jueves, agosto 12, 2010

Algunos trenes o the birth of the cool

El muchacho no tendría más de veinte años y leía A la sombra de las jóvenes en flor. Otro muchacho no tuvo más de veinticinco años y leía La vida modo de empleo. Incluso hubo otro muchacho que no tendría más de veintitrés años y leía el Tractatus (para siempre será mi muchacho en el tren favorito). Mocosos ilustrados con mandíbulas hermosas que me miran a mí y miran la portada de mi libro y calibran mi cintura y a través de mi cintura, mi edad. Engaño, queridos, porque no parí y así conservo, porque no leo, releo, y vuestro deslumbramiento ya no me llama, estoy vieja y cansada a pesar de la tersura aparente, no quisiera ser Atrapamoscas Venus ni Popea maestra incesto de Nerón, ni aquella majestuosa señora que le daba lecciones a Felix Krull, ni la mujer madura en cuyos brazos. Me muero de hambre retrospectiva al veros (lo que hubiera dado por estrellarme contra tu Perec, morocho, hace doce años), pero ahora qué haría con vosotros, aparte de partirme en dos o en dos mil después del sexo, escuchar en vuestros cuartos discos viejos de Led Zeppelin o Nick Drake, asistir a vuestros bautizos y a vuestros Herberts, morirme de sed mientras os alimento todas las bocas. Los muchachos de los trenes a quienes les huyo la mirada, amargura sabia en ristre, en vez de malbaratarme, me llenan de ternura de madre, debo de estar mal de la cabeza.

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