martes, agosto 10, 2010

No hay dolor más atroz que ser feliz

El gato marmotea sobre su silla tapizada de color buganvilla alias fucsia un rato y otro rato que me tumbo en el suelo sobre mi barriga. En el iTunes una lista Zitarrosa-Beirut-La chicana-Ute Lemper-Yves Montand-Tokyo 96-Cristina Branco, no por gusto mórbido, sino porque se me ha muerto el disco duro externo y eso es lo que queda. La vecina marroquí del patio de abajo charlando con una amiga. En el suelo una taza azul llena de una infusión extraña y campera de la que mi padre me dio un puñado de sobrecitos. Un cascabel que resuena colgado en mi tobillo. Las páginas en las que Archimboldi dibuja las algas, manchadas de Coca Cola. Mi casita provisoria alrededor del gato y de mí. El regusto a todas las calles de Lisboa en el cielo de la boca. El próximo viaje, pero todavía no. Las 2 y 22 de la mañana. No vengas nunca, nuevo día, quédate ahí donde estás, déjanos en esta noche, déjame tranquila.

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