martes, agosto 10, 2010

Um sabor de chocolate no corpo e na cidade

En la esquina de São Vicente de Fora hay una casita con patio vegetal y muñecos de goma cimentados en el poyete. Huele a yerbabuena y a chá das Açores, a melisa. La señora dueña tiende los pantalones de su esposo, del revés, se ven los dobladillos de los bajos cosidos muy arriba, cosidos en casa para dejarlos a la altura de un esposo muy bajito. La señora dueña fue maestra y se acuerda de sus alumnos. Crió una col que se arborizó y que en sus floraciones da coles para todos los vecinos de la plaza. Y plantó los pimientos, y se cosió su delantal-bata de cuadros Vichy ribeteados de puntillas, cosido en casa para dejarlo a la altura de una señora maestra. Y su casa abierta si le hablas, las ramitas de yerba que me regala, la iglesia blanca, enorme, en frente, los barcos que zarparon encomendados al santo y descubrieron mundos, la ropa tendida en medio de la calle, todo como cuando yo era pequeña, Portugal.

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