sábado, agosto 28, 2010

En cada pueblo, un loco

Ahí nos recibe, con la funda colorada e invernal en la cabeza, y eso que es agosto, con unos bolsillos hechos de puños de jersey cosidos al pantalón, con una camisa muy bien elegida y muy bien planchada, con un habla de loco cultivado y seguro de la conspiración internacional, señor. Y a su pueblo nos recorre, no del brazo porque es caballero, nos consigue la llave de la iglesia románica en el bar lleno de hombres e insiste en su proyecto de que vengan a recuperar los frescos señores jubilados y aburridos y que el dinero provincial lo utilicen para enseñar un oficio a los inmigrantes jóvenes. Nos muestra desperdigados por el pueblo todos los tesoros que recoge de la basura (puertas viejas de las que recupera bisagras de las que ya no, altavoces injertados en cajas de madera, bicicletas), me regala una manzana verde, la mejor manzana que me haya comido nunca, orégano recién traído del monte, asegura amar a todas las mujeres menos a su madre. Nos cuenta su vida trashumante, antes de que el General muriera, nos cuenta el día antes de ayer que pasó en Gijón tumbado sobre una piedra plana frente al mar, mientras el agua subiente le iba mojando los pies y él esperaba a una sirena. Y nos subió la pendiente para que viéramos la vista hacia el interior, a la izquierda, y la vista hacia el exterior, a la derecha. Yo, obnubilada y casi tan insensata como él, siguiéndole la línea del lenguaje florido y farragoso, la pendiente cuesta arriba de su pensamiento y de su pueblo, casi que me empiezo a ver subiendo al monte a por las vacas pañuelo en la cabeza, manzanera, poblana, loca.

1 comentario:

Ch. dijo...

Que bonito. Y tu una loca en la web.