martes, agosto 10, 2010

Cheira bêm, cheira a Lisboa

A tante Chantal le encantaría Lisboa, porque los lisboetas lo tienen todo suspendido al margen del tiempo: los almacenes con báscula y las tienditas al peso, el idioma, los modales, el adoquín cuajado de yerba, las vereditas del Jardín Botánico. Algunos tuertos morales dirían decadencia y no, no hay ni caída ni desgaste, hay cosas sujetadas, mantenidas en su marco, a veces una lavada de cara, jeitinho dicen ellos, y luego seguimos así, en nuestros azulejos y palmeras y guitarras portuguesas. La saudade nos sostiene, a qué evolucionar hacia algo más feo, quedémonos así con nuestras máquinas y plásticos antiguos, con el patrón Vasques, dicen los lisboetas. Cántame, cántame como antes, cántame como siempre, dice Lisboa. Tras los azulejos sostenidos las paredes lloran porque a ellas no les llega el aire salado del Tajo confundido. Los lisboetas las tienen así, tapadas de color arabesco o color geométrico, suspirantes, invariables en su tiempo, ciegas e invisibles y adornadas de algo que permanece, así pasen los años. Y el desgaste se lava, y el dolor se pinta, y esperamos esperamos que el tiempo dé toda su vuelta y vuelva a encontrarnos aquí, en el mismo sitio, plantados de la misma manera, en el mismo ángulo hacia el sol y hacia el desprogreso.

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