lunes, agosto 30, 2010

Tres años

Qué te cuento. Que hace calor. Que últimamente me paso las tardes y las noches en casa. Que fui a Asturias. Que fui a Lisboa. Que todos los días me dan ganas de rendirme. Que el gato es mi única ancla a la realidad. Que me parece que se me ha secado para siempre el corazón. Que dos albañiles ilegales de Nicaragua y Perú que vinieron a arreglarme la pared tirada por la tubería que se rompió van a beneficiarse del servicio de abogado de extranjería de mi trabajo porque se lo ofrecí y en ese gesto no hubo ni bondad ni creencia en que se puede mejorar algo, sino el último reducto de moral social que me queda. Cualquier día me destierro. Cualquier día me desnuco. Si el mundo se rompiera en pedacitos no me importaría, porque ya no distingo, porque no sé si me queda alguna inclinación o sentimiento, porque me cuesta creerme hasta la verdad del pan que meriendo. Ha sido agosto y casi no lo he sabido. Madrid anda por ahí afuera y yo lo ignoro, con convencimiento. No duermo mucho. Tuiteo. A veces no me acuerdo de comer y cuando me doy cuenta me asalvajo en la cocina hasta extremos The cook, the thief. Tengo tantos libros por leer como directos del trío de Keith Jarret por escuchar. Me mata la imposibilidad de darme una tregua. Me mata darme cuenta de que ese muro suyo siempre va a estar ahí, ladrillo sobre ladrillo. Me mato yo, postergándome. Y a veces una canción me recuerda que estuve viva. Y a veces mujeres lejanas que me quieren me dicen. Y a veces me acuerdo de que esto no puede durar mucho tiempo. Y a veces rezo deus ex machina de mi vida, ven a rescatarme, pero ven ya, antes de que termine de desangrarme.

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