martes, agosto 10, 2010

Jardim Botánico

Una humedad opresiva y que pesa, el ruido que hablan los árboles, su charla. Me siento bajo un ficus que parece ombú, en lo alto de un promontorio, en un banco de madera pintado de verde banco hace muchos muchos años. Dos cotorras se hacen arriba sus arrumacos, un pájaro raro y pico viene a pispear el hueso de albaricoque que dejé a mis pies. Hay un sol arriba que aquí no nos llega. La ciudad está ahí fuera, el mundo está ahí fuera y aquí dentro estamos el jardín y yo, en secreto, él tosiendo hojas muertas, yo tosiendo portuguesitud, él esperando que llegue la hora de sus aguas, yo respirando su humedad viva, contando las espirales de alambre sobre el muro, descalzada y quieta, una con el jardín y sus árboles transplantados por mar desde otros mares orientales o australes, azules o encapotados o amarillos refulgentes, en cualquier caso, lejanos. Y las gaviotas que los acompañaron hasta aquí, hasta la rada del Tajo, ya están muertas y pasto del mar, y los señores con peluca que los condujeron hasta aquí, hasta el jardín, ya están muertos y pasto del bronce de sus estatuas. Pero no nos importa al jardín y a mí que nos respiramos quietos, callados, llovientes, juntos, solos, vivos.

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