lunes, agosto 30, 2010

El pañuelo de Thomas Hudson

Cuando necesito que se me caigan las lágrimas buenas leo mis partes favoritas de Islands on the stream o mis partes favoritas de los cuentos de Salinger o Tabacaria, o Prufrock, o Cet amour, o ese poema de Borges, o, o, o, pero sobre todo Islands on the stream. Efecto inmediato, deberían recetarlo. Y el mundo clarea. La misma palabra que me hiere me pacifica: existe Thomas Hudson en el mundo, real, dolorido, siempre ahí cuando voy a buscarlo, plantado en sus mismos errores y silencios y maneras de bancársela y amor irredento e imposible por su propia mano y gato Boisy y es mi barco mi tesoro y esos días pescadores con sus hijos. No me deis alcohol ni esas drogas modernas ni Cassandra Wilson ni un hombre al que yo no ame, dadme a Thomas Hudson y a mí se me caerán las lágrimas más cálidas y lavadoras. Cuántas veces respiro contigo, cuántas veces pienso en ti, en cómo estarás pensando, en cómo estarás de borracho, en cómo estarás, Thomas Hudson, en qué cuadro estarás pintando, en qué mar estarás navegando, cuántas veces habré sufrido contigo y sido feliz contigo. Me queda corazón, y quizá todo el corazón que me queda sea sólo tuyo. Quiero ser ella y que me quieras como la quieres a ella, y obligarte y saber contigo que no hay manera, que ya hemos perdido, ella, yo, tú. Quiero ir a verte y quedarme sentada callada en el porche hasta que tengas ganas de salir a ver la playa, a masticar en silencio toda tu decidida actitud, toda tu soledad elegida, la soledad del que no quiere hacer más daño. Yo quisiera haberte conocido antes de que estuviera escrita toda tu historia, aunque seguramente sea mejor así. Thomas Hudson, yo quisiera que nos amaras hoy.

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