando me doy cuenta me asalvajo en la cocina hasta extremos The cook, the thief. Tengo tantos libros por leer como directos del trío de Keith Jarret por escuchar. Me mata la imposibilidad de darme una tregua. Me mata darme cuenta de que ese muro suyo siempre va a estar ahí, ladrillo sobre ladrillo. Me mato yo, postergándome. Y a veces una canción me recuerda que estuve viva. Y a veces mujeres lejanas que me quieren me dicen. Y a veces me acuerdo de que esto no puede durar mucho tiempo. Y a veces rezo deus ex machina de mi vida, ven a rescatarme, pero ven ya, antes de que termine de desangrarme.

sábado, agosto 28, 2010

En cada pueblo, un loco

Ahí nos recibe, con la funda colorada e invernal en la cabeza, y eso que es agosto, con unos bolsillos hechos de puños de jersey cosidos al pantalón, con una camisa muy bien elegida y muy bien planchada, con un habla de loco cultivado y seguro de la conspiración internacional, señor. Y a su pueblo nos recorre, no del brazo porque es caballero, nos consigue la llave de la iglesia románica en el bar lleno de hombres e insiste en su proyecto de que vengan a recuperar los frescos señores jubilados y aburridos y que el dinero provincial lo utilicen para enseñar un oficio a los inmigrantes jóvenes. Nos muestra desperdigados por el pueblo todos los tesoros que recoge de la basura (puertas viejas de las que recupera bisagras de las que ya no, altavoces injertados en cajas de madera, bicicletas), me regala una manzana verde, la mejor manzana que me haya comido nunca, orégano recién traído del monte, asegura amar a todas las mujeres menos a su madre. Nos cuenta su vida trashumante, antes de que el General muriera, nos cuenta el día antes de ayer que pasó en Gijón tumbado sobre una piedra plana frente al mar, mientras el agua subiente le iba mojando los pies y él esperaba a una sirena. Y nos subió la pendiente para que viéramos la vista hacia el interior, a la izquierda, y la vista hacia el exterior, a la derecha. Yo, obnubilada y casi tan insensata como él, siguiéndole la línea del lenguaje florido y farragoso, la pendiente cuesta arriba de su pensamiento y de su pueblo, casi que me empiezo a ver subiendo al monte a por las vacas pañuelo en la cabeza, manzanera, poblana, loca.

viernes, agosto 27, 2010

Yo, así, mejor me rindo

Hay, incuestionablemente, un mundo. No me lo discutan. Y dentro de ese mundo hay personas, inclasificables. No me las clasifiquen. Y esas personas todas se piensan un mundo cada uno, cuyo centro es, incuestionablemente, su sí mismo. No se lo discutan. Así, esto es un sin sentido. Porque unos tienen una calesita en un parque, otros sopesan sus financias, otros tuvieron apellido-tejado, otros caminan 5 kilómetros para acarrear el agua desde un pozo infecto, otros roban pro sus lujos, otros roban pro su angustia, otros recortan papeles con los que forran cajitas, otros se sientan muy erguidos. Y este mundo que existe, incuestionablemente, se vuelve así cuestionable. Porque todos lloramos, amamos, cogemos, vemos puestas de sol y estrellitas en el cielo y mamamos la leche de nuestras madres, y sin embargo cada uno se ve en si mismo historia y río y ombligo de vista. Y odiamos, también. Odiamos lo distinto, lo que no pertenece a nuestra heredad, descomprendemos el hambre cuando estamos hartos y anhelamos machacar al ahíto cuando nos morimos de hambre. Cambiémonos de cuna, así, ojos abiertos. Cambiémonos de lluvia sobre nuestra cabeza. Crucemos la frontera del suburbio o de la calle señorial. Seamos todos malditos, estemos todos bendecidos. La humanidad es un asco, pero es un asco tan hermoso que bien vale la pena que me dejen disfrutarla. Me dan ganas de matarlos a todos. Los quiero.

Uña que se corta y se pierde, flor de desierto

Tengo ojos para ver y veo: veo al señor de los ojos saltones o perdidos, ojos ensartados en la cara que a él no le sirven para ver, pantalón tan sucio por el detrás y por el delante, justo donde se frota las palmas de las manos de desesperación por estar desesperado, de desesperación de pedir. Va recogiendo las monedas olvidadas en los carritos para el equipaje o las que le dejan recoger después de rogar con sus ojos que no ven muriéndose en los ojos de la gente. Lo veo y puedo seguir viéndolo hasta el lugar donde se duerme o hasta la plaza donde se droga, lo veo antes de desesperarse, sin recurso y sin letra, con una madre y un padre y amigos mejores o peores que él. Veo su manera de caminar, la boca un poco abierta, solo, hasta el sitio donde se droga, la plaza donde se duerme. Y noches tan largas como las mías sólo que en sucio, noches más oscuras que las mías, noches que no se terminan nunca, ni siquiera al día siguiente. Y lo veo de chico, no hace tanto, sin balón que le gustara para jugar o con todos los balones, mirando por la ventana de la escuela, a veces hosco, a veces fiesta, sentado en un bordillo fumando el primer cigarrillo robado al padre, con amigos mejores o peores que él. En la estación, desde donde todo el mundo se va y él se queda, estéril de tan dolorido, vida de una sola busca. Quién lo sanará o al menos le dará una mano, una hora, un café, la luz cálida de una lámpara que seguramente le haría daño y él rechazaría. Quién le dejará morir, tal y como él quiere, abrazado a su gana de morirse.

Desbocada

Algunos hombres me calibran con actitud de propietario. Con los ojos me miden muñecas y tobillos para calcular el diámetro de las ajorcas que quisieran colocarme, reverenciales pero dueños. Y yo que elegí dueño, un dueño que no quiere medirme nada ni apresarme nada, me rebelo y les escupo sobre el aprecio. 

jueves, agosto 26, 2010

Rolando Cárdenas c'est moi

Búsqueda
A veces es bueno abandonarse al propio olvido
como si el saber sonreír
fuera más fácil que morder una fruta.
Ir por las calles perfectamente solo,
sin más compañía que nuestra cotidiana tristeza y nuestros pasos,
amando una vez más la sencillez del aire
de la manera como se recuerda la infancia,
o ese otro tiempo pulverizado
cuando se buscaban las primeras estrellas en las charcas.
Es bueno sentarse entre amigos y vasos
a observar como todos abandonan algo suyo
en la música que los impulsa y transforma en seres sin huesos,
mientras la noche trepa por los muros
buscando también dónde esconder su espera,
y después salir hacia el alba
con un poco más para alimentar futuras soledades.
Es bueno comprender que estamos hechos de recuerdos,
un poco de tiempo que crece sin escucharnos
y de muchas cosas que no comprendemos.
A veces es bueno detenerse a contemplar la hoja que cae
cuando la palabra primavera
no es lo que nosotros quisiéramos que sea.

lunes, agosto 16, 2010

Galletas con orgullo se atragantan

Quería contarte y no puedo una cosa. No puedo. Quería contarte muchas cosas y no puedo (no puedo), así que voy a dejar aquí sólo un cachito, porque lo demás sólo te lo podría decir ojo a ojo, felicidad contra tu pecho. 
Decirte que sin ti.

Las olas mecen al navío muerto

Yo en la orilla silbando,
miro la estrella que humea entre mis dedos.

domingo, agosto 15, 2010

Esto es el norte o por ti ciudad gaditana

Campos de la otra Castilla, nubes violetas sin recato que hacen remolinos bajas y blancas por dentro hasta las montañas azules, allá a lo lejos, tras las planicies amarillas, allá a lo lejos, como voy yo, campos secos y sin secreto, austeros como los otros castellanos. Y luego de pronto las montañas verdes cerca, ante los ojos, verdes, la bruma, Asturias, la tristeza de los valles siempre lluvia, las casas grandes sin sol por la ventana, visillos blancos sin cortinas pesadas protección contra la luz y el calor los mediodías. Y mi tierra, tan lejos, más lejos de lo que yo voy, luz y grito, limpio sobre limpio, el sur del sur, el llanto en los ojos, rota la garganta y el corazón, el mundo Campo del Sur, esa infancia caletera que me hubiera gustado tener y que me regalan sobre el oído los comparsistas. Crecer entre montañas y bajo el gris, el cielo bajo, qué distinta turbación el Cantábrico de la casa que es nuestro mar, qué distintos los pescadores recios de ballenas, merluzas y bonitos de  nuestros pescadores en su barquita más blanca y más bonita, qué distinto este viento gélido y cargado de gotitas de aquel viento maléfico de tan cálido y siempre nuestro, el firmamento inabarcable de tan ancho, la luz de la sal, los hombres con sus mojarritas en el espigón, las mujeres creciendo la yerbabuena, el puerto siempre abierto, la locura nuestra de morirnos gaditanos antes que vivir extranjeros. 

jueves, agosto 12, 2010

Sigo siendo una principiante o desazón y capricho

Pensar que el gato va a estar aquí para siempre es una falacia, igual que cualquier otro pensamiento que se tenga acerca de la permanencia o cualquier pensamiento acerca de cualquier otra cosa. Todo esfuerzo intelectual por colegir es vano, debería saberse siempre (y de nuevo siempre, esa maldita palabra o ese concepto maldito), que sólo sirve de juego o entretenimiento, más nos valdría sentarnos en un bosque o limpiar los interruptores de la luz con una bayetita impregnada en alcohol que pensar, esperar desde esos pensamientos que la vida encaje o sea encaje. Mira, Heidegger: la mierda hasta el cuello, ésa es la esencia de la verdad, el ser-ahí. Mira, Schopenahuer: el asco, ni el dolor ni el tedio. Yo no puedo pensar alto porque lo mezclo todo, tengo el rigor de las cocineras: la cocina organizada y limpísima pero una misteriosa manía por crear desde donde sólo hay harina y una pizca de sal, así que pienso ancho, en ocho líneas polifónicas, y sé que no sirve de un pomo, que hay que morir con los ojos cerrados y los cromados abrillantados, que da lo mismo saber y tener estructuras que ser un chanchito ignorancia revolcado en la felicidad de la mierda al cuello. Ah, muérete ya, certeza de la incertidumbre, acábala ya, maldita seas, cabeza, maldito seas, corazón, maldita yo, maldita mi rutina vital, maldita mi manera de elegir, maldito cada día tras otro y cada empeño de no derruir todos los pensamientos, maldito Bach, malditos los fuegos artificiales decepcionantes que soy, maldita mi falta de fe, maldito el día en que creí, porque ahora lo único que hago, desde el alba hasta el ocaso, es extrañar esa entrega ciega que contraté, Passeig de Gracia arriba, Pont des Arts abajo. No sabemos nada, yo no sé nada, y es lo único que tengo, eso y al gato, que ojalá estuviese aquí siempre, pequeña inconsciencia esclava mía, o subyugada a mi amor, que viene a ser lo mismo.

Algunos trenes o the birth of the cool

El muchacho no tendría más de veinte años y leía A la sombra de las jóvenes en flor. Otro muchacho no tuvo más de veinticinco años y leía La vida modo de empleo. Incluso hubo otro muchacho que no tendría más de veintitrés años y leía el Tractatus (para siempre será mi muchacho en el tren favorito). Mocosos ilustrados con mandíbulas hermosas que me miran a mí y miran la portada de mi libro y calibran mi cintura y a través de mi cintura, mi edad. Engaño, queridos, porque no parí y así conservo, porque no leo, releo, y vuestro deslumbramiento ya no me llama, estoy vieja y cansada a pesar de la tersura aparente, no quisiera ser Atrapamoscas Venus ni Popea maestra incesto de Nerón, ni aquella majestuosa señora que le daba lecciones a Felix Krull, ni la mujer madura en cuyos brazos. Me muero de hambre retrospectiva al veros (lo que hubiera dado por estrellarme contra tu Perec, morocho, hace doce años), pero ahora qué haría con vosotros, aparte de partirme en dos o en dos mil después del sexo, escuchar en vuestros cuartos discos viejos de Led Zeppelin o Nick Drake, asistir a vuestros bautizos y a vuestros Herberts, morirme de sed mientras os alimento todas las bocas. Los muchachos de los trenes a quienes les huyo la mirada, amargura sabia en ristre, en vez de malbaratarme, me llenan de ternura de madre, debo de estar mal de la cabeza.

martes, agosto 10, 2010

No hay dolor más atroz que ser feliz

El gato marmotea sobre su silla tapizada de color buganvilla alias fucsia un rato y otro rato que me tumbo en el suelo sobre mi barriga. En el iTunes una lista Zitarrosa-Beirut-La chicana-Ute Lemper-Yves Montand-Tokyo 96-Cristina Branco, no por gusto mórbido, sino porque se me ha muerto el disco duro externo y eso es lo que queda. La vecina marroquí del patio de abajo charlando con una amiga. En el suelo una taza azul llena de una infusión extraña y campera de la que mi padre me dio un puñado de sobrecitos. Un cascabel que resuena colgado en mi tobillo. Las páginas en las que Archimboldi dibuja las algas, manchadas de Coca Cola. Mi casita provisoria alrededor del gato y de mí. El regusto a todas las calles de Lisboa en el cielo de la boca. El próximo viaje, pero todavía no. Las 2 y 22 de la mañana. No vengas nunca, nuevo día, quédate ahí donde estás, déjanos en esta noche, déjame tranquila.

Desassosego

He leído tantas veces este libro; en casa de Minerva, en la biblioteca de Filosofía, en Villa Elisa, en Recoleta, en Estrasburgo, dentro de mí, en este autobús que me saca de Lisboa. Aún Bernardo Soares me grita algo ya tan gastado y sin embargo ya tan vibrante, tan garfio para escalar muros de castillo. A gloria nocturna de ser grande não sendo nada. A majestade sombria de esplendor desconhecido. Y yo que desde pequeña pensé que sería como Pessoa o como Cioran o como Settembrini o como el narrador de Justine, encerrada en un cuartito pobre con mis papeles y mi soledad a gritos, acerté. Y yo que desde pequeña prefiero recorrer las ciudades sola a caminar acompañada y obligada al comentario, yo que prefiero mis picnics secretos en los parques o mis restaurantes y camareros secretos a la ruidosa sociedad gastronómica forzada de los viajes, yo que he leído tantas veces este libro, me doy cuenta de que la categoría de mis piernas y lo poco que me cubre este vestido, el más breve y leve que concebirse pueda, mi hambre cantante de escenarios, me sacan de mi vía estipulada de gafotas rarificada, pero sí, estoy yo en mi cuartito manchada de tinta y está Loulou en el planeta, despeinada de locura. Y así seguiremos viviendo las dos, cada una para su lado, y las dos para el nuestro, todas dos desasosiego.

Um sabor de chocolate no corpo e na cidade

En la esquina de São Vicente de Fora hay una casita con patio vegetal y muñecos de goma cimentados en el poyete. Huele a yerbabuena y a chá das Açores, a melisa. La señora dueña tiende los pantalones de su esposo, del revés, se ven los dobladillos de los bajos cosidos muy arriba, cosidos en casa para dejarlos a la altura de un esposo muy bajito. La señora dueña fue maestra y se acuerda de sus alumnos. Crió una col que se arborizó y que en sus floraciones da coles para todos los vecinos de la plaza. Y plantó los pimientos, y se cosió su delantal-bata de cuadros Vichy ribeteados de puntillas, cosido en casa para dejarlo a la altura de una señora maestra. Y su casa abierta si le hablas, las ramitas de yerba que me regala, la iglesia blanca, enorme, en frente, los barcos que zarparon encomendados al santo y descubrieron mundos, la ropa tendida en medio de la calle, todo como cuando yo era pequeña, Portugal.

Nous vivions tout les deux ensemble

Pensamos que vamos a estar vivos para siempre y de repente un tranvía a Prazeres. O el sol. O el puchero mal apagado. O aquel cable. O una medusa mediterránea en medio de nuestro amor. O un instinto asesino direccionado. O el mar, allá lejos, quieto por fuera, arrastrador por dentro. O un bicho que nos reconcome él solito el corazón y las partes blandas. Pensamos que vamos a estar vivos para siempre y vendrá un camión haciendo la ruta Teruel-Guayaquil, o unas fiebres contraídas, o hay pistolas y navajas suficientes en el mundo, advertencias inventadas por los hombres para hacernos saber que los barcos se hunden frente a la costa y el rescate, que colisionan con la tierra los aviones y aeroplanos, se destienden los tendones pista roja y nieve abajo, se agarra mal la sierra mientras en el bosque. Nos estamos muriendo y nos olvidamos y así nos tomamos el café como si para siempre fuéramos a tener una mano que sostenga el pocillo, la taza o el vaso, como si para siempre los de enfrente o el Ninguno fueran a acompañarnos. Despierte el alma dormida, Lisboa y yo no estaremos aquí siempre, hay terremotos e incendios en llamas suficientes en el mundo, advertencias inventadas por el planeta para hacernos saber que moriremos y que nunca más volveremos a vernos.

Jardim Botánico

Una humedad opresiva y que pesa, el ruido que hablan los árboles, su charla. Me siento bajo un ficus que parece ombú, en lo alto de un promontorio, en un banco de madera pintado de verde banco hace muchos muchos años. Dos cotorras se hacen arriba sus arrumacos, un pájaro raro y pico viene a pispear el hueso de albaricoque que dejé a mis pies. Hay un sol arriba que aquí no nos llega. La ciudad está ahí fuera, el mundo está ahí fuera y aquí dentro estamos el jardín y yo, en secreto, él tosiendo hojas muertas, yo tosiendo portuguesitud, él esperando que llegue la hora de sus aguas, yo respirando su humedad viva, contando las espirales de alambre sobre el muro, descalzada y quieta, una con el jardín y sus árboles transplantados por mar desde otros mares orientales o australes, azules o encapotados o amarillos refulgentes, en cualquier caso, lejanos. Y las gaviotas que los acompañaron hasta aquí, hasta la rada del Tajo, ya están muertas y pasto del mar, y los señores con peluca que los condujeron hasta aquí, hasta el jardín, ya están muertos y pasto del bronce de sus estatuas. Pero no nos importa al jardín y a mí que nos respiramos quietos, callados, llovientes, juntos, solos, vivos.

Aníbal

Me gusta aunque odio viajar en esos autobuses destartalados baratísimos que te condenan a horas de dormitancia o aburrimiento, a las voces de las señoras que gritan sus cosas toda la noche como si estuvieran en la intimidad de sus salas de estar, a las elecciones vestimentales de las desteñidas descarriadas que no renuncian a tacones y estrecheces porque en el viaje nunca se sabe, a la suerte de que al lado te toque una niña que nunca leyó y le prestes un María Gripe que llevas en el bolso y compartes a Rufus o Djavan en los auriculares y oyes sus historias de niña de ocho años, a esos chóferes que enfilan el mundo a 130 kilómetros por hora, a los negros voluntariosos que cruzan Europa con bolsos de plástico a cuadros sujetos con cinta de embalar, a las madres musulmanas envueltas hasta la punta del pie mimadoras absolutas de sus proles, a los gaditanos que quieren volver y no pueden y te cuentan y te dicen y te dan sus direcciones y te cantan su pasodoble favorito de Martínez Ares. Y llegar a las siempre horribles estaciones de autobuses de provincia o capital, salir en las madrugadas hasta la ciudad nueva calladita o hasta las ciudades de siempre, negociar a los taxistas o sentarse en los andenes del metro o caminar maleta o mochila abajo hasta los que nos acogen.

Cheira bêm, cheira a Lisboa

A tante Chantal le encantaría Lisboa, porque los lisboetas lo tienen todo suspendido al margen del tiempo: los almacenes con báscula y las tienditas al peso, el idioma, los modales, el adoquín cuajado de yerba, las vereditas del Jardín Botánico. Algunos tuertos morales dirían decadencia y no, no hay ni caída ni desgaste, hay cosas sujetadas, mantenidas en su marco, a veces una lavada de cara, jeitinho dicen ellos, y luego seguimos así, en nuestros azulejos y palmeras y guitarras portuguesas. La saudade nos sostiene, a qué evolucionar hacia algo más feo, quedémonos así con nuestras máquinas y plásticos antiguos, con el patrón Vasques, dicen los lisboetas. Cántame, cántame como antes, cántame como siempre, dice Lisboa. Tras los azulejos sostenidos las paredes lloran porque a ellas no les llega el aire salado del Tajo confundido. Los lisboetas las tienen así, tapadas de color arabesco o color geométrico, suspirantes, invariables en su tiempo, ciegas e invisibles y adornadas de algo que permanece, así pasen los años. Y el desgaste se lava, y el dolor se pinta, y esperamos esperamos que el tiempo dé toda su vuelta y vuelva a encontrarnos aquí, en el mismo sitio, plantados de la misma manera, en el mismo ángulo hacia el sol y hacia el desprogreso.

jueves, agosto 05, 2010

Las haches

Letras que no se pronuncian, letras que no sirven para nada, letras que se aspiran geográficamente, letra muerta. A qué guardarte, si no te queda más que el reflujo de haber sido. No estás viva y sólo te lloran el el sur, hache, tal y como en el sur se llora todo lo que ha muerto. Por no abandonar la pena, nos abandonamos a la pena. Pero hache,  il faut tenter de vivre. Se te suelta, hache, se te tira al campo a ver si fructificas, del cadáver a la yerba, de tu descastada existencia incolora a la vida, vida resucitada de lo podrido, cuando lo que hay que hacer es prenderte fuego y consumirte hasta una ceniza hache, una ceniza polvo que esparcir por los sitios bienamados hasta olvidarlos.

martes, agosto 03, 2010

El hombro

Es un temblor en la tormenta. Es como un hambre. Le ves la transparencia y de pronto no le ves la transparencia, y es un muro. Una tristeza, así, de ésas no abatibles, de ésas que ya llevas puesta por la mañana antes de despertarte y hay que vivir como normalidad y no como signo o desesperanza. Hoy es así, un tacto recordado irrecuperable, la promesa de una tranquilidad droga inmediata inalcanzable, hoy va a ser  lejos. Puedo intentar echar a hoy de hoy, que es lo mismo que abrirle la puerta, o puedo hacer como que no pasa nada. Ya estoy eligiendo.