martes, agosto 10, 2010

Aníbal

Me gusta aunque odio viajar en esos autobuses destartalados baratísimos que te condenan a horas de dormitancia o aburrimiento, a las voces de las señoras que gritan sus cosas toda la noche como si estuvieran en la intimidad de sus salas de estar, a las elecciones vestimentales de las desteñidas descarriadas que no renuncian a tacones y estrecheces porque en el viaje nunca se sabe, a la suerte de que al lado te toque una niña que nunca leyó y le prestes un María Gripe que llevas en el bolso y compartes a Rufus o Djavan en los auriculares y oyes sus historias de niña de ocho años, a esos chóferes que enfilan el mundo a 130 kilómetros por hora, a los negros voluntariosos que cruzan Europa con bolsos de plástico a cuadros sujetos con cinta de embalar, a las madres musulmanas envueltas hasta la punta del pie mimadoras absolutas de sus proles, a los gaditanos que quieren volver y no pueden y te cuentan y te dicen y te dan sus direcciones y te cantan su pasodoble favorito de Martínez Ares. Y llegar a las siempre horribles estaciones de autobuses de provincia o capital, salir en las madrugadas hasta la ciudad nueva calladita o hasta las ciudades de siempre, negociar a los taxistas o sentarse en los andenes del metro o caminar maleta o mochila abajo hasta los que nos acogen.

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