jueves, agosto 12, 2010

Sigo siendo una principiante o desazón y capricho

Pensar que el gato va a estar aquí para siempre es una falacia, igual que cualquier otro pensamiento que se tenga acerca de la permanencia o cualquier pensamiento acerca de cualquier otra cosa. Todo esfuerzo intelectual por colegir es vano, debería saberse siempre (y de nuevo siempre, esa maldita palabra o ese concepto maldito), que sólo sirve de juego o entretenimiento, más nos valdría sentarnos en un bosque o limpiar los interruptores de la luz con una bayetita impregnada en alcohol que pensar, esperar desde esos pensamientos que la vida encaje o sea encaje. Mira, Heidegger: la mierda hasta el cuello, ésa es la esencia de la verdad, el ser-ahí. Mira, Schopenahuer: el asco, ni el dolor ni el tedio. Yo no puedo pensar alto porque lo mezclo todo, tengo el rigor de las cocineras: la cocina organizada y limpísima pero una misteriosa manía por crear desde donde sólo hay harina y una pizca de sal, así que pienso ancho, en ocho líneas polifónicas, y sé que no sirve de un pomo, que hay que morir con los ojos cerrados y los cromados abrillantados, que da lo mismo saber y tener estructuras que ser un chanchito ignorancia revolcado en la felicidad de la mierda al cuello. Ah, muérete ya, certeza de la incertidumbre, acábala ya, maldita seas, cabeza, maldito seas, corazón, maldita yo, maldita mi rutina vital, maldita mi manera de elegir, maldito cada día tras otro y cada empeño de no derruir todos los pensamientos, maldito Bach, malditos los fuegos artificiales decepcionantes que soy, maldita mi falta de fe, maldito el día en que creí, porque ahora lo único que hago, desde el alba hasta el ocaso, es extrañar esa entrega ciega que contraté, Passeig de Gracia arriba, Pont des Arts abajo. No sabemos nada, yo no sé nada, y es lo único que tengo, eso y al gato, que ojalá estuviese aquí siempre, pequeña inconsciencia esclava mía, o subyugada a mi amor, que viene a ser lo mismo.

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